Energías verdes: burbuja, no; brújula, sí

Con una capacidad de crecimiento muy limitada de energía hidráulica, nuestros mejores recursos para producir energía limpia barata son el sol y el viento

Hasta la conquista del poder en Afganistán por parte de los talibanes, la energía ha sido la protagonista de la actualidad periodística en clave económica, política y social. Ello se debe básicamente a la preocupación generada por los altos precios alcanzados por la energía eléctrica en el mercado mayorista, que se trasladan muy rápidamente a las facturas que pagan los consumidores, sobre todo aquellos que se mantienen en el mercado regulado.

Las noticias sobre la factura de la luz han convivido con otras de corte medioambiental también muy populares: la ola de calor, explicada en muchos casos como una de las consecuencias del calentamiento global, algunos episodios meteorológicos extremos en distintas partes del mundo y el informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de Naciones Unidas. Este último declara que la Tierra está en código rojo ante la necesidad de reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero para evitar una elevación de las temperaturas que podría superar de media los dos grados centígrados.

El elemento común en todas estas noticias es la necesidad de acelerar la sustitución de los combustibles fósiles y el desarrollo de las energías limpias, al tiempo que se mantiene un precio asequible para los consumidores tanto industriales como domésticos.

No obstante, sobre las energías renovables se han arrojado dos sombras que conviene despejar. La primera se refiere a su capacidad para asegurar la garantía de suministro en períodos de alta demanda; y la segunda, a la valoración que están alcanzando los activos renovables, es decir, si existe o no una burbuja en torno a las energías verdes y, en consecuencia, un riesgo de que tenga un impacto sobre precios finales.

La respuesta a la primera duda es que las energías renovables serán cada vez más gestionables en la medida en que avance el almacenamiento y se tomen algunas decisiones de carácter regulatorio. El plan Next Generation del Gobierno debería destinar muchos recursos a proyectos que aumenten la capacidad de almacenamiento de energías limpias, entre los que podemos incluir todos aquellos que potencien la producción y utilización del coche eléctrico.

En el ámbito regulatorio cabe eliminar los beneficios caídos del cielo (nunca mejor dicho) en la producción de energía hidráulica, una energía renovable que sí es gestionable. Se trataría de evitar que se beneficie de la especulación de los precios que generan determinadas estrategias de producción y comercialización, que se aprovechan precisamente del carácter gestionable de esta energía, que opera como el acelerador del sistema eléctrico por su capacidad para producir rápido y regular su potencia. Y no olvidemos que se trata de concesiones públicas, 800 instalaciones con una potencia instalada de 20.330 MW, la cuarta parte del parque de generación en España.

La segunda duda se refiere al precio al que se están cerrando muchas las transacciones que se han registrado en los últimos meses en el sector de las renovables. Algunos analistas creen que existe una burbuja. Sin embargo, se me antoja difícil pensar que tantos inversores se hayan equivocado en sus cálculos.

El capital está descontando en sus valoraciones un fenómeno que ya se está produciendo: la aceleración en el cierre de instalaciones de generación con combustibles fósiles y su progresiva sustitución por energías renovables. La propia Unión Europea ha revisado su objetivo de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, pasando del 40% al 55% para 2030 respecto a los niveles de 1990. Los precios por megavatio también recogen los beneficios adicionales que proporcionará el almacenamiento y la hibridación de los emplazamientos. Además, las valoraciones se hacen teniendo en cuenta una vida útil que a buen seguro será aumentada sustancialmente, como ocurre con la mayoría de las instalaciones de generación convencionales.

De las dos respuestas anteriores se puede inferir un tercer beneficio de las energías limpias: tarde o temprano tendrán un impacto positivo en el precio de la electricidad para los consumidores. De hecho, ya lo tienen, como lo prueba el hecho de que en el año 2020 el 62% de la generación total de energía renovable en el mundo tuvo costes más bajos que la nueva opción más barata de combustible fósil, según la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA). Los costes de la energía solar de concentración disminuyeron en un 16%, la energía eólica terrestre se redujo en un 13%, la eólica marina en un 9% y la solar fotovoltaica en un 7%.

En el caso de España, en el mes de agosto se están superando muchos días los 100 euros por MW, cuando el precio medio de las renovables ronda los 40 euros. La causa de estos preocupantes récords es el alto precio del gas natural y el coste de los derechos de CO2, dos variables sobre las que España apenas tiene capacidad de maniobra.

En cualquier caso, en nuestro país no existe alternativa a las energías renovables por razones medioambientales, económicas y geoestratégicas. La dependencia de España en energías primarias se sitúa aún en el 73 %, 20 puntos por encima de la media europea. Con una capacidad de crecimiento muy limitada de la energía hidráulica, nuestros mejores recursos para producir energía limpia y más barata son el sol y el viento.

Cabe pedirle al regulador que oriente bien su brújula para potenciar una industria que genera empleo, la mayor parte del mismo en la España vaciada, es la principal arma para luchar contra el cambio climático y, además, tendrá como consecuencia el abaratamiento del precio de la energía eléctrica a los ciudadanos.

Juan Béjar es Presidente de Bruc