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43 Aniversario Cinco Días
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La revisión continua de la máquina productiva

Transición energética y digitalización son necesarias, pero estériles si no se corrigen los males de hace décadas

José Antonio Vega, director de Cinco Días.
José Antonio Vega, director de Cinco Días.Pablo Monge

Cuando el 3 de marzo de 1978 Cinco­Días apareció por vez primera como vehículo imprescindible de la opinión pública para interpretar la economía de la Transición, dando cuenta del mantenimiento de la política impulsada por Fuentes Quintana pese a haber dejado el Gobierno apenas un par de semanas antes, quedaba claro que el giro hacia una economía abierta era irreversible. La transición iniciada en el mundo de los negocios no había hecho otra cosa que empezar, y aunque costase años y décadas desmontar las abigarradas estructuras del franquismo posautárquico, todo era cuenta nueva en las relaciones industriales, con un protagonismo creciente del mercado y la competencia y una pérdida inexorable del intervencionismo y el proteccionismo.

Pero si alguien creía que la revolución económica tendría una conclusión a fecha fija, se equivocaba, porque solo se había puesto en marcha una máquina que precisa de continua renovación de piezas para no quedarse paralizada por la herrumbre. La espiral de acontecimientos encadenó la entrada en la Unión Europea con la absorción de la peseta por el euro; la orfandad de la política monetaria y cambiaria con el juicio de los mercados financieros sobre el vicio y la virtud de las cuentas públicas; la euforia del crédito fácil de la primera década del siglo XXI que nos hizo creer que éramos los mejores con la carga pesada e impagable de la deuda pública y privada.

Encadenó sin tiempo para respirar la crisis financiera, económica y social de dimensiones desconocidas de 2008 con el confinamiento absoluto de 2020 cuando más abierta y dependiente era la economía española. Y como es común desde que la actividad se abrió al exterior, de manera miedosa en 1959 y de forma valiente desde la Transición, cada crisis era una oportunidad para cambiar las piezas viciadas de la máquina y darle más velocidad. Pero también cada crisis revelaba que las piezas incorporadas, las reformas, tenían una caducidad cada vez más acelerada que exigía la renovación permanente del engranaje, y que en cada episodio se precisaban cambios más numerosos y muchas veces cambios sobre las cuestiones ya cambiadas.

Años después de aquella primavera del 78, el desempeño de la economía medido por sus variables económicas y sociales sigue demandando las mismas soluciones década tras década. Pese a tener un grado de internacionalización envidiable, con presencia de los grandes líderes corporativos en todos los continentes, cada crisis aflora el vicio de tener la mayor tasa de desempleo de Europa, sonrojante entre los jóvenes, y que puede considerarse la anomalía más resistente y en la que todos los responsa­bles políticos dicen con vehemencia estar empeñados.

Con la imprescindible ayuda de la Unión Europea para afrontar un reto que este país por sí solo no puede acometer por falta de euros, España quiere dar ahora el salto que mandan las circunstancias y que siempre se había pospuesto, cual es hacer una transición energética hacia la generación verde y ponerse al día en la digitalización de sus estructuras económicas. Dos objetivos en los que se encontrará con la competencia de todas las economías del mundo, puesto que son ya condición necesaria para mantener a duras penas al menos el estatus entre las naciones desarrolladas.

Condición necesaria, pero en absoluto suficiente. No se arriesga mucho si se da por hecho que ambos objetivos se lograrán con la colaboración técnica y financiera del tejido productivo que ha puesto sus mejores recursos en el empeño, como demuestran las decenas que ejemplos reflejados en este número de aniversario. No hay sector industrial ni de servicios que no haya echado el resto para incrementar sus estándares productivos y no perder ni un ápice de sus cuotas de mercado y ganar terreno adicional; y en condiciones normales todo el dinero movilizado debe prolongar su alargada sombra sobre el empleo y reforzar la solidez de la economía para unas cuantas décadas.

Pero el gran salto económico no debe darse sin quemar las etapas intermedias que deben contribuir a dar más profundidad a la digitalización y la búsqueda de una forma de producir y consumir más sostenible. Para evitar que la transformación que la financiación europea va a poner en marcha tenga un efecto gaseoso, y lograr que ensanche y prolongue el crecimiento potencial de la economía, deben agendarse y ejecutarse otra serie de reformas que siempre se mencionan y nunca se hacen. Conformémonos con dos. Se precisa una reforma educativa en todos los niveles que reconstruya los conocimientos que los informes internacionales echan en falta en términos comparados, y que están detrás del lacerante paro juvenil. Eso es tener porvenir, que no es otra cosa que preocuparse más por el futuro que por el pasado, y que en términos prácticos se resume en invertir más recursos en la juventud que en la vejez.

Y es urgente una revisión de la imposición que genere más ingresos sin dañar la actividad económica, acompañada de una corrección integral del gasto público y con una revisión de la función pública que mejore su eficiencia.

José Antonio Vega, director de CincoDías.

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