El BCE no puede cruzarse de brazos frente a una Europa poco aplicada

Los Gobiernos han desoído sistemáticamente los requerimientos de que arrimen el hombro para afrontar la desaceleración

La fortaleza que el BCE exhibió durante los duros años de la crisis y mostró sobradamente en todo el proceso de recuperación de la economía europea parece haber ido perdiendo fuelle en los últimos tiempos, mermada por importantes divisiones internas acerca de la política que Fráncfort debería seguir en estos tiempos de desaceleración. La muestra más palpable de esas disensiones ha sido la dimisión hace tan solo dos semanas de Sabine Lautenschläger, máxima representante alemana en el organismo, dos años antes de que finalizase su mandato como miembro del comité ejecutivo del banco. Defensora de una política monetaria ortodoxa, Laustenschläger ha expresado así su oposición a la última batería de medidas impulsada por Mario Draghi antes de dejar la institución, que incluyen la rebaja de la tasa de depósito hasta el -0,5% y la reanudación del programa de compra de deuda a partir del próximo mes de noviembre.

La salida de la consejera alemana no ha sido la única muestra de rechazo institucional hacia la política monetaria de Draghi. Los gobernadores de los bancos centrales de Alemania, Austria, Holanda y Francia han hecho visibles también sus discrepancias con Fráncfort, en especial en lo relativo a las inyecciones de liquidez. La política del BCE cuenta también con el rechazo de buena parte de una opinión pública alemana que arrastra elevadas dosis de descontento ya desde los años de la crisis, harta de unos tipos de interés que se comen sus ahorros y convencida de que la industriosa Alemania es la encargada de pagar la factura de la política expansiva de Mario Draghi.

La realidad es que ante un entorno de creciente enfriamiento económico, Fráncfort no puede hacer otra cosa que mantener una política de estímulos, una vez que los Gobiernos europeos han desoído sistemáticamente los requerimientos del banco para que arrimen el hombro en la tarea de afrontar la desaceleración en Europa. En el caso de los países con desajustes fiscales, las demandas del BCE se han centrado en la necesidad de contener el gasto y de realizar reformas estructurales, mientras que en las economías con margen presupuestario, como Alemania u Holanda, se han focalizado en un aumento de la inversión. Ante la terca negativa de unos y otros a cumplir con esas exigencias, el BCE no puede abandonar a su suerte a una Europa que tiene ante sí un horizonte repleto de nubes.