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Perfil
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Si Michael Burry se equivoca, borrón y cuenta nueva

El inversor que vaticinó el estallido de la burbuja inmobiliaria de 2008 apuesta 1.600 millones de dólares a una nueva crisis

Michael Burry
Michael BurryJosé Manuel Esteban

De personalidad peculiar e introvertido, agradece poder airear sus pensamientos a golpe de teclado. Michael James Burry (San José, California, 1971) toma Twitter (ahora X), y lo maneja a su antojo: sin el más leve atisbo de remordimiento, publica y borra mensajes. No sigue un patrón, ni responde a un porqué, pero lo que sus fervientes seguidores consideran premoniciones normalmente tienen los días contados en la red social. Se sirve de ese tira y afloja para construir suspense y ganar visualizaciones. Y parece que lo consigue: en diciembre de 2022, Bloomberg señalaba la cuenta del reconocido inversor como la mejor a seguir en lo financiero, según una encuesta a los usuarios.

Ajeno a los vaivenes de la opinión pública, Burry aprovecha el poder de su palabra: “Vende”, escribía en enero, como última llamada a cualquier dubitativo en busca de un mensaje contundente y rotundo que confirmara sospechas. Se refería a la nueva crisis que vaticina, por “la mayor burbuja especulativa de todos los tiempos”. Y pese a que dos meses después se retractara (eso sí, nunca dijo explícitamente que se hubiera equivocado con su presagio, sino que se había equivocado al “decirlo”), la SEC publicó la semana pasada la jugada del inversor: una apuesta a la baja por el S&P 500 y el Nasdaq con la compra de 20.000 opciones de venta sobre cada uno de ellos, por un valor nocional combinado de 1.600 millones de dólares.

Aunque ahora sea carne de buitrera, click­bait para el internauta medio, hubo un momento en el que nadie apostaría un duro por lo que tuviera que decir. Porque Burry, allá por 2005, supo ver más allá de la burbuja inmobiliaria en la que se había sumido el mercado estadounidense y consiguió convencer a Deutsche Bank y a Goldman Sachs para que le vendieran seguros de impago. Pero esa burbuja no estalló hasta 2008 y, hasta entonces, era víctima del escepticismo (o del inversor conservador, como quiera verse). Y probablemente, esa imagen de incomprendido augurador –que, como Casandra, sabe, pero al que nadie cree– sea la razón por la que hoy lo escuchan, sin que signifique que esté en lo cierto.

Pero antes de que sus proezas fueran fuente de inspiración para libros y películas (véase La gran apuesta, 2015), Burry tuvo una infancia difícil. Con tan solo dos años perdió el ojo izquierdo por un cáncer y toda su vida estuvo condicionada por ello: desde las burlas de sus compañeros por su ojo de cristal hasta la incapacidad de hacer deportes de contacto, pese a ser atlético.

Creció como alguien con claros destellos de brillantez, pero escasas dotes sociales. Siempre se interesó por lo financiero, pese a que, como cuenta él mismo, su padre le advirtiera con insistencia sobre la crueldad de aquel mundo. Acabó por decantarse formalmente por la medicina, aunque tomó alguna que otra clase de economía en sus años como estudiante de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Neurología fue la especialidad que escogería. Pero fue durante su residencia en el hospital de Stanford cuando se percató de que sentía verdadera pasión por lo teórico, aunque la práctica muchas veces le repugnaba.

Suerte que había compatibilizado sus estudios con un pasatiempo un tanto especial: las finanzas. De forma autodidacta, estudiaba con obsesión y detenimiento los movimientos del mercado. Llegó a crear un blog, donde volcaba sus pensamientos sobre el mundo financiero: pensaba que los pequeños inversores atenderían a lo que tenía que decir. Pero también llamó la atención de peces gordos, con sus afirmaciones y críticas.

Por eso no tuvo reparos en el 2000 al abandonar la medicina. Claro que la deuda estudiantil que había acumulado como universitario de 145.000 dólares no lo abandonaría. Y pese a haber ahorrado hasta entonces 40.000 dólares, dinero que podría haber aliviado un tanto esa deuda, tenía la intención de crear su propio fondo de inversiones. La indemnización por la mala praxis médica que se cobró la vida de su padre le serviría de empujón económico y, con la colaboración de sus hermanos y el apoyo de algún que otro seguidor de su blog, pondría en marcha el que llamaría Scion Capital.

Comienza ahí su incursión en el mundo financiero, que le daría mucho dinero (en la crisis de 2008, Scion llegó a embolsarse 1.000 millones), pero también quebraderos de cabeza por los desacuerdos con los demás suscriptores. Acabó cerrando el fondo e iniciando una carrera solista. Aunque, a decir verdad, volvería a las andadas con otra hedge fund, Scion Asset Management. Desde 2010 llama la atención su inversión en oro, tecnología y tierra agrícola. El agua es uno de sus principales focos de atención. En sus palabras, se trata de algo “político y litigioso”.

Sin embargo, estos últimos días su nombre resuena entre rumores sobre lo que puede ser una nueva recesión. Burry ya se ha posicionado: ve con total claridad un inminente crac en el mercado de EE UU. Pero no todos están convencidos por su más reciente todo o nada: el Wall Street Journal habla de “al menos cinco predicciones funestas” en los últimos cuatro años, como cuando predijo la caída de Tesla. Solo el tiempo podrá darle o negarle la razón. Porque, tenga o no buen ojo para otra gran apuesta, hasta entonces, y como en Twitter, hará borrón y cuenta nueva.

Un genio con Asperger 


Bipolaridad. En sus años como residente de Stanford le diagnosticaron bipolaridad, aunque Burry nunca estuvo de acuerdo. 
Autodiagnóstico.  Leyendo sobre el espectro autista, vio que encajaba a la perfección en el síndrome de Asperger y, desde entonces, asegura tenerlo.

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