Vivir en el metaverso y en la economía de la escasez

La carestía generalizada actual es inaudita no solo por el tiempo que se tardará en volver a los stocks habituales, sino por los factores implicados

La escasez es fundamental en economía. De hecho, no se puede entender la economía sin entender las consecuencias de la escasez. ¿Escasez de qué? De los recursos necesarios para la producción: el trabajo, las infraestructuras, el dinero, las materias primas o el tiempo. Es tan importante la escasez, que la economía, como ciencia, existe porque existe la escasez. Los economistas nos dedicamos, con mejores y peores resultados, a asignar recursos limitados al uso más eficiente (social, medioambiental y financieramente). Si bien siempre hemos convivido con la escasez, en la actualidad la escasez generalizada es inaudita en términos del tiempo que tardaremos en volver a stocks habituales, como en los múltiples factores productivos afectados por ella.

Por ejemplo, el precio de los contenedores para transporte marítimo (el medio más utilizado) se ha disparado en un 350% frente a los niveles prepandemia. Debido a las paradas de producción durante la pandemia, a las restricciones de acceso de trabajadores en puertos y a la transición de hábitos de compra del consumidor hacia el canal online, muchos contenedores están dispersos en destinos donde no son necesarios, y miles de barcos esperan días para poder arribar a puerto. Se estima que transcurrirán más de dos años antes de recuperar la normalidad en las dinámicas del transporte marítimo.

Mientras tanto, Europa sufre una crisis energética que socava el poder adquisitivo y la calidad de vida, convirtiendo el uso de electricidad en un lujo. Y llueve sobre mojado, ya que en España prepandemia uno de cada diez habitantes sufría pobreza energética. Además, estas subidas de costes afectan sobremanera al tejido empresarial, que a su vez los repercute en el consumidor. Por ejemplo, esta semana, las grandes distribuidoras de alimentación encarecieron los precios de los alimentos.

Un mayor coste energético también explica la escalada en el precio de otras materias primas, como el aluminio, cuya producción depende del gas. Varios productores mundiales se han visto obligados a cerrar sus fábricas, lo cual implica a su vez paradas de producción en industrias intensivas en aluminio, como la automovilística. Escasean también otros componentes clave para la industria del motor, como los chips, en este caso por la sobredemanda durante la pandemia para satisfacer las necesidades de teletrabajo y teledocencia. Así, el 43% de la industria española dedicada a vehículos de motor tienen limitada su producción según el último informe del Banco de España. Aquellos que todavía quieran comprar un coche, pónganse en lista de espera, por ahora tendrán que esperar entre 10 y 12 meses.

No solo escasean la energía, las materias primas, o los medios del transporte: el trabajo se ha convertido también en un bien escaso. Por ejemplo, Reino Unido entregará miles de visados de trabajo para garantizar su capacidad productiva, especialmente de cara a la campaña de Navidad. La escasez de factor trabajo resulta paradójica, con tres millones y medio de parados en nuestro país. Sin embargo, las compañías tecnológicas están inmersas en una batalla por atraer a los escasos profesionales cualificados en big data, cloud, ciberseguridad e inteligencia artificial.

El principal indicador de la carestía o abundancia de un recurso son los precios. Escasez generalizada implica subida de precios generalizada, esto es, inflación, que alcanza ya un 5,4% en EEUU, y un 4% en España en septiembre. Otra consecuencia de la escasez son las rupturas de suministro: estanterías vacías en el supermercado, listas de espera para la adquisición de bienes... Preocupa el efecto que puede tener en el incipiente crecimiento y la posibilidad de entrar en la temida estagflación, es decir, empobrecimiento generalizado debido a inflación conviviendo con crecimiento estanco.

Con este panorama, las empresas multinacionales ya han movido ficha configurando sus cadenas de suministro globales. La estructuras off-shoring –producción deslocalizada en países con costes bajos– pasan a re-shoring –acercar otra vez la producción al país de origen para evitar cuellos de botella y largos tiempo de entrega–. Además, en la revolución industrial 4.0, el imparable potencial de la inteligencia artificial (IA) podría solucionar parte de las ineficiencias provocadas por la escasez. La IA, en palabras de Sundar Pichai, CEO de Google, será tan transformadora para la humanidad como el descubrimiento del fuego.

No hemos hecho más que empezar, pero cada proyecto en el que se involucra la IA consigue optimizar sus procesos a doble dígito. No solo las empresas seguirán siendo transformadas por la tecnología, también las personas seguiremos cambiando nuestro modo de interacción social hacia un paradigma cada vez más dominado por la realidad virtual y la realidad aumentada. Como prueba de ello, Facebook anunciaba esta semana la oferta de 10.0000 puestos de trabajo para el metaverso. Sí, el metaverso o universo digital en el que nos relacionaremos en el futuro muy cercano, donde el mundo digital y el físico convergen. En el metaverso no escasea ni la energía, ni las materias primas, ni la comida. Se pagan en cripto, se mira con gafas Ray-Ban de realidad aumentada, y se invierte en obras de arte digitales o NFTs (Non-Fungible Tokens).

Elisa Aracil es Doctora en Economía. Profesora de la Universidad Pontificia Comillas