España, un gran país cogido por la Corona

La herencia del Rey hace que su discurso no cale en un momento en que el pueblo soberano está desbordado por el coronavirus o confinado

España, un gran país cogido por la Corona

Quién nos lo iba a decir. Nos pilla una pandemia con la Corona y el Ejecutivo en situación de enorme debilidad y reaccionamos como el mejor rebaño del mundo. Todos somos conscientes de que nos jugamos mucho más que la vida, especialmente la de padres y abuelos, está en cuestión la forma más solidaria de construir una sociedad.

En el artículo 1 de la Constitución está todo, nuestras debilidades, fortalezas y lo que queremos defender. En el 1.1 está compactado lo que debemos salvar a toda costa: “España se constituye en un estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. En el 1.2, están los balcones de nuestros días: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. Y en el 1.3, lo que ayer trataban de acallar las cazuelas: “La forma política del Estado español es la Monarquía Parlamentaria”.

Vivíamos felices con la idea de que quizás Italia estaba exagerando y que mejor esperar y ver, cuando el presidente del Gobierno se puso delante del televisor y con cara compungida cerró guarderías, colegios y universidades. En ese momento fuimos conscientes de que la fiesta había terminado para mucho tiempo.

Las diferencias dentro del Gobierno de coalición no ayudaban, y basta ver la comparecencia de ayer de Pablo Iglesias donde lo único nuevo era su presencia. Y la falta de lealtad de algunos partidos y presidentes autonómicos, tampoco. Acusaban de lentitud al Gobierno, cuando no hay mayor retraso que pensar que hay algo que ganar en batallas contra un virus global.

Pero para drama el del rey Felipe VI. En estos momentos, que su voz tiene más sentido que en Navidad, anda encerrado con abogados y comunicadores viendo cómo levanta muros su padre. Juan Carlos I está envuelto en un escándalo de dimensiones siderales, acusado de percibir una comisión de 100 millones de euros, pagada por la monarquía de Arabia Saudí por gestiones en la adjudicación del Ave a la Meca, de los que 65 millones han ido a parar a Corinna Larsen.

Lo tiene todo. Un Rey, en pleno ejercicio de sus funciones (2008), cobra comisiones por gestiones para su país, tiene cuentas en paraísos fiscales donde no llega la Hacienda Pública, y se las reparte con sus amantes. Para colmo, el pasado día 14, en víspera del confinamiento de la nación, nos enteramos por un periódico británico que Felipe VI era beneficiario de estas cuentas.

El Rey hizo lo menos que podía, repudiar esa herencia de origen más que dudoso. Pero él sabe que su problema real es otro. Felipe VI no puede disociarse de Juan Carlos I. Eso lo podemos hacer el resto de los españoles, todos menos él.

Su puesto es el único en España que se adquiere por transmisión de padres a hijos. No hay oposición ni concurso de méritos. Sólo sangre, sangre real. Eso es la Monarquía y esa es la herencia, lo demás es pura anécdota. Por eso, a las 21 horas del miércoles, mientras el rey Felipe VI pronunciaba uno de sus discursos más superfluos, el pueblo soberano se echó a las ventanas cazuela en mano. Minutos antes habían aplaudido a los sanitarios que cuidan de los enfermos y cantado Resistiré, del Dúo Dinámico. Nunca se había visto tan claro el divorcio entre el Rey y su pueblo.

En las actuales circunstancias no sobra nadie, faltan cosas esenciales. Esto no ha hecho más que empezar y el coronavirus puede ser una gran oportunidad para que la Corona recupere el crédito perdido en pocos días, ese que permitió que hasta los republicanos de Podemos se sintieran cómodos en Zarzuela. Pero hay que pasar de las palabras a los hechos.

El Rey y el Emérito no tienen más que mirarse en Amancio Ortega, que va camino de convertirse en el rey del pueblo. Amancio Ortega, el hombre que hablaba con los hechos, ha levantado la mirada, ha visto qué hace falta y ha mandado poner la maquinaria fabril y logística de Inditex a disposición de su país, y seguro que vuelve a rascarse el bolsillo si hace falta. Es curioso que el sectarismo del vicepresidente Iglesias le impida reconocer la labor a Amancio Ortega, y, sobre todo, a bancos, eléctricas o telecomunicaciones, cuyos accionistas soportarán gran parte de las ayudas de las que presume.

Juan Carlos I tiene la gran oportunidad de pasar de aquello, de “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir”, pronunciado mientras transfería el dinero a su acompañante de cacería en Botsuana, a “confieso y lo entrego todo”. Es comprensible que el periodista José Antonio Zarzalejos pidiera que Juan Carlos I se autoexilie. Nació en Roma, donde se instaló su abuelo tras huir la noche del 14 de abril de 1931, con la proclamación de la República. Los Borbones pasaron el exilio con dinero depositado en cuentas en Inglaterra y Suiza. Si el rey emérito quiere librar a su hijo del estigma, lo mejor es que la ruta del dinero acabe en el Banco de España, y él podrá descansar en paz.

El reto que tenemos por delante es de tal dimensión, que la autodestrucción del rey emérito y el independentismo parecen cuestiones menores, aplazables. Pero no nos engañemos, si tenemos suerte, en verano saldremos de la madriguera y veremos flotando en el lago nuestras penas.

Son problemas enormes, sin duda, pero los resolveremos. “España es un gran país; un gran pueblo que no se rinde ante las dificultades”, dijo el Rey. Sin duda vamos a salir de esta porque la capacidad de entrega, lucha y superación está más que demostrada. En estos días de tanta necesidad y confinamiento se está viendo como nunca lo capaces e importantes que son los sanitarios, fuerzas de seguridad, agricultores, ganaderos, supermercados, maestros, ejército, periodistas, etc... Y cuan prescindible es la Monarquía.

Aurelio Medel es Doctor en Ciencias de la Información Profesor de la Universidad Complutense