Tribuna

Te pido que no me toques

Es posible que la necesidad de guardar las distancias dure más que la crisis; la tecnología es la clave

Te pido que no me toques

A los latinoamericanos nos gusta estar cerca. Pero no somos los únicos en el mundo que creemos que el contacto es bueno.

Por ejemplo, en América Latina, la mayoría se saludan con un beso en la mejilla; aquí en España nos damos dos y los franceses, tres. Los norteamericanos, que tienen fama de fríos, se tocan para saludarse: se dan la mano. Y cuando llegó al cargo el presidente Donald Trump, un abrazo que le dio Michelle Obama al expresidente George W. Bush causó sensación. Se dijo que era una muestra de que, a pesar de la gran polarización del país, en la política norteamericana todavía había buenas intenciones.

El contacto físico siempre fue sinónimo de algo bueno. De hecho, está comprobado que genera confianza y afianza las relaciones. No hay nada como poder estrechar una mano o mirar a alguien a los ojos para sentir que le conocemos mejor.

Pero de pronto, al despuntar 2020, ya no pudimos tocarnos más. De un día para el otro, todos los besos se convirtieron en peligrosos: amenazan con envolverte y ahogarte. Verse en persona, darse la mano, abrazarse, especialmente con los extraños, está prohibido.

Es posible, incluso, que la necesidad de guardar las distancias dure más que la crisis: la costumbre de darse la mano puede tener que cambiar para siempre, dijo hace poco el líder de la respuesta norteamericana a la crisis sanitaria, el doctor Anthony Fauci.

El Covid-19 nos ha separado brutalmente. Tan poco nos dejan tocarnos hoy que lo único que podemos chocar son los codos. Aburridísimo.

Lo que antes era bueno, ahora es malo; tan malo que puede matarnos.

Pero, en el fondo tenemos suerte. Estamos en la era digital y gracias a la tecnología, estamos todos hiperconectados. Nos volcamos entonces a espacios virtuales para vernos y hablarnos.

Parece que el contacto no era tan vital como creíamos, entonces.

Y, sin embargo, durante años, el marketing, las empresas y los políticos nos han dicho que lo importante era poder estar cerca, tocarse, abrazarse. La publicidad de los productos más diversos recurría al contacto físico para emocionar: los amigos abrazándose en el bar vendían cerveza, una pareja seduciéndose promovía un coche. Los políticos -incluso los que adoptaron las redes como los nuevos partidos en España- priorizaban los discursos ante multitudes y las visitas a los hogares y los negocios de sus votantes. Hasta Amazon ha empezado a abrir locales.

Pero la pandemia nos ha mostrado una realidad. Se ha acabado la discusión de si la tecnología ayuda o no, si es buena o mala. La tecnología nos ha ayudado a sobrevivir. Es el primer remedio al Covd-19 y nos ha salvado la vida. Hemos descubierto que tenemos algo mucho más profundo que el contacto físico: la conexión.

Sergio Roitberg es presidente de Newlink y autor del libro ‘Expuestos, Las Nuevas Reglas del Mundo Transparente’