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Para Pensar
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

¿Debemos cambiar el modelo productivo?

Frente a la idea de dejar de hacer una cosa y pasar a hacer otra, el asunto está en cómo seguir haciendo lo que sabemos hacer, pero de una forma diferente

Vista de la asistencia de público durante el día inaugural de Fitur 2024 en Ifema, Madrid.
Vista de la asistencia de público durante el día inaugural de Fitur 2024 en Ifema, Madrid.SERGIO PÉREZ (EFE)

Corría el año 2009, cuando el presidente Zapatero, en un mitin de las europeas en Vistalegre, lanzó, en pleno estallido de la crisis financiera, aquello de que España necesitaba un “modelo de crecimiento radicalmente distinto del actual” que debía estar basado en “menos ladrillo y más ordenadores”. Han pasado 15 años. Es evidente que tenemos menos ladrillos (la construcción se ha desplomado) y más ordenadores (el último impulso de la mano de los Next Generation) y debemos preguntarnos: ¿ha cambiado nuestro modelo productivo?

Ya desde fuera del Gobierno, e incluso del Congreso, me permití discrepar en mi columna semanal de entonces, donde defendí que el necesario cambio de modelo productivo no vendría de la fórmula expuesta por el presidente, sino de otra que incluyera “más ladrillos, con ordenador”. Es decir, frente a la idea de dejar de hacer una cosa y pasar a hacer otra, yo más bien veía el asunto como seguir haciendo lo que sabemos hacer, pero de una forma diferente. Este proceso se ha dado, entre otros, en nuestro sector turístico, convertido en el primer sector económico del país, cuya avanzadilla empresarial incorpora con solvencia criterios de sostenibilidad, digitalización y nuevas tecnologías, sin dejar de ofrecer todo aquello que hace que el año pasado 85 millones de extranjeros nos visitaran. Pero la pregunta se repite: ¿ha significado esto un cambio en el modelo productivo?

Retomo el asunto, no por nostalgia, sino porque la insatisfacción con el modelo productivo español está resurgiendo estos días en forma de debates sobre nuestra baja productividad relativa respecto a la media de los países europeos o sobre por qué no logramos alcanzarlos en renta per cápita y, en menor medida, pero no menos importante, por qué seguimos duplicando su tasa de paro o invirtiendo menos que ellos en I+D+i. Y cuando estas desviaciones se mantienen a lo largo de décadas y de Gobiernos, hay que analizar el modelo productivo y sus características estructurales para dejar de proponer políticas a corto y pasar a consensuar medidas de medio plazo.

Asumamos, pues, que sigue siendo necesario debatir sobre el cambio de nuestro modelo productivo y que, hasta ahora, a pesar de las muchas alteraciones producidas, no se ha conseguido. Y procedamos con método, repasando algunas conclusiones aprendidas, empezando porque no es una cuestión de sectores productivos, sino de vectores de producción. No se trata de lo que haces, sino de cómo lo haces.

Ejemplos de esto sobran en España: en textil, banca, construcción, agroalimentario o servicios, hay empresas españolas que son punteras y referentes a nivel internacional no por dejar de hacer aquello que sabían y saben hacer, sino porque lo hacen de una manera totalmente diferente en la que incorporan conocimiento, tecnología, cadenas de producción globales, escuchan al consumidor, y centran su aportación en incorporar valor añadido diferencial. Continúan en el mismo sector productivo, pero han cambiado totalmente su manera de producir.

El cambio de modelo productivo se distingue porque no se busca competir tanto por precio, sino por valor añadido, no por hacer las cosas más baratas, sino mejor, y aquello que otros no saben hacer. Sobre todo, en una economía globalizada, donde hay mucho comercio intraindustrial y donde la garantía y la seguridad de suministro se ha convertido en algo estratégico. La competitividad de nuestra economía, medida en parte por la balanza comercial, no puede depender de precios y salarios bajos, sino de calidad, innovación y fiabilidad. Para elevar posiciones en la cadena internacional de valor añadido, son precisas transformaciones que llamamos cambio de modelo productivo.

Incorporar, de manera habitual, los criterios ESG en la gestión empresarial con el fin de generar un impacto positivo en la sociedad y no solo mayor valor para el accionista a cualquier coste social, así como dar el salto, como país, a la reducción efectiva de emisiones de CO2, para lo que sigue siendo necesaria mantener la actual cuota de nuclear ante un aumento previsible de la demanda eléctrica (centros de datos, IA …), también forma parte del cambio de modelo productivo.

Si sobreponemos ese patrón de cambio sobre nuestro actual modelo productivo, veremos, enseguida, dos cosas: hay ya muchas empresas que lo cumplen, en todos los sectores, y hay una miríada de otras que están muy lejos de alguno o de todos ellos, también en todos los sectores. Tenemos una parte importante del tejido productivo que se mueve, con comodidad, en el siglo XXI, pero seguimos teniendo, también, otra parte significativa que sigue atascada en el siglo XX y ejerce de lastre del conjunto de la economía. Esta realidad dual invalida las políticas generales para este objetivo y aconseja la implantación de medidas estructurales que incentiven la reconversión a medio plazo de quienes lo necesitan. En este caso, el efecto tractor de las empresas punteras sobre proveedores internos ya se ha cumplido y el núcleo resistente al cambio necesita de acciones públicas con intensidad y duración suficiente para tener resultado. Eso exige que sean pactadas entre quienes pueden formar Gobierno y pactadas entre Gobierno central y Comunidades Autónomas.

Y no nos equivocaremos si actuamos en las siguientes direcciones: incrementar el tamaño medio de nuestras empresas mediante los incentivos y la supresión de barreras que sean necesarios; reforzar la profesionalización y la formación de trabajadores y empresarios; crear centros sectoriales o territoriales de ayuda e impulso a la innovación y a la digitalización de estas empresas; reducir la elevada carga administrativa hoy necesaria para que funcionen; y tantas medidas como sean necesarias, tras consultar a los afectados y a expertos en la materia, como corresponde con algo que debe ser política de Estado porque afecta a nuestra renta y bienestar.

Establecer una directriz a medio plazo de ambición de país y ayudar a cumplirla a quien lo necesite, exigiéndole que aproveche dicha ayuda, evaluando sus resultados para corregir lo que no funcione, es necesario si queremos cambiar de modelo productivo. El resto, frases ingeniosas para un mitin, mientras arrastramos diferenciales negativos con Europa.

Jordi Sevilla es economista

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