La carrera mundial por la fabricación de chips

Con el tiempo, veremos dos redes independientes de manufactura de semiconductores, que reflejen alianzas políticas más amplias

Durante la visita de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, a Taiwán, la prensa se centró en la posibilidad de que el estatus de este país provocara un enfrentamiento más directo entre Estados Unidos y China. “El mundo se enfrenta a una elección entre la democracia y la autocracia”, dijo Pelosi durante su visita. “La determinación de Estados Unidos de preservar la democracia aquí en Taiwán, y en todo el mundo, sigue siendo férrea”. Desde la guerra civil, el Gobierno comunista de China considera Taiwán como una región rebelde. En defensa de su principio de “una sola China”, y para demostrar su descontento por la visita de la política estadounidense, China lanzó una serie de ejercicios militares en torno a Taiwán.

Este país es el principal y más avanzado fabricante de semiconductores, o circuitos integrados, del mundo. Estos diminutos chips informáticos, que pueden incorporar más de 8.000 millones de transistores, son la clave del éxito económico de Taiwán y su supervivencia geopolítica.

Se calcula que fabrica el 20% de los semiconductores del mundo y unas tres quintas partes de los chips subcontratados, indispensables para la electrónica mundial. Los semiconductores son vitales para la electrónica y, sin ellos, todo, desde los airbags de los coches y las cámaras de aparcamiento, hasta los ordenadores y los teléfonos móviles, sería inútil.

Los chips son tan fundamentales para los sistemas de armamento como para los frigoríficos y lavavajillas. Incluso pueden ser intercambiables: las sanciones occidentales a las exportaciones han hecho que Rusia utilice chips de electrodomésticos para mantener sus tanques en Ucrania.

Más significativo desde el punto de vista estratégico es que las empresas taiwanesas, dominadas por la compañía TSMC, suministran el 92% del mercado de los chips más sofisticados, según estimaciones de Boston Consulting. El 8% restante de la cuota de mercado corresponde a Samsung, de Corea del Sur.

La demanda también está creciendo, y se espera que aumente un 10% en 2022, hasta superar los 600.000 millones de dólares en todo el mundo, según Deloitte. La importancia de los semiconductores se puso en evidencia con su escasez durante la pandemia, que paralizó la producción –y la recuperación económica– de los fabricantes de automóviles, lo que infló los precios de los vehículos de segunda mano y redujo los ingresos en millones.

En junio de 2021, el Gobierno de Biden publicó una revisión de las cadenas de suministro del país, explicando el riesgo para su economía: “Estados Unidos depende en gran medida de una sola empresa –TSMC–para producir sus chips más avanzados. Junto con los pequeños suministros de Samsung, eso pone en riesgo la capacidad de abastecer las necesidades actuales y futuras de seguridad nacional e infraestructuras críticas”.

Así, en marzo de 2022, el Departamento de Comercio de EE UU estableció un plan estratégico para mejorar las capacidades de fabricación nacional de forma general, y de los semiconductores en concreto. Como parte de ese esfuerzo, el país está tratando de hacer más sólida la cadena de suministro de semiconductores en coordinación con Corea del Sur, Japón y Taiwán, en una agrupación denominada Chip 4.

En el contexto actual, las principales economías del mundo están invirtiendo en su capacidad para fabricar chips. Sin embargo, una planta de producción de semiconductores tarda unos dos años en construirse, y puede costar hasta 12.000 millones de dólares.

El pasado día 9, el Gobierno de Biden promulgó la ley Chips and Science Act, para apoyar una nueva y mayor capacidad de fabricación nacional, diseñada para beneficiar a Intel y Micron Technology Inc., entre otros. El mismo día, la compañía Micron anunció una inversión de 40.000 millones de dólares para desarrollar una capacidad de fabricación “puntera” en EE UU, financiada por la Ley, para 2030. Esto significa que el presupuesto total de la ley de Chips, de 52.700 millones de dólares, desplegado a lo largo de una década, tardará varios años en empezar a cerrar la brecha con Taiwán y Corea del Sur. TSMC, en cambio, prevé una inversión de 110.000 millones de dólares en tres años.

La Unión Europea ha propuesto una legislación similar, y Japón aprobó una ley de seguridad económica en mayo de 2022. El bloque, que actualmente representa alrededor del 10% de todos los tipos de producción de semiconductores a nivel mundial, espera que la demanda se duplique para 2030, y planea inversiones por valor de 43.000 millones de euros en iniciativas públicas y privadas.

China, por su parte, se ha fijado el objetivo de alcanzar un 80% de autosuficiencia en materia de chips, mediante una serie de programas en el marco de su iniciativa estratégica Made in China 2025. Asimismo, ha creado fondos estatales por valor de casi 180.000 millones de dólares y ha ofrecido incentivos fiscales, subvenciones locales y barreras comerciales para impulsar las inversiones en la fabricación.

Como resultado, su infraestructura doméstica para la producción de chips se está acelerando, pero todavía se queda atrás. En 2021, según algunas estimaciones, solo el 16% de los semiconductores de China se fabricaron en el país, y dos tercios de ellos se construyeron junto a proveedores extranjeros.

El resultado neto de todas estas iniciativas en Estados Unidos, Europa y China es que, con el tiempo, es probable que veamos dos redes independientes de fabricación de semiconductores, que reflejen alianzas políticas más amplias. Mientras tanto, las tensiones actuales entre China y Taiwán solo pueden complicar cualquier solución a los aranceles existentes entre EE UU y China, que afectan a la cotización de las empresas chinas en los mercados estadounidenses.

Stéphane Monier es Chief Investment Officer de Lombard Odier Private Bank