La guerra de Trump con China le sobrevivirá

Tanto Pekín como Washington han cometido errores de cálculo sobre sus fuerzas reales

Donald Trump y Xi Jinping, en Pekín (China), en noviembre de 2017.
Donald Trump y Xi Jinping, en Pekín (China), en noviembre de 2017. GETTY IMAGES

Donald Trump comenzó la guerra comercial con China, pero la lucha global entre Washington y Pekín le sobrevivirá. Esa es una de las principales conclusiones de Superpower Showdown (Duelo de superpotencias), editado por Harper Busi­ness. El libro recuerda a los lectores que la ira de EE UU contra la República Popular precede al actual ocupante de la Casa Blanca. Gran parte del muy público conflicto por los aranceles resulta familiar. Pero los errores de cálculo de ambos lados son una advertencia para los políticos futuros.

Los autores, Bob Davis y Lingling Wei, escribieron algunos de los mejores reportajes en tiempo real sobre las batallas comerciales para el WSJ. Eso les pone más difícil abrir nuevos caminos por los aranceles de Trump contra el presidente chino, Xi Jinping. La exestrella de los reality shows también comentó los altibajos de las conversaciones en Twitter.

Aun así, el libro proporciona algunas ideas sobre las tácticas de negociación. En un momento dado, el representante comercial de EE UU, Robert Lighthizer, citó a Confucio para indicar que EE UU solo estaría satisfecho cuando las acciones de China coincidieran con sus palabras. Xi también preguntó al primer ministro japonés, Shinzo Abe, sobre sus partidas de golf con Trump, lo que ayudó a los dos líderes a desarrollar una relación.

El repaso a las fuerzas económicas globales que operaban en los dos países antes de la elección de Trump también son esclarecedoras. Bill Clinton coqueteó con la dureza con China cuando entró en la Casa Blanca en 1993. La represión de la Plaza de Tiananmen de 1989 estaba todavía fresca, y el nuevo presidente quería vincular la política económica de EE UU al historial de derechos humanos de Pekín. Eso afectó a la potencial renovación del estatus comercial de China como “nación más favorecida” en 1994.

La presión de las corporaciones americanas para incluir a China en la economía global se salió con la suya, como durante los años siguientes. Boein­g fue una de las principales cheerleaders, patrocinando anuncios publicitarios que vinculaban el éxito de los negocios de EE UU en China con la mejora de los derechos humanos. El gigante aeroespacial también sugirió que ventas de aviones por valor de unos 5.000 millones de dólares estarían en peligro si la situación comercial de China se vinculaba explícitamente a las mejoras en materia de derechos humanos.

Boeing y un séquito de empresas americanas, como AT&T y General Electric, influyeron luego en ayudar a que China se uniera formalmente a la Organización Mundial de Comercio en 2001. Mientras que las empresas grandes estaban ansiosas por acceder al mercado chino, las pequeñas estaban desoladas.

El libro se centra en varias empresas y trabajadores afectados. Stuart Shoun, residente en Carolina del Norte, fue despedido tres veces por la competencia de los fabricantes chinos de muebles. Una de las ocasiones en que perdió su trabajo fue después de producir muestras para que los proveedores chinos aprendieran de ellas. Estos trabajadores olvidados ayudarían a impulsar a Trump a la victoria en 2016.

Mientras, las empresas chinas que antes se habían centrado en el mercado interno crecieron exponencialmente al exportar a EE UU. Guangrao, un condado del este de China habitado por agricultores, fue designado centro de fabricación de neumáticos. Tras la adhesión de China a la OMC, las exportaciones a EE UU se dispararon a expensas de sus rivales estadounidenses.

La experiencia de Xi como jefe provincial del Partido Comunista en ese período, que le enseñó a adoptar las políticas de la economía de mercado manteniendo al tiempo el control político, es también instructiva.

Cuando el presidente chino se enfrentó a Trump, las tensiones subyacentes que se habían enconado durante años salieron a la superficie. Sin embargo, Pekín no se dio cuenta del cambio en el panorama político de EE UU y confió en su vieja táctica de depender de las empresas estadounidenses para que acudieran a su rescate. Pero las grandes compañías estaban cada vez más enfadadas por los ciberrobos, las transferencias de tecnología forzadas y las promesas incumplidas de China de abrir sectores como los servicios financieros. En 2008, el 64% de los miembros de la Cámara de Comercio de EE UU en China se mostraban optimistas sobre sus perspectivas en el país a dos años vista. Para 2014 el porcentaje se había reducido a la mitad.

Al tiempo, las autoridades de EE UU sobrestimaron la debilidad de China. Pensaron que Pekín capitularía ante los aranceles, en lugar de ver los gravámenes como otra forma de contener sus ambiciones económicas. Trump no podía entender por qué Xi no prometió inmediatamente gastar decenas de miles de millones de dólares en productos agrícolas de EE UU para poner fin a la guerra comercial. Las dos partes acabaron llegando a un acuerdo parcial en enero.

Las fuerzas desatadas en la guerra comercial han envalentonado a los partidarios de la línea dura de ambos países, lo cual ha afectado a otros temas como las restricciones estadounidenses a Huawei, el futuro de Hong Kong y el reparto de culpas por el brote de Covid-19. También se están cometiendo errores de cálculo similares en estas áreas. Y ni Trump ni Xi muestran signos de ceder.

Los votantes americanos decidirán en noviembre si el discurso anti-China de Trump es razón suficiente para reelegirlo. Sin embargo, independientemente del resultado, el sentimiento está muy arraigado tanto en los congresistas republicanos como en los demócratas. Los aranceles se han convertido en armas normalizadas. Ello continuará empujando a Washington y Pekín hacia la colisión, sin importar quién ocupe la Casa Blanca.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías