No se debe invertir en tulipanes, sino en generar valor

Las tecnologías y la innovación no pueden ser un fin en sí mismo, sino un medio para crear soluciones

Cuánto vale para usted un tulipán? En el siglo XVII, en los Países Bajos, muchas personas pagaron un precio que superó el de sus casas. Fue posiblemente la primera burbuja económica, denominada Tulipomanía. La gente se endeudaba para comprar un bulbo que, en ocasiones, suponía un coste superior a diez veces el salario anual de una persona. La moda provocó el incremento de la demanda, generando especulación y el mercado del tulipán empezó a operar como un mercado de futuros, donde se vendía y se compraba incluso antes de haberse producido.

Durante este fenómeno surgió la acepción de windhandel (negocio en el aire). El precio subía y subía, hasta que un día la burbuja se pinchó y se produjo un ajuste de precios en el mercado. El precio se desplomó, ya nadie quería tulipanes más que para regalar. ¿Cambió el valor? No, cambió el precio.
En ocasiones se produce una incoherencia en la curva precio/valor, fruto de la confusión subjetiva del inversor, que se olvida de la importancia de analizar la propuesta de valor, abocándolo al fracaso. Así ocurrió en aquella quimera holandesa. Sin embargo, la memoria cortoplacista hace que la historia se repita; como ocurrió con la burbuja de las puntocom o posteriormente con la crisis subprime. ¿Volveremos a verlo?

Cuando participo en conferencias o consultorías dirigidas a equipos (tanto de grandes organizaciones como de startups, que desean dar un impulso a su modelo de negocio; que necesitan ayuda en la gestión del cambio o que deciden embarcarse en un proceso de transformación digital) siempre pido que pongan foco en el valor, en qué es el valor, en cómo pueden generar valor y especialmente en la propuesta de valor. Simplificando las diversas acepciones de la propuesta de valor, la definimos como esas características y ventajas que nos diferencian de la competencia para conseguir satisfacer una necesidad o generar un beneficio a quienes utilizan nuestro producto o servicio. Es decir, aquello que le aporta valor al cliente y/o usuario y, además, de forma distinta y diferente de la competencia.
El valor está presente en todos los ámbitos de la vida. Es aquello, material o inmaterial, que algo o alguien genera y pasa a ser objeto de deseo, satisfacción, utilidad e interés para otros. Puede manifestarse de múltiples formas, como: amistad, cariño, confianza, seguridad, diversión, riqueza, bienestar, prestigio o aprendizaje, entre otras.

Dentro de una organización, el valor emerge, de forma exógena y endógena, a lo largo de todo su ciclo de vida. El valor, entre otros ejemplos, es aquello que aportas y por lo que las empresas quieren contratarte como profesional, o por lo que una empresa atrae al talento y este desea formar parte del equipo. Es por lo que te incluyen entre su portfolio de proveedores, te buscan como cliente, desean comprar y/o usar tu producto, quieren contratar tus servicios o la razón por la que los private equity, venture capital y business angels invierten en tu startup o scaleup.

Más allá de la propia función de utilidad del producto o servicio que ofrece, o del talento de capital humano que la compone, el valor que aporta una organización, es identificado y percibido por los stakeholders e inversores en múltiples formas como: la generación de beneficios; el incremento en la cifra de negocio; la generación de cash flow; la eficiencia; el potencial de expansión y crecimiento geográfico; la escalabilidad del modelo; las sinergias; las posibles economías de escala; el aprendizaje; la imagen, el prestigio; la ética; el talento; el know how; la innovación y/o la apuesta por la sostenibilidad.

Todo cambio en la organización, toda transformación, innovación y especialmente cualquier tecnología implementada debe perseguir generar valor. No se debe confundir ni justificar el testar y pivotar con la incoherencia, la ineficiencia y la falta de propósito a la hora de destinar recursos a un proyecto en la organización.

Centrándonos en los procesos de digitalización de las organizaciones, tecnologías como la Inteligencia Artificial, el blockchain, el Big Data, el Internet de la Cosas, el reconocimiento facial o el paso al cloud no pueden ser un fin en sí mismo, sino un medio para la creación de soluciones que generen valor.
Toda innovación implementada en una organización debe estar orientada a resultados, con una razón y un sentido último claramente identificado. Tal y como dice Simon Sinek, autor de El círculo dorado, no se trata tanto del qué ni del cómo, sino del por qué.

Es clave identificar, descubrir o crear, tanto el valor que podemos generar, como la propuesta de valor que ofrecer a nuestros clientes y usuarios; ambos susceptibles de que sean tangibles, medibles y monetizables; tanto por ellos como por los inversores.

Cualquier inversión y toma de posiciones en empresas, startups, scaleups o grandes, a través de cualquier vehículo de inversión debe apostar tanto por el valor como por la propuesta de valor. Así mismo, los inversores deben postularse por aquellos fondos y gestoras alineados con esta visión; o estarán apostando por tulipanes y estarán posicionados en un windhandel.

Ante los hechos que acontecen derivados del Covid-19, y el mensaje o lección que nos ha enviado la naturaleza, el planeta Tierra o el medio ambiente, todo fondo de inversión y toda inversión debe optimizar la siguiente ecuación: maximizar la rentabilidad económica sujeta a colaborar para mejorar el mundo. Objetivos totalmente compatibles y alcanzables.

Aunque no estén cerca, no olvidemos que esta crisis está teniendo un impacto contundente y catastrófico en países en vías de desarrollo, que, además del problema del Covid-19, necesitan soluciones urgentes para cubrir esos vacíos en productos y servicios esenciales. El emprendimiento es parte de la solución, y una vía para llegar es la acción de palanca que pueden ejercer los fondos de inversión para escalar e internacionalizar startups, scaleups y empresas de impacto social que ayuden a cubrir estos vacíos paulatinamente.

Si algo es irrefutable es que en la recuperación económica, la generación de riqueza, en la creación de empleo y en la motivación de la sociedad; no solo de España, o de Europa, sino del mundo entero, el emprendimiento y las empresas son protagonistas; y para ello, es transcendental el rol que juegan los inversores, tanto públicos como privados, para ayudar a trasformar, impulsar, escalar e internacionalizar sus propuestas de valor.

José Manuel Bonilla Gavilanes es consultor de estrategia y gestión del cambio en organizaciones