La deuda récord pone en cuestión el estado de bienestar

¿Ayudará esta crisis a depurar gastos absurdos y subvenciones ineficientes del paraguas público?

La vicepresidenta económica, Nadia Calviño, en el Congreso.
La vicepresidenta económica, Nadia Calviño, en el Congreso. efe

A mediados del siglo XVIII, el cameralista alemán Von Justi, pensador y ensayista adelantado a su época, centró su estudio en lo que hoy entendemos por el estado de bienestar. Escribía sobre la responsabilidad del Estado, el empleo, la subsistencia de los miembros de una nación, la producción, la generación de alimentos, la educación, los seguros, la dignidad, y un largo etcétera que hoy colocaríamos bajo el paraguas protector de un estado de bienestar. Como nos recordaba hace unos años el profesor Salcines al abordar la figura del ensayista alemán, el Nobel de economía Amartya Sen se parapeta en cierta medida en las enseñanzas de aquel, aseverando cómo en los estados democráticos no existen hambrunas. Estas se sienten obligadas con sus ciudadanos, por mucho que el Estado camina cada vez más, en palabras del politólogo Javier Roiz, hacia un Estado vigilante y una sociedad vigilada.

¿Ha acabado o acabará esta crisis del coronavirus con ese estado de bienestar al menos tal y como lo hemos conocido hasta el presente? ¿O quizás tendrá el efecto taumatúrgico de depurarlo y sacrificar lo superficial y las adherencias artificiales y manirrotas y descontroladas del mismo en cuanto a gastos absurdos y subvenciones ineficientes?

España alcanza cotas de endeudamiento ignotas hasta el momento. Y pese al enorme paquete de ayudas comunitarias que llegarán, la mitad en subvenciones, la otra en préstamos, ya sabemos que son insuficientes y veremos si ineficientes si la retórica farisea y la inercia costumbrista de hacer siempre lo mismo con el dinero no se emplea de una vez por todas con acierto y cambio de rumbo. Un país subvencionado no sobrevive, ni aporta, ni construye, ni fabrica, ni es competitivo, ni crece, solo lo hace como un espejismo durante un tiempo, pero sigue lastrado a medio y largo plazo. ¿Por qué si no esta crisis sanitaria y económica nos golpea con la fuerza que está haciendo y la respuesta sigue siendo insuficiente, escasa y los estímulos no alcanzan en toda su magnitud como debería ser ante la contracción galopante de la economía, la productividad, el empleo, etc.?

Desde hace años, el Estado de bienestar está en crisis, la deuda pública de las administraciones ha alcanzado cotas rayanas en el 110% y el déficit es el que es. A ello unamos el endeudamiento privado, por muchas moratorias que las entidades financieras puedan orquestar. Atrapados en una espiral y con un crecimiento mínimo y de mínimos, diríamos que marginal en los meses inmediatos, ¿tiene sentido acaso en este momento optar o buscar un equilibrio presupuestario? ¿O este ha de ser imperiosamente expansivo, agresivo, valiente, dinámico?

España difícilmente puede en estos momentos mitigar o pagar, eliminar su deuda pública: ¿es óptimo acaso que así lo hiciera? ¿Cuántos años o décadas de superávit interrumpido y dígitos de crecimiento continuado harían falta para mitigar una deuda que pronto se aproximará a un 120 % del PIB? No olvidemos tampoco el endeudamiento familiar y privado. Y de reojo, ojo a la inflación.

¿Qué hacer?, ¿qué esperar? ¿qué dice esta acrítica y silente sociedad? Hemos vivido en un permanente nirvana de autocomplacencia y exageración del todo por el todo. También el estado de bienestar había sido objeto de abuso y deterioro por el propio ciudadano. Se tolera la corrupción, incluso parece que se la bendice, jalea y aplaude. Hemos tenido comportamientos tan irresponsables como indecentes. Hemos aplaudido el endeudamiento, el huir hacia delante, el despilfarro, el derroche de lo público y con el dinero de todos. Y hoy estamos como estamos. De nada sirve indicar culpables cuando es falsa la constricción.

Se ha erosionado nuestro modo de ver y vivir porque todo era simplemente artificial. Hemos sido ciegos viendo, hemos sido sordos escuchando, hemos mirado hacia otro lado. Lo hemos aceptado activa y pasivamente, tal vez por un ebúrneo sectarismo, tal vez por el maniqueísmo propio del ser humano. Nos hemos plegado y encerrado en nosotros mismos, y hemos, sobre todo, dejado hacer. Y tras ese dejado hacer, el coronavirus hoy destroza ratios, previsiones y el golpe de la realidad es una bofetada que, de momento, no nos hace reaccionar. Hoy pagamos las consecuencias del exceso y del vacío. Un sistema de valores que hemos erosionado lenta pero inexorablemente. Una sociedad abúlica de demasiados yos, de demasiados egoísmos y falta de solidaridad.

¿Hemos aprendido la lección?, ¿o ni siquiera somos capaces de extraer lección alguna de todo lo que está pasando? La podredumbre de la corrupción, de las malas prácticas políticas, sociales, económicas, financieras, regulatorias, gestoras, empresariales y no empresariales, la pasividad de los propios partidos y de algunos gobiernos en cualesquiera de las arenas políticas, y la permisividad de la sociedad nos han llevado a todo esto, eso sí, con la anuencia de una opinión pública que, aun sin ser cómplice y partícipe de todo, ha preferido mirar hacia otro lado. Tenemos hoy una oportunidad de cambiar el paso, de romper inercias. Y empieza por unos necesarios e inminentes Presupuestos que han de ser expansivos, pero deben cortar por lo sano con lo superfluo y lo innecesario. Un presupuesto que no debe caer en las nasas del partidismo, ni la lucha-tensión entre aliados con visiones opuestas y partidistas incapaces de pensar en lo colectivo.

Y sin embargo, la fosa o el foso del desequilibrio está ya aquí presente. Los pronósticos de los programas de estabilidad que se enviaron a Bruselas son papel mojado y lo seguirán siendo. La recesión está siendo y aún será todavía más fuerte al tiempo que el gasto público, con o sin rentas mínimas, dependencia, desempleo, pensiones y estímulos públicos que traten de reactivar o ayudar a reactivar sectores económicos, se disparará con la incertidumbre de su acierto o no. Nadie sin embargo es capaz de plantear seriamente reformas. Reformas estructurales y en sectores improductivos y sin capacidad de transformación digital, además de reformas en la Administración: fiscales, consolidaciones. Cuando se tenían que haber hecho se miró hacia ese lado, el de la indiferencia, hoy no estamos preparados y la posición es mucho a peor que la de muchos países de la UE.

Nos hemos instalado en la oquedad de reflexión, de falta de valores, de ausencia de crítica, de carencia de responsabilidad, de autocomplacencia hedonista. Nos hemos degradado en lo moral, en los valores como ciudadanos y en los principios como sociedad.

Abel Veiga es profesor de Derecho en Icade