La pandemia impulsa la divergencia económica mundial

La mayor prueba de la falsa disyuntiva entre salud o economía radica en la convicción de que la vacuna es la mejor arma contra la pandemia y la crisis

Tras más de un año desde el inicio de la pandemia de Covid-19, los datos económicos recopilados por los diferentes organismos internacionales son ya lo suficientemente robustos como para analizar, de manera sólida, las tendencias consolidadas en este lapso de tiempo y, más importante aún, las proyecciones de sus consecuencias futuras. Y es que, globalmente, la pandemia ha revertido el proceso de convergencia que en las últimas décadas había reducido la brecha entre los países desarrollados y los países en vías de desarrollo. Sin embargo, más allá de este hecho más o menos puntual, las secuelas con las que esta crisis castigará la estructura productiva de los países menos afortunados del planeta comportará serias consecuencias en el largo plazo.

Son muchos los factores que inciden en la mayor fragilidad de las economías en desarrollo para paliar los efectos de la crisis. Probablemente, uno de los más significativos sea el monto total de deuda acumulado por este grupo de países, lo que provoca que una cantidad ingente de recursos sea destinada a satisfacer su pago y, por lo tanto, no pueda ser utilizada para aumentar la resiliencia de su tejido empresarial. Esto, a su vez, redunda en un aumento de la inseguridad alimentaria (al tratarse de países que, mayoritariamente, practican el monocultivo) y a una caída de los ingresos de los núcleos familiares. Además, el aumento de la desnutrición infantil repercutirá negativamente en la productividad futura de la población y, de nuevo, en el nivel de ingresos de esta. En América Latina, por ejemplo, la deuda se incrementó del 68,9% al 79,3% en el año 2020.

Esta situación viene a agravar un hecho al que las economías en desarrollo ya deben enfrentarse en situaciones corrientes: la relación real de intercambio o teoría de Prebisch-Singer. Según esta teoría, el precio de los bienes agrícolas, aquellos en los que se especializan y, por tanto, exportan los países en desarrollo, crece en los mercados a ritmos inferiores que los precios de los bienes industriales, es decir, aquellos que deben importar de los países desarrollados. Dado que las importaciones son financiadas a través de las exportaciones, este grupo de países va a necesitar una presión extra sobre sus recursos para obtener los bienes de equipo necesarios para su progreso económico y social. La pandemia no ha hecho más que recrudecer esta circunstancia, ya que los confinamientos han impedido el flujo habitual de comercio e inversión entre los países, ocasionando, así, un índice de contagios superior en aquellos con sectores informales afianzados y escasas o nulas posibilidades de recurrir al teletrabajo. Las remesas de inmigrantes, factor clave para explicar el colchón económico del que disponen muchas familias de bajos ingresos, tampoco puede actuar, en esta ocasión, como bote salvavidas. Se estima que, como consecuencia de los cierres de frontera que, a su vez, han suscitado un aumento del retorno de nacionales a sus hogares de origen, las remesas van a caer un 14% a nivel mundial, lo que supone, sin duda, un descenso histórico. Por supuesto, este declive incide, aún más, en las dificultades de las familias humildes para abastecerse y cubrir los servicios más básicos, como educación o sanidad.

De hecho, resulta obvio que el limitado acceso a un sistema sanitario ya de por sí deficiente incrementa sobremanera el impacto de la pandemia en los países pobres. Según datos del Banco Mundial, los gastos para sufragar la atención médica alcanzan los 500.000 millones de dólares en el conjunto de países en desarrollo, siendo esta la causa de que, anualmente, 90 millones de personas se incorporen a la dolorosa estadística de la pobreza extrema. Por lo que respecta a la educación, el cierre de las escuelas ha mermado las expectativas laborales de niños y niñas en todo el mundo, siendo este un fenómeno que, si bien se ha agudizado en los países en desarrollo, no ha sido exclusivo de este grupo de naciones. De hecho, se calcula que, en todo el mundo, 1.500 millones de niños y niñas han visto interrumpido, en mayor o menor medida, su natural proceso de aprendizaje, pudiendo suponer un decrecimiento del PIB mundial de hasta el 10%, si tenemos en cuenta que estos efectos pueden llegar a durar décadas.

El impacto de la brecha tecnológica se hace más patente que nunca en las actuales circunstancias. Mientras que los países desarrollados lograban desempeñar un cierto nivel de actividad gracias a la conectividad a internet, la carencia de infraestructura digital (además de la naturaleza de las propias actividades económicas de mayor calado) ha imposibilitado la prestación continua de servicios esenciales en los menos desarrollados. Además, la pérdida de puestos de trabajo y la reducción en el nivel de renta disminuye, también, el nivel de ahorro para acometer las inversiones necesarias, además de generar menos recursos vía impuestos para el sector público (aumentando, al mismo tiempo, la carga de la deuda aludida anteriormente).

Y, en última instancia, el insuficiente acceso a las vacunas contra el Covid-19 va a significar el auténtico lastre para definir un nuevo punto de inflexión que restituya la convergencia económica. La táctica miope del “sálvese quien pueda” que ha desencadenado desavenencias incluso entre las naciones más desarrolladas del orbe está marginando respecto a la inmunización a los países más pobres. Según datos de la OMS, de los 455 millones de dosis administrados hasta la fecha, tan solo el 0,1% ha tenido lugar en alguno de los 29 países con menor nivel de ingresos del mundo. Así, más allá de consideraciones éticas, el error de fallar en la estrategia de vacunación global tendría un coste inasumible no solo en pérdidas humanas. Sin duda, la mejor prueba de la falsa disyuntiva entre salud o economía radica en la convicción de que la vacuna es la principal arma para combatir no solo la crisis sanitaria, sino también la económica.

José Manuel Muñoz Puigcerver es profesor de Economía Internacional en la Universidad Nebrija