Cuando China se resfría, el resto del mundo tose

Los mercados vuelven a estar colgados de las declaraciones asépticas de los banqueros centrales. Les toca a ellos calmar los temores que llegan de Pekín

Cuando China se resfría,
el resto del mundo tose

Tras unos días marcados por la reunión del mayor banco central del mundo –la Fed–, por las increíbles publicaciones de las empresas más grandes a nivel mundial –Apple, Amazon, Microsoft– y por la salida de un país principal de la Unión Europea, habría sido la ocasión para reflexionar a fondo sobre el estado de la economía. Y unos cientos de víctimas de una nueva forma de gripe en un país de más de mil millones de habitantes no habrían llamado la atención.

Aún permanece vivo el recuerdo del episodio del SARS [síndrome respiratorio agudo grave] de 2003, los temores a un contagio de la epidemia china y sus posibles consecuencias económicas superan a los demás asuntos. Y se comprende. Por un lado, la aparición de un nuevo virus despierta el miedo a la muerte. En el inconsciente colectivo resurge confusamente la memoria de las antiguas pestes, que se evocan constantemente en las danzas macabras pintadas en nuestras iglesias.

Y, por otro lado, las consecuencias objetivas para la economía mundial son graves. Es cierto que el número de víctimas es estadísticamente bajo en comparación con los de la gripe común que, por lo general, se cifra en unas 500.000 al año en todo el mundo. Por no hablar de las del paludismo (de la misma magnitud), el cáncer (10 millones anuales) o las enfermedades cardiovasculares (17 millones al año). Pero las medidas adoptadas para frenar la epidemia china se salen de lo normal: más de 50 millones de personas puestas en cuarentena en sus hogares, transportes internacionales parcialmente interrumpidos, cadenas de producción destrozadas y el consumo desorganizado. Si la epidemia continúa, más zonas de China podrían ser clausuradas, y ¿por qué no otras regiones del mundo?

No vamos a aventurarnos a hacer una predicción sobre la magnitud de la epidemia, pero ya está provocando varias consecuencias en dimensiones económicas internacionales. En el peor de los casos, podrían ser profundas: se verían afectados el sector del lujo, que depende en gran medida del consumo chino y, por supuesto, el turismo. Y también la producción industrial de China –en particular, la automoción–, lo que contribuiría a debilitar un sector que ya se encuentra bajo presión. A nivel local, la construcción y el consumo de energía disminuirían, lo que podría reducir el precio mundial de las materias primas. Y, por consiguiente, incidiría negativamente en la inflación mundial.

Este último aspecto, que rara vez se menciona, es quizás el más crucial, porque podría afectar a la actitud de los bancos centrales y, en primer lugar, al de China. Y si el efecto es profundo, a los de todo el mundo. Porque, a diferencia de la época del SARS, actualmente China contribuye con el 35% al crecimiento mundial (el 20% en 2003). El crecimiento mundial –que se prevé del 3%, inferior a su promedio histórico– podría verse afectado en un 0,5% a lo largo del año. La inflación subyacente, que ya de por sí no es gran cosa, lo sufriría. Para contrarrestar esta tendencia, los bancos centrales podrían adoptar nuevas medidas de estímulo monetario e influir en las medidas fiscales.

En esta hipótesis, el actual descenso de los mercados, que se debe principalmente al reflejo instintivo, podría agudizarse antes de producirse un fuerte repunte, ya que hoy en día los bancos centrales son quienes llevan la voz cantante en los mercados. Pero de momento permanecen casi mudos sobre este asunto. La Fed solo ha mencionado este riesgo –que, ciertamente, se considera grave– en su rueda de prensa, pero no en su comunicado oficial.

Por lo tanto, los mercados vuelven a estar colgados de las declaraciones asépticas de los banqueros centrales. Ahora les corresponde a ellos, como profetas de último recurso, la tarea de calmar los temores ancestrales que nos aquejan.

El Comité de Política Monetaria de los Estados Unidos, el FOMC, que se reu­nió el 29 de enero, ha dado lugar a un statu quo sobre los tipos de referencia. La decisión fue unánime, en oposición frontal a las presiones de Trump para que la institución bajara los tipos. Y, lo que es aún más significativo, el promedio de los diferentes miembros no proyecta ningún movimiento sobre los tipos para el próximo año. Dicho esto, el presidente de la Fed, J. Powell, ha declarado que el banco consideraba que la epidemia por coronavirus en China era un “riesgo grave”, dando a entender que actuarían con prontitud si los riesgos económicos empeoraban. Especialmente dado que la Fed ha identificado una desaceleración en el consumo de los hogares estadounidenses.

Tal vez el miedo se disipe como un simple escalofrío. Las sombrías suposiciones pronto quedarían barridas, y la fuerza indiscutible de la economía estadounidense llamaría, una vez más, la atención. Mientras tanto, preparémonos para todos los escenarios.

Olivier de Berranger es Director de gestión de activos de La Financière de l’Echiquier