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La fiebre por los ETF cripto se enfría: solo uno de cada tres fondos logra ser rentable

En Estados Unidos se han lanzado 171 fondos cotizados de activos digitales y en Europa cotizan otros 277 productos, pero el mercado se concentra en unos pocos vehículos

Un anuncio en un tranvía de Hong Kong del primer ETF de bitcoin de Asia.UCG (UCG/Universal Images Group via G)

Era el 10 de enero de 2024 cuando la Comisión del Mercado de Valores (SEC) dio luz verde por primera vez a los fondos cotizados (ETF) de bitcoin. La decisión supuso una revolución para la industria de la gestión de activos y para el mercado cripto: derribaba una de las principales barreras para la adopción masiva de las criptomonedas y reforzaba su legitimidad dentro del sistema financiero tradicional. El éxito del producto, que prometía ser otra mina de oro para la industria financiera, fue arrollador, pero puede resultar efímero. En Estados Unidos se han lanzado 171 fondos, mientras en Europa 277 productos cotizados (448 en total) de activos digitales, según datos de Morningstar de junio. Pero apenas unos 148 tienen dimensión mínima para operar; mientras el resto se arriesga al cierre, lastrado por la debilidad sostenida del mercado, el exceso de competencia y la falta de liquidez en parte del mercado.

Poco después de la luz verde de la SEC, el fondo iShares Bitcoin Trust (IBIT) de BlackRock se convirtió en el ETF más rápido en alcanzar los 10.000 millones de dólares en activos bajo gestión. El respaldo regulatorio alimentó las expectativas sobre una nueva etapa dorada para los criptoactivos que, junto con el respaldo de Donald Trump, escalaron a máximos históricos. En plena euforia, las gestoras se lanzaron a comercializar todo tipo de productos: apalancados, bajistas, ligados a la empresa Strategy o vinculados a monedas casi desconocidas o extremadamente especulativas, como la criptomoneda meme Dogecoin.

Pero cuando el mercado entró en una fase bajista, en octubre del año pasado, los inversores que alimentaron estos fondos dieron la espalda a las criptomonedas en busca de refugios más seguros o con más potencial. La euforia se disipó rápidamente. Los precios sufrieron fuertes caídas —bitcoin llegó a perder la mitad de su valor— y los ETF registraron importantes salidas de capital. Desde octubre, se retiraron unos 3.000 millones de dólares del IBIT, que acumula una rentabilidad negativa del 21,8% en lo que va de año. Esta sangría ha provocado ya los cierres de algunos fondos y ha obligado a algunas gestoras a dar marcha atrás en sus proyectos.

Grayscale Investments retiró recientemente sus planes para lanzar tres fondos cripto y Trump Media canceló el lanzamiento de un ETF de bitcoin y ether tras rescindir su acuerdo con Crypto.com, debido a la debilidad del mercado. Otras gestoras han ido más allá y han optado por cerrar productos ya existentes. Es el caso de Rex Advisers, que liquidó un fondo centrado en empresas que acumulan bitcoin en balance, como Strategy.

La sangría de los últimos meses ha agravado los balances de los fondos más pequeños y con poca liquidez, que no han logrado alcanzar una escala suficiente para cubrir sus costes operativos y garantizar su viabilidad a largo plazo. Aunque no existe un umbral universal, ya que la rentabilidad depende de variables como las comisiones de gestión, Javier Cabrera, analista de mercados, estima que el punto de equilibrio se sitúa entre los 50 y 100 millones de dólares de activos bajo gestión en el caso de los fondos cotizados estadounidenses. “En Europa, algunos productos logran ser sostenibles a partir de los 15 o 20 millones de euros, ya que las comisiones suelen ser más elevadas, entre el 0,5% y el 1,5%”, señala.

Estos datos sugieren que la fiebre por los fondos cripto se ha enfriado. Si se toma como referencia el umbral mínimo de 15 millones de activos bajo gestión, solo 148 de los 448 productos cotizados de activos digitales en EE UU y Europa tienen tamaño suficiente para ser rentables. “Estar por debajo de estos niveles durante 12 o 24 meses sitúa al fondo en zona de riesgo de cierre”, advierte Cabrera. Aun así, el tamaño no lo es todo: los emisores con negocios más diversificados cuentan con mayor capacidad para mantener estos productos en periodos de debilidad sostenida del mercado, señala Dovile Silenskyte, directora de Investigación de Activos Digitales de WisdomTree.

Elevada competencia

Pero la caída del mercado explica solo en parte el fracaso de muchos de estos productos. La competencia también pesa. “Hay mucha variedad de productos, por lo que es complicado captar la atención del mercado”, analiza Cabrera. De hecho, los inversores tienden a concentrarse en unos pocos productos. El IBIT de BlackRock lidera el mercado con unos 54.800 millones de dólares bajo gestión. Le sigue, de lejos, el de Fidelity, con un fondo de bitcoin con 10.800 millones bajo gestión. La confianza en el emisor es clave, pero también lo son las comisiones que cobra. No es casualidad que los productos que concentran mayor demanda sean de bajo coste: el de BlackRock y de Fidelity aplican una comisión del 0,25% frente al 1,5% del Grayscale bitcoin Trust, el tercero del mercado.

Lo cierto es que muchas gestoras también hicieron apuestas arriesgadas, con fondos ligados a activos casi desconocidos, con demanda limitada y escasa liquidez, sin tener en cuenta que lo difícil no es tanto lanzar el producto, sino construir una base inversora. “En Europa la adopción institucional suele ser un proceso lento. Los inversores pueden necesitar meses o incluso años de formación y análisis antes de realizar su primera asignación a activos digitales”, asevera Silenskyte.

La percepción de la industria es que los fondos de mayor tamaño sobrevivirán, mientras que una parte significativa acabará desapareciendo. En cualquier caso, su cierre no implica necesariamente pérdidas para los inversores, que pueden decidir si vender sus participaciones antes de que el fondo cierre o recibir los importes correspondientes cuando se liquide. Pero la transición sí puede ocasionarle ciertos costes. “Los inconvenientes pueden ser la necesidad de reinvertir en un momento desfavorable, los costes de transacción y, dependiendo del inversor y de la jurisdicción correspondiente, posibles implicaciones fiscales”, concluye Silenskyte.

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