Los coronavirus cuestionan los dogmas económicos

Sorprende la pasividad de los Gobiernos ante la neumonía de Wuhan: ninguno ha adoptado medidas para paliar posibles efectos en el PIB

Los coronavirus cuestionan los dogmas económicos

En menos de diez días las previsiones de crecimiento mundial formuladas por el FMI han quedado obsoletas. Es cierto que en esas previsiones se apuntaban riesgos que podrían provocar su incumplimiento dibujando así un contexto de fragilidad muy vulnerable. Gita Gopinath, Economista Jefe del FMI, afirmaba que “los riesgos para la economía mundial siguen siendo negativos” y entre los riesgos enunciados no se encontraba la epidemia que se extiende con gran rapidez a pesar de que había comenzado semanas antes de la presentación del informe.

Esta omisión se puede deber a la inercia burocrática (lo nuevo e inesperado estropeaba lo ya elaborado), a una información todavía insuficiente, o a la intención de no provocar una alarma que induciría retracción en los agentes económicos. Si la razón fuera esta estaríamos ante una actitud paternalista que no habría valido de nada ya que las Bolsas ya habían reaccionado al coronavirus el mismo día de la presentación del informe.

Esta posible actitud del FMI es paradigmática y se podría decir que es la que está marcando la reacción de las autoridades de todos los países. De un lado, no quieren provocar alarma, quieren evitar el pánico, de otro se toman medidas de aislamiento de personas. La conclusión es que cunde la sensación de que los Gobiernos no saben qué hacer y los ciudadanos se quedan estupefactos y empiezan a tomar algunas medidas por su cuenta (en Madrid no hay mascarillas en las farmacias).

Sin entrar a valorar las medidas sanitarias, las más urgentes y necesarias, llama la atención la lentitud en la reacciones para mitigar los efectos económicos de la epidemia. Es lógico pensar que las medidas que se han tomado para limitar el tráfico de personas se extiendan al transporte de mercancías y entonces nos encontraríamos con un golpe al comercio internacional que iría mucho más allá de los efectos sobre el turismo. Que esta sacudida se va a producir es algo que nadie duda. Lo que no está claro es su dimensión. Las referencias que se utilizan son las de otro coronavirus, el SARS, que también se originó en China en 2003.

Entonces la economía china se contrajo severamente en el segundo trimestre, pero se recuperó con fuerza en los dos trimestres posteriores de tal forma que en el balance global el SARS ni se notó. Los economistas chinos defienden que ahora puede ocurrir algo similar y que la ola contractiva que llegase hasta los países avanzados apenas se notaría.

Esto puede ser así o no. De entrada la interconexión de la economía mundial es mayor ahora que en 2003 y su dependencia de China como garante de la demanda mundial está ya muy cerca de la de EE UU (18% frente al 16% que suponen China más Hong Kong). En 2003 la economía china representaba el 7,5% del PIB mundial, actualmente representa el 20%.

Sorprende la pasividad de los Gobiernos ante esta eventualidad, ninguno ha anunciado medidas para paliar los posibles efectos económicos del coronavirus. El Eurogrupo, tan ágil en otras ocasiones, ni siquiera se ha reunido. Alemania, con un encefalograma económico plano, guarda silencio amordazada por sus propias trampas y obsesiones sobre el equilibrio fiscal (realmente superávit) cuando su industria del automóvil va a sufrir la contracción de la demanda china. En nuestro país los nuevos acontecimientos no han inmutado a los críticos con la subida del SMI, entre los que destaca el inefable presidente de Extremadura, que se alinean con posturas que desconocen las prescripciones del que debería ser su guía espiritual, el FMI, sobre la oportunidad de las subidas salariales, más teniendo en cuenta que si el sector exterior decae sería la demanda interna la que podría garantizar el crecimiento, tal y como han puesto en evidencia los datos de la Contabilidad Nacional. Ni que decir tiene que la Comisión Europea seguirá teniendo en el punto de mira el déficit público cuando el gasto del Estado puede ser la otra posibilidad de mantener una demanda que dinamice la economía.

La tozudez con la que se mantienen los dogmas económicos en contra de las evidencias afecta también a nuestra apreciación de China. Su caso no es comparable con el de la URSS, pero cabe preguntarse si no nos estamos engañando en la percepción que tenemos como una potencia ascendente e imparable igual que nos engañamos con la URSS.

El hecho de que dos grandes epidemias se hayan originado allí quizás no esté indicando algo sobre su debilidad estructural. China tiene una renta per cápita de 8.263 euros (menos de tres veces la de España), y junto con grandes ventajas mantiene importantes problemas, entre otros financieros (banca en la sombra) o demográficos, como consecuencia de la política del hijo único. Se podría pensar que, al igual que la URSS que logró un desarrollo tecnológico y militar contundente, también China puede estar combinando un desarrollo tecnológico de vanguardia, redes 5G, con vulnerabilidades que la competencia con EE UU puede agravar.

Desde luego, no es previsible ni deseable una caída de China. Pero esto no impide considerar su posibilidad de forma matizada teniendo en cuenta que si se rompe el pacto implícito entre el PCCH y la población, que legitima al primero siempre que se mantenga el crecimiento económico, se pueden producir conflictos internos que dejarían a la altura del betún al que actualmente se vive en Hong Kong. No hay que olvidar que en el siglo XX el país más convulso del planeta fue China.

 Juan B. Plaza es analista de Ecoomía