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El faro del inversor
Tribuna
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Breve antología de tiros que salen por la culata

El uso de embargos y restricciones tiene poco éxito a la hora de forzar a un país, como Rusia, a hacer lo que no quiere, y a menudo provoca el efecto contrario

Francisco Quintana
Boca de pozo de petróleo
Boca de pozo de petróleoReuters

Estamos en 1861. La guerra civil americana acaba de estallar y los rebeldes confederados buscan aliados que proporcionen apoyo militar y reconocimiento internacional. El candidato más obvio es Reino Unido, su principal socio comercial y mayor economía mundial gracias a décadas de crecimiento impulsadas por la industria textil. El 80% del algodón que usa viene de las regiones esclavistas del sur de los Estados Unidos. Allí se produce el de mayor calidad en el mundo, que permite a la maquinaria británica trabajar al doble de velocidad que otras variedades más toscas. Pero los británicos no están interesados en guerras civiles en sus antiguas colonias. Así que a las autoridades sureñas se les ocurre ir un paso más allá para forzar esa alianza: interrumpen los envíos de algodón al Reino Unido.

El impacto es enorme. En unos meses el precio del algodón se multiplicó por cuatro. Las importaciones británicas cayeron un 93% asfixiando a la industria textil. Millones de despidos provocan revueltas y hambre. El 25% de la población del condado de Lancashire –el centro textil nacional– pasa a depender de programas de alimentos para familias pobres. El impacto en los confederados es menor en el corto plazo, ya que el precio del algodón subió tanto que compensó las menores ventas, que es exactamente lo que le ha ocurrido a la recaudación fiscal rusa por hidrocarburos. Pero poco a poco, las cosas cambiaron. Tres años después del inicio del embargo, las empresas británicas habían desarrollado nuevas relaciones con proveedores chinos, indios y egipcios. No hubo más compras a los confederados y nunca más dependieron de un único proveedor. Los confederados perdieron la guerra y desaparecieron.

Otro ejemplo es el embargo saudí de 1973 que dejó sin petróleo a Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Holanda y Japón durante seis meses. Hizo el daño que buscaba: una recesión económica e inflación sin precedentes. Pero también supuso el inicio del declive de la OPEP, ya que provocó nuevas exploraciones en Alaska, el Caribe y el mar del norte que hoy son plenamente viables, la creación de las reservas estratégicas para minimizar el impacto de potenciales disrupciones y el desarrollo de tecnologías alternativas, como la fracturación hidráulica, que han devuelto a los Estados Unidos el liderazgo mundial de la producción.

Desde 2008 se han ido erosionado los lazos económicos globales. El impacto afecta a los presupuestos familiares

La lista es larga, y la historia nos dice que el uso de embargos y restricciones varias tiene poco éxito a la hora de forzar a un país a hacer lo que no que quiere hacer. A menudo, provocan lo contrario de lo que pretendían.

Sin embargo, la falta de alternativas y la presión populista obliga a los gobiernos a abrazar estas medidas una y otra vez, como estamos viendo con la guerra de Ucrania. La decisión rusa de cortar el suministro de gas a Europa en septiembre del año pasado no fue precisamente un éxito. Provocó una rápida diversificación de fuentes de suministro, un giro hacia el gas licuado, inversión en infraestructuras de regasificación y un impulso para la energía renovable. La posibilidad de que Rusia vuelva a ser un proveedor de referencia en Europa queda seriamente dañada, incluso si se firmara una paz mañana.

La respuesta europea tampoco ha sido acertada. En diciembre de 2022, Europa limitó el precio de compra del petróleo ruso a 60 dólares por barril, un precio que buscaba reducir los ingresos de Moscú sin eliminar los incentivos para que produzca. Para forzar esa limitación Europa usa la palanca de su industria aseguradora, que suministra el 95% de los seguros para el transporte de petróleo mundial. Inmediatamente los países que se están beneficiando del embargo ruso –China, India, Indonesia–se pusieron a buscar alternativas. Hoy, pequeñas aseguradoras chinas y rusas están haciendo la mayor parte del trabajo. Todos los participantes en la industria saben que el músculo financiero de estas empresas no sería suficiente en el caso de un gran derrame, pero asumen el riesgo. De momento tenemos un impacto limitado sobre las exportaciones rusas y un incentivo gigantesco para dejar de usar servicios europeos. En la próxima crisis, Europa no tendrá la bala de los seguros.

Esta erosión de los lazos económicos globales empieza mucho antes de la guerra. La crisis de 2008 es uno de los principales motores, disparando la desigualdad y el populismo que alimentaron los movimientos proteccionistas e independentistas en Europa y Estados Unidos. La pandemia contribuyó a acelerar el proceso. Ante una emergencia mundial como el Covid, más de 80 países restringieron la exportación de medicamentos y material sanitario, rompiendo las reglas del comercio internacional. La industria occidental también sufrió el deterioro de las cadenas de suministro –puertos, barcos y operarios– que les limitó el acceso a componentes claves como los semiconductores. Las relaciones de confianza que se han construido durante las largas décadas de la Pax americana se han debilitado.

La reacción racional desde la óptica de un país individual es protegerse. Todos se lanzan a internalizar cadenas de producción y replicar industrias enteras a escala local, sin consideración por la pérdida de eficiencia y el alto coste que implican. Europa, por ejemplo, ha puesto en marcha un plan que costará 45.000 millones de euros para fabricar semiconductores. El impacto sobre el bolsillo del ciudadano va más allá de lo que cuesta montar estas industrias desde la nada. La consultora BCG estimó que en un escenario en el que todas las regiones principales fueran capaces de crear sus propios semiconductores, el precio de éstos subiría entre un 35 y un 65%. Con procesos similares ocurriendo en la producción de alimentos, medicamentos, coches, lavadoras o teléfonos móviles, el impacto en los presupuestos familiares será substancial.

No es el fin del mundo. Nos fiaremos menos del vecino, y, en unos años seremos más autosuficientes, pero ostensiblemente más pobres.

Francisco Quintana es director de estrategia de inversión de ING.

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