El capitalismo ruso tiene de rehén a la gente de Putin... e incluso a él

La KGB construyó un sistema político y económico que ni siquiera el presidente puede permitirse desmantelar

Vladímir Putin, presidente ruso, en marzo.
Vladímir Putin, presidente ruso, en marzo. AP

Poco después de que Vladímir Putin se convirtiera en presidente de Rusia en 2000, dijo en un discurso a sus antiguos colegas de los servicios de seguridad que la recuperación del poder era misión cumplida. Como todos los buenos chistes, la declaración contenía un gran fondo de verdad. Detrás de la caótica fachada del colapso de la Unión Soviética, la KGB había estado planeando su resurgimiento.

El libro Putin’s People: How the KGB took back Russia and then took on the West (La gente de Putin: cómo recuperó Rusia la KGB y luego se enfrentó a Occidente), de Catherine Belton, describe cómo el ascenso del presidente era parte del retorno calculado de la organización en la que le salieron los dientes. Junto con otras redes opacas, la antigua policía secreta construyó un sistema político y económico que mantiene a sus participantes como rehenes, escribe. La mitad de los trabajadores rusos sufren un destino similar.

La historia de Putin y sus compinches es bien conocida. Belton, una experimentada periodista que ahora es corresponsal especial de Reuters, reinventa esa narrativa explorando cómo interactuó el poder económico del presidente con el mundo occidental. El libro, perspicaz y que invita a la reflexión, describe las principales operaciones en los que los asesores y las autoridades occidentales permitieron el amiguismo y dieron legitimidad al emergente régimen ruso.

Por ejemplo, los banqueros facilitaron lo que en realidad era una colocación privada de acciones del gigante petrolero Rosneft bajo la apariencia de una oferta pública de venta, embolsándose grandes honorarios en el proceso. Belton lo califica de “referéndum de inversores sobre la adquisición del sector energético por parte del Kremlin” porque los activos incluían los de Yukos, que había sido expropiada recientemente por el Estado. El regulador de los mercados británicos ignoró los llamamientos de los ejecutivos de Yukos para detener una operación que, según ellos, equivalía a la venta de bienes robados.

El libro se adentra en el pasado de Putin, sacando a la luz algunas teorías controvertidas sobre sus actividades como agente de la KGB en Dresde (Alemania) durante los últimos años de la Guerra Fría. Belton argumenta que fue fundamental en el apoyo al grupo armado de izquierdas Baader-Meinhof, contradiciendo otros relatos que sugieren que su papel en Dresde fue marginal.

La KGB también prestó un apoyo temprano a Mijaíl Jodorkovski, que construyó el gigante petrolero Yukos durante la privatización bajo la ley de la selva tras la desaparición de la Unión Soviética. El oligarca se peleó más tarde con Putin y pasó una década en prisión.

Una de las tragedias de la Rusia postsoviética es que los ricos y poderosos como Jodorkovski solo defienden la democracia y los valores del libre mercado cuando sus intereses personales están amenazados. Uno de los antiguamente cercanos al poder es el exbanquero del Kremlin Sergei Pugachev. Es una de las fuentes clave del libro, a pesar de la observación de Belton de que es propenso a exagerar su papel. Los críticos más elocuentes del sistema de Putin son los exiliados que fueron expulsados de él y que ahora representan una pequeña amenaza para el líder. Los ganadores no tienen nada de que quejarse.

Sin embargo, Putin’s People trata menos de personalidades individuales que de su mentalidad colectiva y el sistema que crearon. Después de muchos años en el país, la descripción de Belton del concepto ruso obschak, un término usado para describir una caja común usada por una banda criminal, está a la vista. Las barreras entre el arte de gobernar, los negocios privados y la criminalidad son borrosas. Todo se acuerda en un entendimiento, sin contratos ni abogados. Los mafiosos de Brighton Beach, en Nueva York, pueden desempeñar un papel, al igual que los sacerdotes ortodoxos rusos. Los amigos de Putin se han hecho ricos asociándose con él. Como accionistas de grandes empresas, financian iniciativas estatales, como la contratación de mercenarios en conflictos extranjeros, o ayudan a financiar la lucha contra el coronavirus.

La mayoría de los rusos corrientes perdonan la corrupción y les gusta la actitud de macho dominante de Putin en la política interna y externa. Sus índices en los sondeos de opinión, aunque en declive, siguen siendo altos. Cualquier frustración por la caída del nivel de vida es suprimida por la dependencia del sistema capitalista de Estado: la mitad de los trabajadores rusos están empleados por los Gobiernos municipales y centrales o por grandes empresas estatales como el prestamista Sberbank, según las estadísticas oficiales.

Durante el confinamiento por el Covid-19, estas personas recibieron salarios, mientras que las pequeñas y medianas empresas resistieron con prácticamente ningún apoyo del sector público. Mientras que los políticos de la mayoría de los países tienden a elogiar a los pequeños empresarios como motores del crecimiento, Putin los calificó de delincuentes en una entrevista en marzo.

Para muchos rusos, la transacción es que el Estado paga sus salarios, por lo que no cuestionan al Gobierno, asisten a los mítines, y, en general, hacen lo que se les dice.

El propio Putin es una especie de rehén. Si Belton tiene razón sobre la criminalidad que le llevó a la presidencia y le ayudó a conservarla, el exagente de la KGB es cautivo de una estructura de poder que ayudó a crear pero que no puede permitirse desmantelar.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías