El colapso de Wirecard es un test de estrés real para las ‘fintech’

Se comprobará si las empresas de pagos, débilmente reguladas, pueden caer sin dañar a los clientes

Periodistas y guardias de seguridad ante la sede de Wirecard en Ascheim, cerca de Múnich. EFEEPAPHILIPP GUELLAND
Periodistas y guardias de seguridad ante la sede de Wirecard en Ascheim, cerca de Múnich. EFE/EPA/PHILIPP GUELLAND EFE

Wirecard le está haciendo a la industria europea de las fintech un oportuno test de estrés. El grupo alemán anunció ayer que se declaraba insolvente, una semana después de revelar que faltaban 1.900 millones de euros de su caja. Su colapso probará si las empresas de pagos, en rápido crecimiento y débilmente reguladas, pueden hundirse sin dañar a los clientes o arrastrar a otras instituciones. Para los reguladores, es una tardía llamada de atención.

La velocidad de la desaparición de Wirecard es vertiginosa. La compañía, que una vez valió más de 20.000 millones de euros, es el primer integrante del índice alemán de blue chips DAX en declararse en quiebra. Sin embargo, para reguladores, clientes y rivales, la verdadera pregunta es qué pasa ahora.

Aunque Wirecard tiene una unidad bancaria alemana regulada, el principal organismo de control financiero del país, BaFin, no supervisa directamente la empresa matriz. Otras filiales de pagos incluyen una unidad en Reino Unido, con licencia de la Autoridad de Conducta Financiera británica, y operaciones en países como Brasil, Turquía y Filipinas.

Aún no está claro si las filiales de Wirecard también tendrán que buscar protección de los acreedores. Si lo hacen, los clientes y las contrapartes deberían, en teoría, estar protegidos. La mayoría de las transacciones se procesan con rapidez y los reguladores suelen exigir a las empresas de pago que mantengan en cuentas separadas el dinero de los clientes que está en tránsito. Sin embargo, dada la aparente disposición de Wirecard a presentar estados financieros falsos, no se puede dar por sentado que respete otras normativas.

El crecimiento vertiginoso de los pagos electrónicos, que a menudo son manejados por empresas de nueva creación fuera del sistema bancario convencional, significa que la industria ha superado las regulaciones diseñadas para alentar a los nuevos participantes.

En Europa, una nueva empresa de pagos puede empezar con un capital inicial de solo 50.000 euros; un nuevo banco requiere 100 veces esa cantidad. El sector también parece estar mal preparado para el fracaso. Los reguladores bancarios han pasado la última década obligando a los prestamistas a escribir “testamentos vitales” que expliquen lo que pasa si quiebran. En comparación, la Directiva de Servicios de Pago de 2015 de la Unión Europea menciona la palabra “insolvencia” solo una vez.

Sin embargo, los reguladores se están poniendo al día. Adyen, la empresa de pagos holandesa de 39.000 millones de euros, está regulada como banco desde 2017. El informe Future of Finance (Futuro de las finanzas) del Banco de Inglaterra del año pasado señaló la falta de una clara supervisión de las empresas de pagos, y la necesidad de cambios en la regulación. El colapso de Wirecard da a esas reformas una nueva urgencia.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías