Aquelarres políticos y liderazgo femenino

La construcción de alternativas a Sánchez y Casado encabezadas por mujeres es el reflejo de un cambio social que arranca en la universidad

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Un aquelarre es una “junta o reunión nocturna de brujos y brujas, con la supuesta intervención del demonio ordinariamente en figura de macho cabrío, para sus prácticas mágicas o supersticiosas”, dice nuestra biblia de la lengua, el diccionario de la RAE. Pues bien, esto es lo que vio el presidente del PP, Pablo Casado, en la cita valenciana que tuvieron Yolanda Díaz, Ada Colau, Mónica García, Mónica Oltra y Fátima Hamed. Este encuentro de brujas era el acto de lanzamiento, negado por todas ellas, de la vicepresidenta segunda del Gobierno como líder del espacio político a la izquierda del PSOE.

Fue el domingo 14 cuando el líder del PP avisaba a Pedro Sánchez de la que le estaban organizando, como si el líder del PSOE se hubiera perdido ensimismado con el volcán de La Palma. Ese mismo día, Pablo Casado clausuraba el congreso regional de su partido en Castilla-La Mancha, donde la estrella fue su “íntima amiga” Isabel Díaz Ayuso, y aquella mañana se le amargó el desayuno cuando vio que su “gran amiga” Cayetana Álvarez de Toledo iniciaba en El Mundo un tour para presentar su libro con mensajes destructivos para Casado y su guardaespaldas, Teodoro García Egea.

Ayuso y Cayetana, dos periodistas metidas a la política, que actúan como si estuvieran coordinadas. La reina del karaoke y la marquesa de Casa Fuerte; Chamberí y el Cosmos; la Complutense y Oxford. Aparentemente no se parecen en nada, pero la Vía Láctea les ha marcado un camino común, que ríete del aquelarre de la izquierda. A Sánchez se lo han montado en la coalición, a Casado dos personas que le deben el puesto y en su propio partido.

Pero siguiendo con el juego de los parecidos, lo sustancial de estos movimientos a izquierda y derecha es que en ambos casos están liderados por mujeres que tienen la determinación de llegar al Palacio de la Moncloa y harán lo que sea, igual que sus predecesores. Calificar estos movimientos como aquelarres es una prueba de miopía preocupante, reflejan un mar de fondo.

Por primera vez en la historia de España, la política está cogiendo acento femenino y se ve con naturalidad, porque responde al cambio que se está sucediendo dentro de la sociedad. En el subsuelo, y no hay más que pasearse por la universidad o por los niveles intermedios de cualquier empresa, la mujer es mayoría. En el telediario, la figura del macho sigue dominando en lo alto de la pirámide empresarial y de la política (Pedro Sánchez, Pablo Casado, Santiago Abascal, Íñigo Errejón).

Pero se acabó aquello de que detrás de un gran hombre hay una gran mujer (ordenando la casa, claro). Ahora, detrás del líder hay una mujer esperando, con más o menos paciencia, que llegue su momento para sustituirlo. Ya no son secretarias ilustradas, son directivas o políticas sobradamente preparadas, sin complejos, que tienen claro que ha llegado su hora.

Es lo que hizo Inés Arrimadas en 2020, tras el error estratégico y consecuente descalabro electoral de Albert Rivera. También ha sucedido en Podemos, aunque de otra manera. Pablo Iglesias vio que había perdido el aurea, dimitió y designó a Yolanda Díaz. Pero ella no quiere vivir con ese pecado original y trata de construir su propio camino y ha empezado por rodearse de todas las mujeres a la izquierda del PSOE, menos en el círculo próximo a Iglesias (Irene Montero o Ione Belarra). Si se analizan otras formaciones se aprecia que están plagadas de mujeres dispuestas.

Conviene tomar perspectiva para entender la dimensión del cambio. La presencia de la mujer en la política española tiene 90 años. La Constitución de 1931 de la Segunda República permitió el sufragio pasivo de las mujeres. Podían ser candidatas, pero no votar. Las elecciones de junio de ese año para constituir las cortes llevaron a tres mujeres al Congreso: Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken. Meses después, el 1 de octubre de 1931, el congreso de los diputados, gracias a la intervención fervorosa de Clara Campoamor, se aprobó el sufragio universal. Aquella gesta permitió a la mujer votar dos veces (municipales y generales de 1933). Después, la oscuridad de la guerra y la dictadura. Hasta las elecciones a Cortes de junio de 1977, que aprobarían la Constitución de 1978.

Con la democracia la incorporación de la mujer en todas las instituciones ha sido exponencial. De hecho, en las últimas elecciones se eligió a 152 mujeres diputadas, el 43,4% del total de 350 escaños. La paridad está avanzando mucho más rápido en la política que en las empresas, donde las mujeres ocupan únicamente el 27,6% de los puestos de los consejos de las empresas cotizadas, fuera de éstas aún es peor.

Esta revolución nace con el acceso de la mujer a la educación superior, por eso lo que ocurre en la universidad es un indicador adelantado de lo que se va a ver en una o dos décadas a todos los niveles profesionales en el sector público y el privado.

La radiografía del mundo universitario muestra que en este curso hay 1,34 millones de estudiantes matriculados, de los que el 56% son mujeres y el 44% hombres, con una presencia al alza y a la baja, respectivamente. En el primer curso de este año las féminas han aumentado casi un punto, hasta el 56,8%. Pero no sólo son más, son más constantes, como demuestra el hecho de que en el curso pasado seis de cada 10 graduados fueran mujeres y 4 hombres.

Donde sigue habiendo diferencia de sexo es en qué estudian. Las mujeres dominan las carreras de Ciencias de la Salud (72,7%), Arte y Humanidades (61,5%) y Ciencias Sociales y Jurídicas (61,1%). En cambio, los hombres las titulaciones de Ingeniería y Arquitectura (73,8%). Los clichés profesionales aún siguen vivos, pero ese es un mal menor.

La explosión profesional de la mujer es imparable afortunadamente. La sociedad no puede desperdiciar la mitad del talento y, sobre todo, debe ayudar a que construyan la vida que sueñen. Suerte a las brujas con su aquelarre.

Aurelio Medel es Doctor en Ciencias de la Información. Profesor de la Universidad Complutense