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Editorial
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El riesgo de un BCE al filo de la navaja

La falta de definición del calendario para el recorte de los tipos y el enrevesado lenguaje de Lagarde sugieren dudas y división en la institución

CINCO DÍAS
Christine Lagarde
Christian Lagarde, presidenta del BCE.CHRISTOPHER NEUNDORF (EFE)

El lenguaje críptico de los banqueros centrales es casi una tradición histórica, como reconoció en su día el expresidente de la Fed, Alan Greenspan, cuando confesó que durante su mandato había aprendido “a murmurar con gran incoherencia”. Sin embargo, una cosa es un relato calculadamente ambiguo y otra diferente un discurso que trasluce incomodidad o recurre a circunloquios para explicar un tema crucial, como es la hoja de ruta de los tipos de interés. Esa fue la impresión que transmitió esta semana la presidenta del BCE, Christine Lagarde, cuando señaló que el consejo de gobierno de la entidad no había debatido en su reunión la rebaja de tipos, sino “únicamente la reducción” de su “postura restrictiva”. Una fórmula enrevesada y esquiva que ha servido para reforzar las expectativas del mercado sobre el recorte del precio del dinero este año, pero ha vuelto a fiar la decisión a la evolución de la inflación y de los costes salariales de aquí a junio. “En junio sabremos algo más”, señaló la presidenta del BCE.

La falta de definición del calendario y el enrevesado lenguaje de Lagarde apuntan a una probable falta de consenso en el seno de la institución, donde halcones y palomas difieren sobre cuál debe ser la medicina, la dosis y la pauta que debe aplicarse a la anémica economía europea en materia de tipos de interés. Es comprensible que la presidenta del BCE busque el acuerdo para abordar un principio de relajación de la política monetaria, pero debe ser consciente de que alargar los plazos en demasía o ligarlos a indicadores macro, tomados unas veces a corto y otras a largo plazo, en ocasiones con registros pasados y otras con estimaciones futuras, no deja de ser una estrategia arriesgada que debe medirse con regla y compás.

El enfriamiento de la economía europea no tiene todavía intensidad suficiente como para forzar una decisión precipitada, pero las nubes que ensombrecen Europa, entre las que destaca un conflicto geopolítico con capacidad para avivarse en cualquier momento, aconsejan no caminar en exceso sobre el filo de la navaja. Fráncfort minusvaloró y reaccionó tarde a la crisis inflacionaria desatada tras el estallido de la guerra de Ucrania, un error que marcará el mandato de Lagarde. La prudencia es una virtud innegable, pero en su acepción original supone estar dotado de sabiduría para tomar decisiones correctas en función de las circunstancias. Ese es el reto que tiene ante sí, ahora y de nuevo, el BCE.

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