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La fotovoltaica supera al gas y ya aporta casi el 10% de la electricidad en invierno

Las cuatro mayores tecnologías de producción ya son libres de emisiones y cubren casi el 80% de las necesidades totales, exportaciones incluidas

Fotovoltaica Gráfico
Belén Trincado Aznar
Ignacio Fariza

La revolución acelera el paso. En los dos primeros meses de 2024, la solar fotovoltaica —por mucho la fuente más económica en zonas de buen recurso— cubrió el 9,87% de la electricidad producida en la España peninsular, según los datos de Red Eléctrica de España (REE). Supera así a los ciclos combinados —las centrales en las que se obtiene electricidad tras la quema de gas natural— y se convierte en la cuarta mayor fuente de suministro, solo por detrás de una eólica en niveles récord, una nuclear estable y una hidráulica que recupera fuelle tras la pertinaz sequía en las cuencas de las que se nutre.

En lo que va de 2024, la fotovoltaica es, de hecho, la segunda tecnología de la matriz eléctrica española que más crece: un 10,16%, solo por detrás de la hidráulica, que aumenta su producción un 10,9% en los primeros compases del año gracias a las recientes lluvias. En el lado opuesto de la tabla figuran las dos fuentes más contaminantes: el carbón (-33,4% interanual) y los ciclos combinados de gas (-30,3%), que han sido menos necesarias por el buen tono de la eólica, la solar y la hidroeléctrica, y porque la demanda no termina de despegar.

Para poner en contexto la sacudida que se está produciendo en el mercado eléctrico peninsular basta con mirar al pasado reciente. En 2021, el primer año de crisis de precios, la fotovoltaica aún era la sexta tecnología, por detrás de la eólica, la nuclear, los ciclos combinados, la hidráulica y la cogeneración (que, como los ciclos combinados, también quema gas pero que está asociada a actividades industriales intensivas en calor).

Un febrero históricamente bueno para las renovables

En febrero, tanto los aerogeneradores como los paneles marcaron máximos históricos para esta época del año. Y marzo y abril apuntan en la misma dirección: más horas de sol, borrascas frecuentes y temperaturas suaves —por debajo del umbral a partir del cual las placas empiezan a perder rendimiento— configuran un cuadro inmejorable para la generación renovable. Con estos mimbres —y con la fotovoltaica ya por encima de los ciclos combinados, también en potencia instalada—, mucho tendrían que torcerse las cosas en los meses siguientes para que la fotovoltaica no cerrase el año por encima de las centrales de gas.

“La fotovoltaica va a estar por encima de los ciclos toda la primavera”, proyecta Francisco Valverde, analista independiente del sector eléctrico. “En verano, con la llegada del calor, los ciclos pueden volver a superarla puntualmente. Pero en el acumulado del año va a estar claramente por delante”. En ese cálculo no se tienen en cuenta las instalaciones de autoconsumo, que han crecido exponencialmente en los tres años de crisis energética y que ya laminan demanda y precio de la luz en las horas centrales del día: con ellas, el cambio de tornas habría llegado mucho antes.

Rafael Salas, profesor del Instituto Complutense de Análisis Económico, también confirma que para final de año la fotovoltaica estará “muy por encima del gas”: “Va a ser una barbaridad de diferencia y esto es solo el comienzo. Es otro punto de no retorno”. Salas le da “especial valor” a que este adelanto se haya producido en invierno, “cuando hay menos horas solares y el sol está más bajo, lo que reduce la generación fotovoltaica”, y cuando el gas más tiene que entrar en el sistema. “Es verdad que en febrero los ciclos han estado particularmente bajos, pero en enero, en cambio, tuvieron que producir mucho... Una cosa se compensa con la otra”.

Un planta fotovoltaica, en Trujillo (Cáceres).
Un planta fotovoltaica, en Trujillo (Cáceres).PACO PUENTES (EL PAIS)

Por delante, la fotovoltaica todavía tiene —y, aún, a gran distancia— a la eólica, la nuclear y la hidráulica. Tres fuentes igualmente libres de emisiones que, junto a los paneles, cubren casi el 80% de las necesidades de electricidad de la España peninsular: tanto el consumo propio como las crecientes exportaciones, sobre todo al resto de Europa vía Francia. Al ritmo actual, sin embargo, y habida cuenta de que los primeros cierres de centrales atómicas empezarán ya en la segunda mitad de esta década, los paneles están llamados a seguir escalando peldaños en los próximos años.

Baterías y electrificación, claves

A futuro, el gran reto de la fotovoltaica será evitar que una parte importante de su producción acabe en el limbo. Por su propia naturaleza, esta tecnología concentra su generación en un tramo del día —cuando luce el sol— que no coincide necesariamente con las horas de mayor demanda. Para evitar este desaprovechamiento hay dos caminos posibles: llevar todos los consumos posibles al tramo central de la jornada, y aumentar el ritmo de instalación de baterías y centrales de bombeo hidráulico.

California tiene 18,5 gigavatios (GW) de potencia fotovoltaica y casi 8,2 de baterías; Alemania, 83,4 y 7,2, respectivamente. En España, con casi 25 GW de fotovoltaica en suelo y la previsión de superar los 76 a finales de la década, la primera batería acaba de entrar hace pocas semanas en las subastas diarias del mercado mayorista. “Vamos bastante retrasados: hay que acelerar, estableciendo mecanismos para que entren lo más rápido posible. Es la solución y lo que hay fomentar en este momento″, apremia Salas.

“Hacen falta baterías y hacen falta ya: no a medio plazo, sino a corto”, completa Valverde, que cree que “aunque el vertido no es deseable, el nivel actual no es escandaloso: de hecho, es ridículo en comparación con otros países europeos”. “No es el fin del mundo, como dicen algunos, pero por supuesto que hace falta avanzar en almacenamiento... Y, sobre todo, aumentar la demanda con más electrificación”.

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Sobre la firma

Ignacio Fariza
Es redactor de la sección de Economía de EL PAÍS. Ha trabajado en las delegaciones del diario en Bruselas y Ciudad de México. Estudió Económicas y Periodismo en la Universidad Carlos III, y el Máster de Periodismo de EL PAÍS y la Universidad Autónoma de Madrid.
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