La expansión desmedida de China

Pekín ha comenzado la batalla de la desinformación mediante la venta de la ‘excelencia’ del sistema comunista frente a la decandencia occidental

El presidente Xi Jinping, en su segundo mandato, tuvo la oportunidad de constatar la reacción de miedo del propio régimen ante los frutos recogidos por la población en cuanto al aumento de la libertad individual y de la renta per cápita, cercenando en la medida de lo posible la libertad de las empresas tecnológicas, pero manteniendo y sacando provecho de las ventajas que le otorgaba una economía en desarrollo, siempre a su favor. Pero a su vez, cometió el error de no permitir al país abrirse a las reglas del comercio mundial y a un desarrollo más equilibrado, como el de los países occidentales, para poder acceder en justa correspondencia a los mercados de EEUU, Japón, UE, Corea, Canadá, Australia, y otros.

La gran ruta de la seda fue quizás el mayor toque de atención de las pretensiones expansionistas de la histórica geoestrategia china, según la cual, el país del centro se rodeaba de estados tributarios como Vietnam, Corea, Mongolia, Laos, etc., y actuaba como estado protector que garantizaba su propia seguridad, y a su vez, expandía sus redes mediante todo tipo de proyectos, empezando por las infraestructuras, para poder continuar a través de áreas tan diversificadas y tranquilizadoras como pueden ser la cultura, los festivales internacionales o las ayuda al desarrollo, entre otros.

Como ejemplo, China se anexionó en los años 50 territorios que conformaban otras culturas y etnias, y que históricamente, aunque en algunos momentos formaron parte de China, tenían sus propias culturas, idiomas, religiones y etnias, que no eran las de su cultura han, con las que mantenían unas inmensas diferencias, así como una diferente riqueza y variedad cultural. Es el caso de la mayoría de las poblaciones de uigures, tibetanos, mongoles y otras etnias.

Pekín continuó con el despliegue de un comercio, basado en inversiones asociadas en muchos casos a la ruta de la seda, que garantizaba el pago de inversiones inalcanzables para muchos países en infraestructuras portuarias, ferroviarias, mineras, pesqueras y de explotación de recursos naturales, carreteras y aeropuertos, avaladas por minas y otros recursos naturales de los países de la ruta, los cuales contienen materias primas y garantizan un aprovisionamiento muy necesario para China. Estas prácticas, llevaron en pocos años a un malestar creciente en las poblaciones locales, ya que dichos trabajos eran ejecutados por empresas chinas, incluso trasladando para ello su propia mano de obra, que a su vez trataba con escasa o nula consideración a la población local, lo que generaba una profunda sensación de neocolonialismo. Además, los contratos que hacían no eran formalizados y públicos, lo que suponía un sobreendeudamiento para los países sin contar con un claro conocimiento de las condiciones, por lo que no formaban parte del club de París. Pero lo más triste vendrá ahora con la crisis post-pandemia y la guerra de Ucrania, ya que ambos sucesos tendrán un fuerte impacto en dichos contratos en los términos de devolución de la deuda. Ahora veremos las consecuencias, ya que se verán afectados países de África, Asia e Iberoamérica que se han sobreendeudado y cuyas deudas totales son casi imposibles de determinar por organismos internacionales como el FMI.

Otra inquietud, que provoca una inmensa preocupación, tiene que ver con la decisión de Pekín de comenzar a reivindicar las aguas territoriales de lo que se llamaba el Mar de China, que correspondía a otros países por normas internacionales aceptadas desde el siglo XVII. Alegando no haber participado en su definición, el país provocó continuos conflictos territoriales con Vietnam, Japón, Corea del Sur, Filipinas, indonesia, y otros. Comenzó con un programa de construcción de bases militares que pretendían “expulsar o empujar de las islas” a otros países, lo que suponía una forma de anexión territorial que se llamó la lengua de vaca, para empujar a EEUU a retirarse y perder relevancia en el oriente asiático, pese a su antigua presencia en Japón, Corea del Sur, Filipinas, Taiwán, y otros países del área, que son de una importancia vital para la estrategia mundial de una potencia marítima como los EEUU y su Costa Pacífica, así como la de su vecino Canadá.

Después vinieron los tratados comerciales que incrementaban la influencia de China con sus vecinos asiáticos. Es el caso del mayor tratado de libre comercio del mundo, a través de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés) conformada por 15 países de Asia-Pacífico; que ha iniciado su andadura el primer día de este 2022, con un PIB combinado que asciende a unos 26,2 billones de dólares, o un 30 % del PIB global, que representa un 28 % del comercio mundial y un mercado de unos 2.300 millones de personas, cerca del 30 % de la población mundial, en la región con mayor crecimiento económico del mundo.

Este tratado se llevaó a cabo en clara competencia con los tratados promovidos por los EEUU y Japón, con una gran influencia en el presente, e incluso alguno impulsado por el propio EEUU, un error estratégico evidente que fue rechazado al final por la anterior Administración republicana del país. Esto provocó la unanimidad entre republicanos y demócratas en las comisiones competentes de sus cámaras legislativas, en particular en materia de seguridad, estrategia y defensa, lo que supuso un rápido cambio de rumbo y etiquetó al país asiático como una amenaza estratégica para la seguridad. Por tanto, comenzó una seria, creciente y preocupante desconfianza desde los EEUU, UE, Canadá, Australia, Brasil, Japón, Corea del Sur, lo cual generó una gran angustia en Taiwán, que se acrecentaba con los acontecimientos provocados por el retroceso de las libertades de que disponía Hong Kong tras cumplir 25 años de su incorporación a China.

Y ahora han comenzado la batalla de la desinformación mediante la venta del sistema, que según ellos, supera al de las democracias liberales y de economía de mercado, con sus errores, intensos e interminables debates, y los fallos de las democracias, frente al inexorable avance de la economía de mercado estatal dirigida por el partido único comunista, esa élite mandarín adecuadamente formada y seleccionada, en muchos casos en las propias universidades y centros de investigación de los “decadentes países de occidente”, que superan en todo a élites débiles y poco preparadas elegidas democráticamente en un único partido, que se ven encorsetadas en sus lentas decisiones al carecer de un contrapeso de poderes, libertad de expresión y prensa, y un control democrático y judicial.

Rubén García-Quismondo es Socio director de Quabbala, abogados y economistas