Comicios, economía y olvido

Los pactos entre partidos de los últimos años y el mero cruce de datos demuestran que hay un amplio margen de acción conjunta

Comicios, economía y olvido

Muchas veces se ha recurrido al “es la economía, estúpido” de la estrategia de la campaña de Bill Clinton de 1992 para tratar de señalar el error de olvidar lo esencial. Tras las elecciones que acaban de celebrarse en España habría que darle una vuelta al lema para decir más alto: “Es estúpido olvidar la economía”.

España se abre a un nuevo reto de construcción de gobierno. Cunde una sensación de tornillo pasado de rosca, de pensamiento viciado. Para determinar cuáles son las posibilidades de generar un espacio de acuerdo económico, hay que repasar algunos condicionantes institucionales. Para empezar, que en nuestro país nos hemos acostumbrado a las noticias falsas y a prender incendios. La aparentemente breve (porque tenemos sensación de disco rallado) campaña electoral ha sido un entorno experimental muy ilustrativo. En materia económica, social o política, el debate entre los candidatos estuvo trufado de medias verdades y contradicciones que la prensa aireó muy detalladamente. Esto, lejos de remover conciencias, se utilizó como un marcador para señalar a posibles vencedores. En realidad, simboliza que todos hemos perdido. Qué cabe decir de utilizar Cataluña –territorio económico y social esencial– como muñeco de pimpampum, en lugar de lo que es, una parte herida e hiriente de nuestro futuro.

El tinglado institucional es un desaguisado aún más amplio. Los medios de comunicación tienen que hacer su propio ejercicio de contrición. Demasiadas veces hemos escuchado y leído que estamos entrando en crisis, que viene una recesión, que el paro de octubre fue horrible. Se insiste también en que los gobiernos que se aúpan a los lomos de ciclos alcistas son la repera y los que tienen que lidiar con ciclos bajistas unos desaprensivos. Si ha habido algo de debate –sería abusar mucho del término– ha sido en dos cuestiones. Por un lado, los impuestos. Básicamente, algo de tanta altura como “ustedes los van a bajar y nosotros a subir” o viceversa. Por otro lado, las pensiones, con una lucha denodada por ver quién sigue más anclado en errores del pasado como vincular su revalorización a la inflación. En materia social hay bastante más desacuerdo. Y alguna apreciación recurrentemente despectiva hacia la inmigración, un hecho que debería ser mucha más solución que problema para la financiación de la Seguridad Social.

La respuesta a este desolador olvido de lo económico es simple: los pactos firmados y olvidados entre partidos en los últimos años –o el simple cruce de datos de estos y otros programas electorales anteriores– demuestran que hay un amplio margen de acción conjunta. El resultado electoral de ayer apunta a más fragmentación y polarización por lo que es difícil esperar acuerdos pero hay que animar a que se logren en ciertos temas porque que seguramente serían muy positivos. En pensiones y en materia impositiva es absurdo engañarse, es una cuestión técnica palmaria de sostenibilidad y responsabilidad intergeneracional. En investigación se trata de revertir una carencia alarmante de recursos que lastra nuestra competitividad futura. En empleo no hay consenso en muchos aspectos tan esenciales como tipologías de contratos o salarios pero sí podría haberlo en modos de mejorar el reciclaje profesional y un mejor encaje entre cambio en el sistema productivo y necesidades de formación.

Dado que es evidente la existencia de un escaso margen para ampliar el gasto (la deuda pública está en el 98% del PIB), parece conveniente también establecer cómo puede mejorarse la eficiencia de las Administraciones. Aunque aquí las propuestas son muy variadas y no siempre prácticas (por ejemplo, proponer la eliminación de las autonomías), hacer más eficientes las estructuras administrativas. Esto lo sabemos desde los que trabajamos en la universidad hasta los que gestionan servicios hospitalarios. Faltan medios, pero también es preciso aprovechar bien aquellos de los que disponemos.

Existían pactos también entre los partidos para mejorar la calidad del entorno político y luchar contra la corrupción. Y también sobre limitación de mandatos y aforamientos. Cuestiones que no son meramente políticas, sino de una honda incidencia económica a medio plazo. Todos los días que pasan sin que nos recuerden los aspectos en los que hay consenso, son días perdidos. De sobra sabemos dónde no lo hay. Un Gobierno en minoría -como parece apuntar el resultado electoral- no implica necesariamente un país endeble y una economía menos resiliente.

Santiago Carbó Valverde es catedrático de Economía de Cunef y director de estudios financieros de Funcas