Una batalla tecnológica que perderán los rivales y los neutrales

Habría que buscar mecanismos de arbitraje multilaterales que facilitasen los avances con las precauciones debidas

La batalla por la hegemonía tecnológica global que están librando China y EE UU, y en la que el resto de potencias económicas tienen poco o muy poco que decir, es la partida decisiva de la guerra comercial abierta ya hace años y que será complicado que se salde con victorias rotundas, porque imponerse con restricciones al progreso es una mala solución y a la vez el camino más seguro para que todo el planeta salga perjudicado. La globalización económica, con sus ahijadas la penetración tecnológica y el libre movimiento de los capitales, ha tenido muchos detractores, pero habría que hilar muy fino para demostrar que ha perjudicado al progreso en el mundo y que no ha sacado de la pobreza a miles de millones de seres humanos.

Donald Trump construyó su ideario político con un combate abierto a la globalización hace ya cuatro años y le salió bien; pero ahora hay que demostrar que tales operaciones han arrojado más ganancia que pérdida para su país. Trump quiere intensificar la batalla comercial con la tecnológica porque este año tiene revisión de mandato en las urnas, y necesita votos para neutralizar su negligente gestión del Covid, que ha convertido a EE UU en ejemplo a evitar, y que puede costarle la presidencia. Y pasar a la historia como el único presidente que desde los setenta no renueva el mandato, para un millonario tan pagado de sí mismo, es difícil de digerir.

Tras imponer sanciones a productos chinos que han encarecido infinidad de importaciones sin haber logrado otra cosa que un ligero alivio en la balanza comercial, ha puesto el foco en las tecnológicas chinas. Primero arremetió contra Huawei, primer fabricante ya de móviles del mundo, y líder destacado en redes y equipamiento para telecos, a la que quiere cortar las alas en el despliegue de la tecnología 5G, y para lo que ha encontrado aliados en Reino Unido, Canadá, Francia o Australia. Ahora quiere atajar el despliegue de TikTok, y cortar los dispositivos en la nube de gigantes chinos como Tencent o Alibaba, para, supuestamente, impedir el uso de datos de la ciudadanía americana que afectaría a la seguridad nacional. Un argumento muy socorrido y discutible, pero no baladí, para tratar de equilibrar una práctica que China ejecutó desde el origen, secando la expansión de las empresas americanas en su territorio con mil filtros, contratos de colaboración y licencias.

Las cadenas de valor de la tecnología están tan interrelacionadas que no puede excluirse a nadie sin perjudicar a todos. No estaría de más buscar mecanismos de arbitraje multilaterales que regulasen todas estas cuestiones y facilitasen el avance tecnológico con las precauciones comerciales debidas y el respeto a la intimidad y derechos de la ciudadanía, pero garantizando también la estimulante competencia abierta.