Alberto Campo Baeza: “Las casas más feas y atroces son las que más dinero cuestan”

Recientemente ha sido galardonado con la Medalla de Oro de la Arquitectura

Alberto Campo Baeza: “Las casas más feas y atroces son las que más dinero cuestan”

De él suelen decir “la cursilería” de que nació en Valladolid pero que logró ver la luz en Cádiz. Y aunque ese juego de palabras no le gusta, reconoce que tiene buena parte de verdad. Alberto Campo Baeza (Pucela, 1946) es uno de los arquitectos españoles más aplaudidos. Hace algo más de un mes, a sus 73 años, fue reconocido con la Medalla de Oro de la Arquitectura, una de las distinciones más importantes de esta profesión en España, otorgada por el propio gremio. Nació en tierras castellanas, pero rápidamente se estableció con su familia en Cádiz, ciudad que impactó de lleno en su forma de trabajar. Una de sus viviendas más reconocidas, la Casa del Infinito, está levantada en plena playa de Bolonia (Tarifa).

¿Influye el lugar en el que uno se cría en su posterior trabajo como arquitecto?

La cursilería de que vi la luz en Cádiz me la dicen mucho, pero es verdad. Es una ciudad maravillosa, y no porque el New York Times lo dijese hace un año. Hay unos temas relacionados con la luz que casi no se vislumbran y que pasan desapercibidos, pero que están ahí y que se me han quedado dentro. En Valladolid eso habría sido imposible. La luz, el mar, la calma, la serenidad... Son puntos con los que me gusta trabajar y que me definen.

El mar no puede llevarse de un lado a otro.

Pero la luz sí. Hay quien me llama minimalista, y hay quien dice que soy el arquitecto de la luz. Pero es que todo arquitecto debería serlo. La luz es el material –porque, como dice la teoría corpuscular de Newton, tiene materia– con el que todos nosotros trabajamos. ¿Cuál es su pega? Que es gratis, y como nos viene dado muchas veces se olvida. Es el único material por el que no tenemos que pagar, y a veces no lo tratamos de manera precisa. No nos fijamos en su comportamiento, en su recorrido, en su intensidad. Y es un error, porque es el material más lujoso y hermoso con el que podemos contar.

¿Cómo define su arquitectura?

La arquitectura tiene que ser como el bisturí de un cirujano: afilada y precisa. Yo siempre intento que mi trabajo cumpla con las tres condiciones que fijó Vitruvio en Roma. La arquitectura tiene que ser útil, porque tiene que cumplir una función. Debe ser firme, porque todo ha de quedar bien construido y no romperse o caerse. Y necesita ser bella.

En el mundillo, ¿se ha buscado a veces antes la belleza que la propia funcionalidad?

Creo que la sociedad no valora la arquitectura, no hay conocimiento, no hay interés, y la arquitectura ocupa poco espacio, por no decir nada, en el debate público. Solo se oye de arquitectura cuando se quema Notre Dame o cuando se construye la torre más alta. Por eso muchas veces se busca impresionar más que cumplir una función.

¿Es fácil trabajar con clientes que tienen presupuestos casi ilimitados?

El arquitecto es como el médico: se enfrenta al cliente, en el sentido de relacionarse con él, para resolver un problema. Es fácil porque estás haciendo algo que él quiere, y generalmente respeta tu conocimiento y trayectoria. Pero también es fácil trabajar con los que no tienen tanto dinero. La Casa Gaspar, creo que una de las más bonitas que he hecho, se construyó con cuatro perras.

¿Un presupuesto elevado asegura una casa bonita?

Creo que hay que buscar la belleza siempre, independientemente de las partidas disponibles en cada plan. Eso se hace adaptando el proyecto al presupuesto con el que se cuenta, igual que con unos ingredientes haces una comida y con otros otra muy diferente. La Casa del Infinito era para unas personas muy ricas de Bélgica y se hizo sin problemas. Por eso pudimos utilizar travertino, o instalar un suelo flotante en el piso de arriba, o trabajar con unas carpinterías metálicas impresionantes. En la Casa Gaspar, con menos presupuesto, utilizamos un muro de ladrillo encalado y un suelo de piedra caliza sencilla. Y ambas son bellas.

Usted habla de sus proyectos. ¿Y a nivel genérico?

Hay auténticas barrabasadas y horrores hechos con mucho dinero, cosas muy chuscas. Es más, los edificios que no cumplen con la función de utilidad, que están mal construidos y que son feos y atroces son los que más dinero cuestan. La gente se fija en ellos, pero no porque sean bonitos.

Es de suponer que quien los construye los defenderá.

Debería haber más herramientas culturales y más conocimiento a nivel de sociedad para que la gente pudiese entender lo que se construye. De esa forma creo que acabaríamos con este tipo de edificios que realmente son horrorosos. Lo mismo sucede con los edificios en los que la gente trabaja. Suelen ser horribles e insanos. Porque no hay quejas.

Los edificios en los que la gente trabaja son horribles e insanos porque nadie se queja

Los grandes arquitectos no suelen hacer casas en las que vivan el común de las personas.

Los problemas se repiten en unas y en otras. Se pueden hacer viviendas de muchos tipos y con todo tipo de presupuestos. Las casas son en buena medida horribles por el horror vacui, porque están llenas de objetos y trastos inútiles que rellenan el espacio y lo convierten en un museo de la tristeza. La televisión sigue siendo el centro del hogar, y a su alrededor los patrones de decoración e interiorismo se repiten allá donde miremos. Y la culpa de eso también es de los arquitectos, porque la mayoría de las casas se conciben para ser como hoy las vemos.

Trabajan con un bien, como la vivienda, que se ha convertido en un privilegio y en algo inaccesible para muchos. ¿Qué implica esto para un arquitecto?

Es algo que llevo diciendo desde hace mucho tiempo. Es necesario empezar a tratar la vivienda como lo que es y conseguir que valga lo que realmente cuesta, porque los precios y cantidades disparatadas que vemos hoy son una anomalía debida a las consecuencias de un falso mercado y una falsa economía. Hay que dejar de lado los ritmos frenéticos y normativos, para que el arquitecto pueda pensar, crear, borrar y volver a crear. Y proyectar la ciudad, porque lo que hacemos es modificar el espacio, de una forma libre y racional, que busque el bien común. Eso también implica repensar el uso de los suelos y lugares públicos, algo que además ayuda a liberarse de especuladores y corruptos. A todo arquitecto le han ofrecido alguna vez formar parte de una corruptela.

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