Hacia un mundo de tipos de interés más altos: los efectos en la inversión y el bolsillo
El alza de rentabilidades de los bonos de estos días apunta a un precio del dinero algo más caro por tiempo indefinido, aunque no a una crisis de deuda


Los bonos reivindican estos días su papel protagonista en el universo financiero. La Bolsa se mueve por factores tangibles como los resultados empresariales, pero también a menudo es presa de factores mucho más pasionales, como el temor o la codicia. Los bonos, en cambio, reflejan con más sobriedad, y también más precisión, los puntos débiles y fuertes de las economías y las empresas. Por eso, cuando sus precios caen con fuerza y se disparan las rentabilidades, toca cuadrarse. Así lo hizo el Tesoro estadounidense hace unos días cuando anunció que duplica la recompra de bonos a más largo plazo para frenar el repunte de rentabilidad del bono a 30 años, que ha alcanzado máximos de dos décadas. La mayor economía del mundo soporta un volumen de deuda ingente, que supera ya los 40 billones de dólares, y no puede permitirse que su coste de financiación se encarezca en exceso: el pago de intereses ya es enorme y hay que financiar un déficit elevado, que ronda el 6% y que no apunta a moderarse con las campañas bélicas de Donald Trump. La intervención del Tesoro ha rebajado ligeramente la tensión, pero ha sido también el reconocimiento de esa vulnerabilidad, algo que los inversores ya tienen en su radar.
Cierta inquietud sobre la sostenibilidad de la deuda de EE UU en el más largo plazo se ha colado estos días en el mercado, un temor que se suma a la percepción de que la actual inflación no va a desinflarse tan fácilmente —menos aún si persiste el cierre de Ormuz y se sigue encareciendo la energía— y de que los bancos centrales tendrán que subir los tipos. “Hablaría de una reactivación incipiente de los vigilantes de los bonos, no de una rebelión abierta. Estados Unidos sigue financiándose sin dificultades, pero el mercado comienza a exigirle una compensación mayor por su trayectoria fiscal. La complacencia no ha desaparecido, pero ya no es gratis”, resume Gonzalo de Cadenas Santiago, subdirector general de Mapfre Economics.
Para Santiago Carbó, catedrático de Economía de Cunef, el alarmante repunte de rentabilidades de los bonos a más largo plazo de los últimos días es una especie de mal sueño, en el que los vigilantes de los bonos (bond vigilantes) —que ejercen toda su presión vendedora cuando la disciplina fiscal de un país descarrila— se han despertado en mitad de la noche y han optado por seguir durmiendo. “En el corto plazo no veo una crisis de deuda, la tensión no es tan fuerte y las economías siguen creciendo”, explica.
La sangre no llega al río, pero el escenario que claramente anticipan los mercados de futuros es de un precio del dinero más caro el próximo año: al menos el 4% en Estados Unidos y del 2,75% en la zona euro, incluyendo dos alzas más, la primera de ellas este septiembre. Apuntan en definitiva a un entorno de tipos un poco más elevados que ahora pero por un tiempo indefinido y en el que además irá aumentando la prima de rentabilidad que exijan los inversores sobre los bonos a más largo plazo. La inflación no da ni mucho menos señales de mejora, según reconoció este viernes el presidente de la Fed Kevin Warsh, y en Europa arroja datos claramente al alza. En España se ha disparado en agosto hasta el 4,3% por la subida de los carburantes.
“Los inversores operan ahora en un entorno en el que los rendimientos se han reajustado a niveles estructuralmente más altos”, señala BlackRock, la mayor gestora del mundo. Esos factores aparecieron tras la pandemia y según explica BlackRock son unas presiones inflacionarias persistentes, un aumento del endeudamiento público y una creciente demanda de capital para financiar el desarrollo de la inteligencia artificial. “Todos estos factores contribuyen a un entorno de tasas más altas durante más tiempo”, explica. En definitiva, un escenario diferente que trastoca la inversión en renta fija —en la que los plazos más largos concentran los mayores riesgos de pérdidas—, augura créditos más caros —el euríbor a doce meses ya ha alcanzado el 3%, su nivel más alto en más de dos años— y obliga a ajustar ligeramente las valoraciones bursátiles.
De momento, se trata de una subida de un peldaño de dificultad para la inversión y la financiación a empresas y hogares, pero que sí hace a la economía más vulnerable, en especial cuando las cuentas públicas de grandes economías occidentales como Estados Unidos, Japón o Francia ya están muy al límite en cuanto a sus déficits y nivel de endeudamiento. “La reducción del déficit es el único ancla duradera para las rentabilidades del tramo largo”, advierte Pimco, la mayor gestora de renta fija del mundo, donde esperan que, salvo una desaceleración económica inesperada, la mayor prima por plazo persista. “El mercado no está descontando únicamente una Reserva Federal más restrictiva, sino también una mayor prima por plazo”, añade De Cadenas Santiago.
En todo caso, la perspectiva no es un ciclo de alzas en los tipos de interés como la emprendida en 2022, que descalabró por completo la inversión en Bolsa y deuda y dejó una costosa factura en el coste de la vida de los ciudadanos. “En primer lugar, el punto de partida del actual repunte de la inflación en la mayoría de las economías es significativamente más bajo en comparación con la crisis energética de 2022″, puntualiza Abdallah Guezour, responsable de deuda de mercados emergentes y materias primas de Schroders. Además, la demanda mundial de petróleo es más moderada a diferencia de entonces, cuando la economía mundial aún registraba el repunte de demanda tras el cerrojazo por la pandemia. Y a ello se suma que los niveles actuales de tipos ya están en un territorio restrictivo, lo que no obliga a ascensos radicales ni apresurados con tal de combatir la inflación.
Para Roberto Scholtes, jefe de estrategia de Singular Bank, la expectativa actual de alzas de tipos que anticipa el mercado es un tanto exagerada. “Hay una extraña disonancia entre lo que anticipan los economistas y lo que apunta el mercado, y tiene que ver con un importante posicionamiento especulativo, movido por algoritmos, de los hedge funds contra la deuda soberana”, explica. Y recuerda que son los bancos centrales, no los inversores, quienes tienen la última palabra sobre el nivel de los tipos de interés. El experto cree que las presiones inflacionistas irán desapareciendo en 2027, con lo que la Fed podría aguantar si llegar a subir los tipos. En Mapfre Economics no esperan alzas de tipos ni por parte de la Fed ni del BCE este año, aunque “será una pausa vigilante, no el comienzo de la relajación rápida”.
En la zona euro, las dudas se van a resolver muy próximamente, en la reunión del BCE del 10 de septiembre y para la que el mercado anticipa un alza de tipos de un cuarto de punto. También lo avanzan pesos pesados del banco central. “Con el tipo de interés actual, es improbable que la inflación vuelva al objetivo a medio plazo y, por tanto, será necesario un endurecimiento adicional”, aseguró esta semana Isabel Schnabel, miembro del Comité Ejecutivo del BCE y principal portavoz del ala dura del banco, los denominados halcones.
David Ardura, director de inversiones de Finaccess Value, está entre quienes dan por hecha la subida de tipos del BCE en septiembre, más aún a la vista del dato de PIB de la zona euro en el segundo trimestre, que arroja un crecimiento del 0,4% frente al trimestre anterior, en que la economía se estancó. Y para Estados Unidos sí prevé un alza del precio del dinero en diciembre y la continuidad de la tensión de las rentabilidades en los plazos más largos. ¿Qué hacer entonces con la cartera de deuda? “Ya habrá tiempo de tomar duración en bonos a plazos más largos. La recomendación ahora es una posición defensiva, de prudencia en plazos más cortos”, señala Ardura.
El incremento en las rentabilidades de los bonos implica la caída de su precio. Si un bono vale menos, el comprador va a exigir más rentabilidad para adquirirlo, lo que es fuente de pérdidas en los fondos de inversión de renta fija, en especial si están enfocados a deuda a más largo plazo. Por el contrario, las letras y los fondos monetarios —que invierten en activos a muy corto plazo, de año y medio como mucho— son ahora la principal alternativa para el ahorro más temeroso. ¿Y qué efecto tiene en la Bolsa las subidas de tipos? La oleada de alzas de 2022 tuvo un impacto demoledor pero la tormenta en los bonos de los últimos días apenas ha tenido efecto en la renta variable, que parece estar curada de espanto gracias a unos sólidos resultados empresariales y a la confianza en el potencial de la inteligencia artificial. “Los tipos más elevados ya están incorporados en las valoraciones y los beneficios son un soporte muy importante que da recorrido a la Bolsa”, defiende Ardura. Aun así, un precio del dinero más caro siempre será una mala noticia para compañías con valoraciones elevadas, beneficios muy alejados en el tiempo o fuerte dependencia de la financiación. “El riesgo es mayor en algunos segmentos tecnológicos vinculados a la inteligencia artificial, donde las expectativas y las necesidades de inversión son particularmente altas”, advierte Gonzalo de Cadenas Santiago.
Tipos de interés más altos permiten ofrecer productos de ahorro (depósitos, letras y seguros) con rentabilidades más atractivas pero si llegan a frenar la actividad económica, las familias dispondrán de menos capacidad para ahorrar. “Mejora la remuneración del ahorro, pero puede reducirse la materia prima de la que nace: la renta disponible”, recuerda De Cadenas Santiago. El encarecimiento de las hipotecas es otro de los factores adversos para el bolsillo de la subida de tipos. Con el euríbor ahora al filo del 3%, y a punto de terminar agosto, quienes revisen su hipoteca a tipo variable con el dato de este mes tendrán que pagar más cuota, tanto si la revisión es anual como si es semestral. Una vez más, no hay amenaza de volver a las revisiones disparadas de 2022 y 2023, pero tipos de interés más altos, aunque sea un poco, y por largo tiempo, como anticipa el mercado, son sinónimo de crédito menos accesible para hogares y empresas.