¿Por qué hay que premiar a los ganadores de la rifa del Covid-19?

Las ayudas públicas son indiscriminadas, pero, yendo hasta el final, habría que subir los impuestos a los vencedores

Tienda Amazon, en Seattle, el 30 de abril.
Tienda Amazon, en Seattle, el 30 de abril. AP

Incluso la forma más suave de capitalismo requiere tanto perdedores como ganadores. ¿Pero qué pasa cuando se despojan del proceso todas las hebras de ADN darwinista? Las principales economías se han embarcado en un experimento de este tipo, con rescates casi indiscriminados a empresas grandes y pequeñas. Los Gobiernos lo justifican diciendo que el Covid-19 y los cierres resultantes no son “culpa de nadie”, por usar las palabras de Donald Trump.

Por esa lógica, sin embargo, las empresas que se están beneficiando de las restricciones ordenadas por el Estado están recibiendo una ventaja artificial. Si los perdedores no son culpables de lo que pasó y merecen ser rescatados por los contribuyentes, ¿por qué es justo coronar a los ganadores del desastre?

No se trata de cuestionar la decisión de los Estados de prestar apoyo a las pequeñas empresas, que suelen ser los mayores empleadores; o a infraestructuras críticas, como Air France-KLM. El virus es grave y no diferencia, y se necesita ayuda fiscal para que la sociedad pase este difícil tramo. Pero la recesión es el resultado directo de las decisiones de las autoridades electas de cerrar la tienda.

Si no hubiera sido por estas actuaciones políticas, muchos millones de personas no habrían estado sentadas sobre sus traseros viendo Netflix mientras comían pizzas Domino’s; o llenando sus despensas con encurtidos de larga duración acumulados en compras de pánico. Reckitt Benckiser no vendería tanto desinfectante, etc.

En ese sentido, se puede argumentar que muchas empresas están cosechando lo que se llama beneficios windfall, o caídas del cielo, que el Collins define como ganancias que surgen “gracias a un evento externo sobre el cual la persona que se beneficia no tiene control”. Si esos billones de pérdidas que los Estados están subvencionando mediante préstamos a costa de las generaciones futuras no tienen culpa alguna, es difícil ver cómo los beneficiarios del Covid-19 no han tenido otra cosa que una supersuerte.

Esa fue en la práctica la posición que adoptó el Congreso de EE UU hace 40 años cuando aprobó la Ley de Impuesto a las Ganancias Sobrevenidas del Petróleo Crudo. La legislación vino en respuesta al aumento de los precios tras el embargo de la OPEP unos años antes. La ley definió las ganancias windfall “como el exceso del precio de extracción de un barril de crudo (...) sobre la suma del precio base ajustado por la inflación y el monto del ajuste del impuesto de cesantía”.

El principio de la ley, que Ronald Reagan derogó en 1988, era que a productores como Exxon se les regalaban beneficios excesivos basados en acontecimientos sobre los que no tenían influencia, como las broncas geopolíticas de Oriente Próximo. Por tanto, no debían beneficiarse indebidamente, o al menos no sin que el Estado se llevara su parte. Esa fue la razón principal por la que el senador Bernie Sanders trató de revivir el gravamen cuando los precios se duplicaron con creces, hasta 140 dólares el barril.

La mayor parte de los “ganadores” actuales son empresas de servicios, incluidas grandes como Amazon, Netflix, cadenas de supermercados, proveedores de tecnología y comunicaciones, productores de alimentos y cualquiera que proporcione equipos médicos o desarrolle medicamentos para vencer la enfermedad.

Las acciones de mejor rendimiento en el S&P 500 desde el 1 de marzo son casi exclusivamente lo que podríamos llamar “Vencedores del virus”. La alimentaria de EE UU Conagra ha ganado un 28%. También Amazon. Al otro lado del Atlántico, el Stoxx Europa 600 ilustra una dinámica similar. Los repartidores de comida online Hellofresh y Ocado han subido más de la mitad. Los supermercados Colruyt y WM Morrison han superado el rendimiento medio. La danesa Ambu, que fabrica broncoscopios, y Coloplast, fabricante de catéteres y otros equipos, también han arrasado en Bolsa.

Dada la diversidad del negocio de los vencedores, la aplicación de un impuesto sobre las ganancias windfall sería más difícil de lo que fue, por ejemplo, con los productores de petróleo de EE UU hace cuatro décadas. Y determinar lo que constituye una ganancia sobrevenida sobre una base normalizada no sería fácil. Además, los oponentes argumentarán que como las compañías ya pagan impuestos sobre la renta, cualquier ganancia considerada excesiva ya será gravada.

Tal vez, pero no hay rendición de cuentas para los cuasimonopolios formados por estos beneficiarios que surgirán después del Gran Confinamiento. Mientras que una Domino’s, centrada únicamente en la comida para llevar, puede seguir funcionando, ¿qué pasa con la pizzería de la esquina con servicio de mesa casero que tuvo que cerrar? ¿O la tienda de productos locales cuyos clientes, después de tres meses entre cuatro paredes, se han acostumbrado a las entregas de Ocado o Amazon?

Los programas gubernamentales, como la protección a los salarios de EE UU, se diseñaron para ayudar al pequeño empresario a mantener pagados a los empleados. No abordan realmente lo que sucede después, cuando el dominio de rivales como Amazon o Domino’s se ha vuelto tan absoluto que vuelve obsoletos a los competidores más pequeños y locales. Para que un impuesto sobre ganancias windfall haga algo más que simplemente castigar a los ganadores y llenar las arcas del Estado, debería financiar algún tipo de “recuperación competitiva” que permita, por ejemplo, que la pizzería local mejore el precio de Domino’s durante unos meses a medida que vuelva a funcionar, o que la tienda local contrate a un repartidor extra.

Es cierto que mucho de lo que está sucediendo (ya sea el declive del cine y el auge de Netflix, o el cierre de los grandes almacenes de centros comerciales) representa una aceleración de la tendencia a la digitalización. Pero incluso si eso iba a acabar sucediendo, los Gobiernos han tomado la decisión de hacerlo ahora, antes de que competidores más tradicionales estuvieran preparados para competir. Los políticos, al gastar las ganancias de las generaciones futuras en ayudar a los perdedores, han echado por la borda en su mayoría el capitalismo moderno. Podrían también ir hasta el final en la búsqueda de justicia y gravar con impuestos a los ganadores de la rifa del virus.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías