El ‘private equity’: creación de valor tangible

Sufre en ocasiones un estigma injusto, pues no es más que la compra-venta de negocios entre empresarios a nivel privado

El private equity ha sufrido en ocasiones una estigmatización por parte de la sociedad. Un estigma injusto provocado por agentes con un conocimiento superficial de la industria o por intereses económicos y políticos contrapuestos. El private equity no es un invento de unos tiburones de Wall Street con ansias de enriquecerse y destruir compañías como hemos visto en alguna película ochentera hollywoodiense. Nada más lejos de la realidad. El private equity existe desde que existe la economía moderna, alrededor del siglo XVIII, cuando Adam Smith publicó en 1776 su archiconocida obra La riqueza de las naciones y desarrolló el concepto de la “mano invisible”. El private equity no es más que la compra-venta de negocios entre empresarios a nivel privado. Y como tal, engloba las más diversas motivaciones y estrategias por parte de los agentes que las canalizan. De tal forma que cada operación en particular debe analizarse individualmente, y no se puede meter en el mismo saco a un universo tan amplio y heterogéneo de situaciones y estrategias empresariales.

Hablando ya de private equity moderno, podemos retroceder casi un siglo para encontrar las bases de dicho negocio, cuando John Pierpont Morgan compró Carnegie Steel Co. al filántropo Andrew Carnegie y a Henry Phipps por 480 millones de dólares de la época. Carnegie donó gran parte de su fortuna, pero Phipps fundó en 1907 lo que sería el primer fondo de private equity como tal en la historia moderna, The Bessemer Trust, que perdura hasta nuestros días, aunque ya muy diversificado en múltiples negocios.

Más adelante, en 1958, el Congreso de EE UU aprobó, bajo el mandato de Eisenhower, la Small Business Act, mediante la cual se pretendía proteger los intereses de las compañías pequeñas y preservar así la libre competencia. Estas ayudas se canalizaron en forma de fondos privados que proveían de capital y deuda a dichos negocios pequeños para que pudieran prosperar y así beneficiar al conjunto de la economía estadounidense. En la década de los ochenta, el Congreso promocionó la industria del private equity mediante ventajas fiscales, dando lugar al nacimiento de grandes grupos como Bain Capital en 1984, The Blackstone Group en 1985 y The Carlyle Group en 1987, así como de fondos de menor tamaño y menos conocidos, pero de igual o mayor éxito.

El private equity más clásico, conocido en el mundo anglosajón como growth y buyout, es aquel donde los fondos toman posiciones mayoritarias dentro de las compañías con el fin de mejorarlas y acompañar su crecimiento. Esto hace que sea uno de los asset class de inversión donde los gestores tienen un mayor control del éxito o fracaso y su rol activo sea crucial en el destino de dichas compañías.

En renta fija, infraestructuras, real estate o fondos de renta variable, el papel de los fondos es más limitado, tanto en cuanto a que los fondos se limitan a invertir en dichos activos de una manera pasiva (en el caso de fondos de renta variable) o con algo más de activismo en otros, pero sin llegar al nivel de involucración de los gestores de private equity. En dicho caso, los gestores, cuando toman el control de una compañía, asumen el destino de ella, y van tomando todas las decisiones estratégicas con el fin de crear valor y aumentar las ventas y márgenes de beneficio. El gestor de private equity es un híbrido, mitad empresario y mitad financiero, ya que no solo analiza de manera detallada todos los parámetros a la hora de invertir como lo haría un gestor de renta variable, sino que luego asume un papel empresarial durante un periodo de unos tres a cinco años, liderando el timón de la compañía. Por lo tanto, la aportación de valor del private equity a la economía de una nación mediante la mejora de los activos en los cuales participa es enorme. De esto se dieron cuenta rápido en EE UU y posteriormente en el resto del mundo occidental.

Cuando un fondo de private equity adquiere una compañía, la dota de herramientas extra para seguir creciendo y mejorando sus productos y servicios. Una de esas herramientas es la especialización sectorial. Fondos que han realizado decenas de operaciones en un sector determinado y traen consigo una experiencia y conocimientos de utilidad clave que pueden aplicar en sus inversiones y compaginarlas y completarlas con la propia experiencia de los empresarios.

Muchas veces, dichos empresarios tienen ideas que no pueden llevar a cabo por falta de recursos. El private equity permite dotar a estos empresarios con experiencia y ganas de innovar, que poseen proyectos exitosos, del capital financiero y humano necesario para llevarlo a cabo. Así, el empresario puede dinamizar la compañía, crear nuevos productos, servicios más avanzados, abordar desarrollos tecnológicos, entrar en nuevos mercados, y un larguísimo etcétera. Se pone el capital allí donde hace falta para crear valor en dichas compañías punteras, siendo una herramienta fundamental para construir un tejido industrial sólido y potente de una nación. El private equity actúa en cierto modo como la “mano invisible” que nos ilustraba Adam Smith, favoreciendo la eficiencia del mercado a través de la inversión y la capacitación, poniendo encima de la mesa los recursos necesarios a los mejores empresarios. 

En la última década, el inversor patrio ha aumentado su exposición en private equity de manera exponencial, especialmente los fondos de pensiones y aseguradoras. Dichos inversores están yendo más allá de los activos tradicionales (renta fija, renta variable y real estate), conscientes de que necesitan una TIR más alta con menor volatilidad para alcanzar sus objetivos en el largo plazo. Esto es especialmente relevante en el entorno actual de tipos de interés bajos e incluso negativos y el decreciente rendimiento de la industria de fondos de renta variable y sus bajas expectativas. Se da la circunstancia de que una de las características de la inversión en private equity la menor liquidez, no solo es asumible por este tipo de inversores con horizontes de inversión más extensos en el tiempo, sino que es preferible. Les permite tener una proyección de los desembolsos futuros y planear con antelación los flujos de caja y el uso del capital.

Por último, quería resaltar algo único del private equity. Una de las claves del éxito empresarial es el trabajo en equipo. La madre Teresa de Calcuta decía: “Yo hago lo que tú no puedes, y tú haces lo que yo no puedo. Juntos podremos hacer grandes cosas”. Para la supervivencia del equipo hace falta algo fundamental: una correcta alineación de intereses. Y esto, el private equity, lo hace muy bien. La alineación temporal (periodos acotados de inversión y desinversión), la alineación con el empresario a través de estructuras de ratchet y la alineación económica con los gestores (no se cobra comisión de éxito sin rentabilidad positiva) hacen que tanto inversores y gestores como empresarios remen en la misma dirección, sin distracciones.

Alvaro González Ruiz-Jarabo es socio responsable de ‘private equity’ en Gesconsult