El crac del coronavirus es una burbuja invertida

El pesimismo es el sesgo institucional de los epidemiólogos, como el hiperoptimismo en las finanzas

Un hombre con mascarilla, ante un panel de cotizaciones en Tokio.
Un hombre con mascarilla, ante un panel de cotizaciones en Tokio.

El lenguaje que se suele usar para describir las locuras especulativas se toma prestado de la epidemiología. Una nueva tecnología provoca un “contagio”. Los inversores están “infectados” por la codicia. La “fiebre” especulativa estalla. Durante la fase de pánico, el contagio se vuelve más “virulento”. Después de que la Burbuja de los Mares del Sur colapsara hace 300 años, los observadores contemporáneos compararon la situación del mercado con una plaga. De hecho, a finales de 1720 la peste bubónica se extendía por Europa. Hoy, el mundo se enfrenta a otra epidemia. La respuesta se asemeja a la inversa de una manía especulativa, en la que el miedo reemplaza a la codicia, y los errores del pesimismo a los del optimismo.

En su atractivo y misteriosamente oportuno nuevo libro, Las reglas del contagio, el matemático y epidemiológo Adam Kucharski observa que las burbujas y las enfermedades pasan por fases similares: viven períodos de crecimiento exponencial, y eventualmente la propagación alcanza su máximo, la burbuja estalla y las infecciones caen bruscamente. Un gráfico típico de brote parece una V invertida. Las burbujas siguen una trayectoria similar. Como dijo el ecologista Robert May en 2013, “el reciente aumento de los activos financieros y el posterior desplome tienen la misma forma que el típico aumento y disminución de los casos en un brote de sarampión u otras infecciones”.

Las burbujas financieras y las epidemias son propensas a cruzar fronteras. En 1720, el genio de la especulación saltó de París a Londres, y luego se extendió a Portugal y Rusia. Las burbujas producen tiempos irreales: los rumores abundan y se lanzan promociones extrañas. Hace 300 años, los especuladores compraron acciones de una firma “para vaciar de manera inmediata, expedita y limpia las casas necesarias [retretes] de toda Inglaterra”. Sus descendientes se han dedicado últimamente a almacenar papel higiénico, un producto que Inglaterra sigue produciendo en amplia cantidad. En una atmósfera de terror, los chismes y los cuentos fantásticos se propagan más virulentamente que el propio virus.

Las burbujas son una forma de contagio social. Cuando los mercados se disparan, el “miedo a quedarse fuera” impulsa a los inversores. Pierden la capacidad de hacer juicios razonados. Predominan el comportamiento gregario y la mentalidad de grupo. Proliferan los relatos alcistas. No es solo que los especuladores quieran escuchar tales historias: Wall Street tiene incentivos para hacerlas circular. Se mantienen las visiones optimistas ante las pruebas contradictorias. En el boom de las puntocom, por ejemplo, Wall Street afirmaba que el tráfico de internet se duplicaba cada diez semanas. Como reveló en su momento Andrew Odlyzko, ahora en la Universidad de Minnesota, el tráfico crecía una décima parte de eso. Este inconveniente hallazgo fue ignorado, y el derroche continuó.

El pánico por el virus suena familiar. Los gráficos de las muertes italianas recuerdan la trayectoria del bitcóin hace un par de años. Amigos y contactos reenvían artículos de un comentarista alarmista (no un epidemiólogo profesional) que se jacta de tener millones de lectores y afirma que su artículo es lo único que hay que leer, y que salvará vidas. Es imposible decir si este consejo es acertado o no. Pero ciertamente parece la imagen especular de los flautistas de Wall Street, como Henry Blodget, que tocaron a todo volumen sus canciones durante la burbuja de internet.

Se nos dice que confiemos en los expertos: seguir a los datos y a la ciencia. Como si fuera fácil. Durante las burbujas de internet e inmobiliarias, los expertos financieros se equivocaron. Un importante gestor de hedge funds se quejó una vez de que “cada burbuja tiene un cómplice académico”. La epidemiología, como las finanzas, es tanto arte como ciencia. Un colega y yo una vez reunimos datos sobre cada burbuja que pudimos encontrar. Cada una resultó diferente. Los epidemiólogos se enfrentan al mismo problema: como les gusta bromear, “si has visto una pandemia, has visto... una pandemia”.

Tanto los inversores como los epidemiólogos se enfrentan a una incertidumbre crónica. Durante una epidemia, los datos siempre cambian. Las diferencias en el clima y el comportamiento social afectan a la propagación. Esto plantea enormes desafíos para modelarla. Como los estrategas de inversión, los epidemiólogos son propensos a errores de pronóstico atroces. En septiembre de 2014, EE UU pronosticó 1,4 millones de casos de ébola en África Occidental para el siguiente enero. Hubo menos de 30.000. Un modelo anterior anticipaba que un posible brote de viruela provocaría 77 billones [sic] de muertes: como dice Kucharski, ambos modelos incluían un número ilimitado de personas susceptibles.

Se desconoce la verdadera tasa de infección del Covid-19. No se puede confiar en que China dé datos precisos. En cuanto a la tasa de mortalidad, es posible que los italianos estén registrando muertes por coronavirus cuando puede haber otras enfermedades prevalentes. La semana pasada, el Imperial College de Londres predijo que más de 2 millones de personas morirían en EE UU y medio millón en Reino Unido si no se suprimía el Covid-19. Pero los supuestos de su modelo son, en el mejor de los casos, conjeturas bien fundadas. Las predicciones deben ser enormemente sensibles a pequeños cambios en varios datos. Incluso el Imperial admite que los que llama supuestos “conservadores” son pesimistas. Ese pesimismo, llamémosle precaución excesiva, parece ser el sesgo institucional de los epidemiólogos, al igual que los financieros son propensos al hiperoptimismo.

Se puede oír a las fuerzas disidentes a través del ruido. El epidemiólogo de Stanford John Ioannidis afirma que el análisis del brote en el crucero Diamond Princess sugiere que el virus es mucho menos peligroso de lo que comúnmente se supone. También basándose en el crucero, Michael Levitt, biofísico de Stanford y premio Nobel, dice: “Lo que tenemos que controlar es el pánico”.

Esto recuerda las palabras de Franklin D. Roosevelt en 1933: “Lo único que tenemos que temer es... el miedo en sí mismo: un terror sin nombre, sin razón e injustificado que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir la retirada en avance”. Cuando se escriba la historia de esta pandemia, puede convertirse en una posdata del libro en constante expansión Delirios populares extraordinarios y la locura de las masas, publicado en 1841.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías