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Longevidad y pensiones: el sistema no se ha adaptado para vivir más

La jubilación se ha alargado de forma silenciosa mientras el sistema de pensiones mantiene reglas pensadas para otro contexto demográfico

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Longevidad y pensiones

El aumento sostenido de la esperanza de vida está obligando a replantearse, de forma profunda, cómo se financia una jubilación que ya no dura unos pocos años, como a finales del siglo pasado, sino que puede prolongarse durante más de dos décadas. Vivir más tiempo es una de las grandes conquistas sociales de este siglo, pero también introduce tensiones evidentes sobre el sistema de pensiones y sobre la capacidad real de las familias para mantener su nivel de vida, su autonomía económica y su acceso a cuidados durante la vejez.

De modo que la longevidad ha dejado de ser una excepción estadística para convertirse en un rasgo estructural de la sociedad española. Este fue precisamente el leitmotiv del desayuno organizado por CincoDías y patrocinado por Santalucía, en el que participaron: Pilar González de Frutos, expresidenta de Unespa; Diego Valero, presidente de Novaster; Rodrigo Fernández Avello, director general del Negocio de Vida y Pensiones de Santalucía; y Nacho Conde-Ruiz, presidente del Instituto Santalucía. El debate partió de una constatación compartida: España vive más que nunca, pero no ha adaptado al mismo ritmo su modelo de previsión económica a una vida más larga.

La sensación de bloqueo tras años de debate público fue uno de los primeros elementos que afloraron. Pilar González de Frutos expresó esa frustración de forma muy gráfica al señalar que tuvo, durante mucho tiempo, “la sensación de que me levantaba, me ponía el alzacuellos y salía a sermonear con los temas de la longevidad”. En su opinión, el problema no es solo técnico, sino también político y comunicativo, ya que “no se nos ha preguntado como ciudadanos con auténtica honradez qué sistema de pensiones queremos y cómo queremos financiarlo”. Esa falta de transparencia, advirtió, dificulta que la sociedad asuma las necesidades financieras que genera una vida más larga.

Con ese diagnóstico de fondo, el debate avanzó hacia el tipo de mensajes que se trasladan a los ciudadanos. Rodrigo Fernández Avello insistió en que el discurso no puede construirse a partir del alarmismo, y fue tajante al afirmar que, en el sector, “ese no será nunca el mensaje”, en referencia a quienes ponen en duda la continuidad de la pensión pública. A su juicio, el eje debe situarse en la complementariedad y en la planificación a lo largo de la vida, recordando que “vivimos más, sí, es una bendición vivir más”, pero que esa mayor longevidad obliga a anticipar cómo se sostendrán económicamente los últimos años.

La visión macroeconómica introdujo una lectura más dura sobre los límites del modelo actual. Nacho Conde-Ruiz advirtió de que el sistema de pensiones “estaba diseñado para que la gente no ahorrara”, porque garantizaba una elevada tasa de sustitución en una coyuntura demográfica muy distinto. Ese esquema, explicó, ya no encaja con la realidad actual, ya que el problema ahora “es que se está financiando con impuestos generales”, lo que incrementa la presión sobre las cuentas públicas y traslada el coste a otras generaciones.

Junto a los factores institucionales y presupuestarios, el encuentro abordó las barreras culturales que dificultan el ahorro a largo plazo. Diego Valero fue especialmente claro al señalar que la gente “no ahorra de forma voluntaria”, incluso cuando es consciente de que vivirá más tiempo. En su análisis, uno de los grandes fallos está en el enfoque de la educación financiera, porque esta, “no consiste en dar contenidos a la gente, es ayudarla en el momento adecuado a que tome la decisión conveniente”. Sin ese acompañamiento práctico, explicó, la información por sí sola no cambia comportamientos.

A lo largo del desayuno quedó claro que la longevidad plantea un reto que va mucho más allá del debate técnico sobre pensiones. Obliga a repensar el equilibrio entre el pilar público y la previsión complementaria, así como a asumir que una jubilación más larga exige planificación temprana y estabilidad normativa. El diagnóstico compartido fue claro: aplazar este debate ya no es una opción en una sociedad que vive más tiempo, aunque las respuestas concretas y los instrumentos para afrontarlo se analicen con mayor detalle en otros ámbitos del debate.

Patrimonio, hábitos y miedo

Uno de los hilos menos visibles, pero más determinantes del encuentro, fue la distancia entre el patrimonio existente y la dificultad para convertirlo en previsión estable. En ese punto, Pilar González de Frutos recordó que, en nuestro país, “tenemos un sistema de ahorro volcado hacia determinados activos”, lo que explica la concentración del ahorro “en fórmulas poco líquidas y difíciles de transformar en ingresos para la jubilación”.

Esa rigidez también se refleja en cómo se construye el esfuerzo de ahorro. Rodrigo Fernández Avello apuntó que no es la edad en la que empiezan, “el problema es las aportaciones que hacen”, subrayando que el reto “no está tanto en cuándo se toma la decisión como en su intensidad y continuidad a lo largo del tiempo”.

Desde una óptica económica, Nacho Conde-Ruiz advirtió de los límites del sistema actual: “No puedes ser a costa de unas cotizaciones que son casi un tercio de tu salario”, en referencia al impacto que tendría seguir cargando el ajuste sobre el trabajo. Y, como advertencia final, Diego Valero resumió un consenso compartido en la mesa: “El peor consejero para esto es meter miedo a la gente”.

Inercias, incentivos y reglas: cómo empujar el ahorro a largo plazo

Para los expertos, una vez asumido que la longevidad ha cambiado las reglas del juego, el debate se desplaza hacia cómo lograr que el ahorro previsional deje de ser una excepción y se convierta en un comportamiento sostenido. En el desayuno organizado por CincoDías y patrocinado por Santalucía se insistió en que el problema no es solo cuánto se ahorra, sino cómo se consigue que ese ahorro ocurra de forma regular y durante suficientes años.

Pilar González de Frutos subrayó que pedir ese compromiso a largo plazo exige coherencia institucional. En su intervención, recordó que las decisiones de ahorro “no se toman para un año, sino para 20 o 30”, lo que obliga a ofrecer reglas claras y estables. Sin ese marco, advirtió, resulta difícil que los ciudadanos confíen en instrumentos pensados para acompañar durante toda la vida laboral.

El debate bajó después al terreno práctico. Rodrigo Fernández Avello insistió en que el problema no está tanto en cuándo se empieza como en cómo se mantiene el esfuerzo en el tiempo. “No es la edad a la que empiezas, el problema es la aportación que haces”, señaló, al explicar que aportaciones pequeñas pero constantes tienen más impacto que decisiones tardías. En su opinión, el reto es construir soluciones que permitan transformar el ahorro acumulado en estabilidad financiera durante una jubilación cada vez más larga.

La reflexión económica se centró en el diseño del sistema. Nacho Conde-Ruiz defendió que reforzar el primer pilar exige dejar espacio real al segundo y fue claro al señalar que se debe dejar margen para el ahorro privado. A su juicio, sin ese margen “el sistema tiende a absorber más recursos públicos, lo que limita la capacidad de elección individual y dificulta la consolidación de un ahorro complementario efectivo”.

El bloque conductual cerró el análisis. Diego Valero insistió en que la información por sí sola no cambia comportamientos y defendió mecanismos que ayuden a superar la inercia. “Crear inercias es lo más potente”, afirmó, al referirse a sistemas “que facilitan decisiones automáticas o por defecto”. Solo así puede lograrse, en un momento como el actual, de jubilaciones más largas, “que el ahorro previsional deje de ser una decisión excepcional”.

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