El follón de WeWork debería acabar con el culto al fundador

Los creadores carismáticos de tecnológicas no siempre son los adecuados para dirigir una gran empresa

Logotipo de WeWork en una de sus oficinas en San Francisco.
Logotipo de WeWork en una de sus oficinas en San Francisco.

El reinado de Adam Neumann en WeWork ha terminado, con una recompensa por fracasar. El consejo de administración de la firma de oficinas compartidas ha optado por un paquete de rescate de casi 10.000 millones de dólares de su actual patrocinador SoftBank, que valora el negocio un 83% por debajo de su pico de 47.000 millones, informó el martes el Wall Street Journal. Que eso sea suficiente para que la matriz de WeWork, The We Company, construya unos fundamentos sólidos no se hará evidente durante algún tiempo. Los inversores pueden, sin embargo, velar por que Neumann sea el último fundador al que se permite desbocarse.

SoftBank ha acordado comprar 1.000 millones de dólares en acciones de Neumann, prestándole 500 millones para pagar un préstamo de JP Morgan, y entregándole unos denominados honorarios de consultoría de 185.000 millones. En la práctica, le están pagando para que se vaya, comprando el control del voto que tenía a pesar de poseer solo una participación minoritaria.

Eso agradará a otros inversores y empleados. Neumann fue, después de todo, responsable de la casi desa­parición de WeWork, así como de su meteórico ascenso. Inicialmente, los adeptos se apuntaron a sus tonterías, como querer “elevar la conciencia del mundo”. Pero la falta de atención a lo que supone un negocio inmobiliario echó a perder de cara al mercado la oferta pública de venta prevista por la empresa, que tuvo que ser abandonada.

También abundaron los conflictos de intereses. Iban desde que Neumann fuera dueño de propiedades que fueron arrendadas a WeWork hasta la recepción de 5,9 millones de dólares en pago por marcas registradas –una cantidad que tuvo que devolver cuando los asesores trataron de rescatar la oferta pública de venta. Mientras tanto, la compañía fundía dinero en efectivo: 2.200 millones de dólares el año pasado, más que sus ingresos.

El escrutinio que trajo el proceso de oferta pública de venta sobre el funcionamiento interno de The We Company ha evitado que los inversores se quedaran atrapados en el barullo. SoftBank, sin embargo, sí está atascada. Eso debería servir de lección para los inversores con sus propias visiones de grandeza.

Otra lección es el peligro de permitir que alguien tenga un poder incontrolado sobre el dinero de los inversores externos. Ni SoftBank ni los primeros mecenas de WeWork, como Benchmark Capital, pueden culpar de eso a nadie más que a ellos mismos.

Los fundadores de tecnológicas carismáticos como Neumann son tratados como deidades, pero no siempre son las personas adecuadas para dirigir una gran organización: el capital riesgo Benchmark Capital, por ejemplo, debería haber aprendido eso de Travis Kalanick en Uber Technologies. Ya es hora de acabar con el culto al fundador.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías