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Análisis
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Pactar reformas, no cargos

La cuestión no es dejar gobernar a la lista más votada ni de proponer un gobierno de gran coalición, sino de cambiar el paso y el relato

Alberto Núñez Feijoo
El candidato del Partido Popular, Alberto Núñez Feijoo, saluda a los simpatizantes en la sede de los populares en Madrid tras conocerse los resultados en las elecciones celebradas hoy domingo.Javier Lizon (EFE)

¡Que se pongan de acuerdo! Es el grito mayoritario que yo escucho tras las pasadas Elecciones Generales por parte de unos ciudadanos hartos de que los estrategas electorales de los partidos le arrastren a una polarización estéril y peligrosa. Es urgente cambiar el relato: no hay dos Españas enfrentadas, como algunos nos quieren hacer creer, sino una sana pluralidad de visiones sobre la España que compartimos y cuyos principales desafíos solo juntos se pueden resolver, con lo que antes llamábamos pactos de Estado. El gobierno que se forme, ahora o después de otras elecciones (¿Cuántas?) deberá, eso sí, tener en cuenta que la mitad de los españoles no le ha votado. Ante esta realidad de la democracia, ¿Intentará integrarlos en un espacio común o irá contra ellos? Ahí se define nuestro futuro.

De toda la campaña me quedo con tres frases: “Mi gran objetivo es recuperar la concordia entre españoles” (Feijóo); “que avancen las mujeres y retroceda el machismo” (Yolanda Díaz); “sigamos avanzando en empleo y en derechos” (Sánchez) y me pregunto: ¿Son aspiraciones incompatibles? ¿Por qué no podemos ser un país donde sigamos avanzando en empleo y en derechos, retroceda el machismo y lo hagamos desde la concordia entre ciudadanos y entre sus representantes? ¿Por qué?

Y eso es precisamente lo que le pido al próximo Congreso de los Diputados: que recupere la política y aparque el regate en corto permanente. Necesitamos que gobierno y oposición se comporten de manera radicalmente distinta al camino que nos ha llevado a esta situación. Porque, además, es un camino fracasado: la oposición no ha conseguido arrasar pese a una campaña despiadada contra el Presidente Sánchez y el Gobierno no ha conseguido renovar su mandato con la amplitud esperable dada su gestión de la adversidad con nota alta. Entonces, ¿Más de lo mismo o intentamos algo distinto?

Hemos vivido una legislatura y una campaña electoral en la que la mentira se ha utilizado sin rubor, los bulos orquestados han sido noticias agrandadas y se han puesto todos los medios para crear, de forma artificial, un estado de ánimo entre los ciudadanos, cargado de temor y resentimiento, diseñado por interés egoístas de partido. Así es como se rompe la democracia y no pactando con partidos legales con representación parlamentaria.

A pesar de que la palabra constitución y constitucionalista se repite como un mantra, nunca hemos estado más lejos del espíritu constitucional que en estos años, en los que hasta el final del terrorismo etarra hace más de una década, se ha utilizado como arma arrojadiza en lugar de celebrarlo unidos como el éxito inequívoco de la democracia española que es.

La pasada legislatura ha sido triste y para olvidar en lo político. Aunque, sin embargo, ha salvado con éxito las mayores dificultades económicas y sanitarias externas que hemos tenido desde la crisis del petróleo de 1976 que llevaron a los Pactos de la Moncloa: una pandemia mundial que, en lo económico, trajo la mayor caída del PIB desde 1940 (hoy recuperado el nivel, con mayor empleo y creciendo por encima de la media de la eurozona) y una guerra en Ucrania que nos devolvió inflaciones de dos dígitos que no veíamos desde hace cuarenta años (hoy estamos por debajo del 2%). Ambas dificultades han golpeado a la sociedad, aumentando las brechas entre pobres y ricos, así como entre salarios y beneficios a pesar de que el Gobierno, dentro del marco de la Unión Europea, ha puesto en marcha importantes mecanismos de apoyo y cohesión social, que espero el nuevo gobierno mantenga.

Tengo la impresión, no obstante, de que, en lugar de estar haciendo frente a los retos del siglo XXI, seguimos atascados en resolver problemas heredados del siglo XX. Contar con una sanidad y una educación universales y de calidad, sin listas de espera y con mejores resultados escolares, así como con un sistema público de pensiones sostenible deberían de ser problemas resueltos ya y por amplio consenso, como las políticas de lucha contra la pobreza, financiado todo ello por un sistema tributario eficaz, suficiente y progresivo. Son asuntos, todos ellos, que deberían formar parte del orgullo de país, de esas cosas que nos unen a los españoles y nos hacen sentirnos patriotas.

Con todo eso todavía abierto, el futuro nos atropella con un cambio climático que no puede combatirse con plegarias (aunque tampoco sobren), una revolución digital que está cambiando nuestra manera de vivir y de trabajar y un desafío internacional con el regreso de los bloques económicos que nos aboca a definir, como país, qué papel queremos jugar en la nueva Europa de la autonomía estratégica que está ya construyéndose. Y nada de esto ha estado presente en la campaña a pesar de ser ahí donde nos jugamos el futuro como país y como ciudadanos. Por eso, deberá formar parte del corazón de la legislatura, si no queremos perder el tiempo de forma irresponsable.

Ha llegado la hora de hacer lo correcto, después de haber intentado todas las alternativas. No se trata de dejar gobernar a la lista más votada, sin más, ni de proponer un gobierno de gran coalición. No. Se trata de no recrearse en el bloqueo, de darse una tregua, de cambiar el paso y el relato. De pactar entre todas las fuerzas parlamentarias que quieran, las líneas maestras de las cinco o seis grandes reformas pendientes (sanidad, educación, pensiones, estado autonómico incluyendo financiación, Unión Europea…), su reflejo presupuestario y comprometerse a poner en marcha una necesaria Comisión de estudio de reforma de la Constitución. Y, a partir de ahí, dejar que gobierne la lista más votada con la amenaza de una moción de censura si incumple lo pactado. Así se refuerza el espíritu constitucional, de verdad, ponemos fin a esta década de extremismo polarizador y situamos los intereses de los españoles, por encima de los intereses de partido y de sus dirigentes.

Ya, ya sé que “todo en la vida es sueño y los sueños, sueños son”. Pero, ¿No merece la pena intentarlo? ¿Cuál es la alternativa?

Jordi Sevilla es economista

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