Depreciación del yuan: ¿habrá más?

La medida de China no es importante por su magnitud, sino por las posibilidades futuras

Sede del Banco Popular de China, en Pekín.
Sede del Banco Popular de China, en Pekín.

La reciente decisión del Banco Central de China que ha permitido la depreciación de su divisa hasta 7,05 yuanes por dólar desde los 6,88 por los que se intercambiaba a finales de julio solo supone un cambio del 2,5%. Esta medida de política cambiaria no es importante por su magnitud sino porque indica que el Gobierno chino no tiene intención de respetar el nivel de 7 yuanes por dólar y hace pensar en futuras depreciaciones que contrarrestarán el efecto de los aranceles establecidos por la administración de EE UU.

 

Los mercados reaccionaron de forma negativa, dejándose el S&P500 150 puntos, alrededor del 5% desde los recientes máximos históricos. Es pronto para saber cómo se tomarán las Bolsas este tipo de medidas más allá de la caída inicial ya que el verano es un momento de bajo volumen negociado. Lo que sí es seguro es que los recientes acontecimientos acaban con las posibilidades de un acuerdo entre ambos Gobiernos antes de las elecciones presidenciales de 2020.

La guerra económica entre China y EE UU no es reciente. En el segundo mandato de Obama el país asiático aprovechó la cercanía de las elecciones para depreciar su divisa desde 6,20 yuanes por dólar en verano de 2015 hasta 6,90 en el momento en el que se votó a Trump. La retórica de confrontación del republicano impedía que Obama reaccionase de forma contundente. Una vez que Trump llegó al poder, el yuan se apreció progresivamente hasta alcanzar los 6,30 hace poco más de un año. Desde entonces, China responde a las presiones americanas con depreciaciones de su divisa que afectan no solo a estos dos países, sino que tienen consecuencias negativas en el resto del mundo. Por ejemplo, los países emergentes no pueden endeudarse en su moneda local y se ven obligados a hacerlo en dólares para atraer a inversores internacionales. Con un dólar más caro tendrán dificultades para hacer frente a sus compromisos financieros. Además, como repite el FMI en sus informes sobre China, el control cambiario de su banco central prima los intereses políticos sobre los económicos y no contribuye a garantizar la estabilidad financiera de China ni de los países del entorno.

Además del frente cambiario, la lucha económica se libra desde el punto de vista comercial. Trump amenazó con aranceles que se creía que eran más una medida disuasoria que una opción real. Su puesta en marcha es lo que ha desencadenado reacciones del Gobierno chino con el establecimiento de, entre otras medidas, políticas restrictivas a las importaciones de productos agrícolas estadounidenses.

A nadie se le escapa que este tipo de actuaciones no se basa en argumentos económicos, sino que persigue castigar a uno de los colectivos que más votaron a Trump. Los aranceles y restricciones al comercio internacional han provocado una gran incertidumbre y ya afectaron temporalmente a la industria europea, tocada por el Brexit, que tras un mal inicio de año se ha recuperado ligeramente en los últimos meses alejando a países como Alemania o Italia de la recesión.

Mientras EE UU se protege con aranceles y China abarata sus productos con una moneda depreciada, siguen sin atajarse los problemas que hacen que las balanzas comerciales de ambos países se mantengan en un desequilibrio permanente. EE UU consume demasiados productos extranjeros porque su moneda sirve como reserva y para el comercio de materias primas. Mientras los consumidores estadounidenses gozan de un poder adquisitivo demasiado alto, las empresas se ven afectadas. En el caso de China la situación es la opuesta: su moneda artificialmente depreciada hace que sea fácil exportar al resto del mundo, perjudicando especialmente al sector manufacturero europeo y americano. Mientras las empresas chinas prosperan, los beneficios de este crecimiento no repercuten como debieran en el consumo de la población local.

La inestabilidad provocada por la guerra comercial y cambiaria ya tiene repercusiones en el precio del oro, que ha aumentado alrededor del 20% en el último año, y en otros activos que a pesar de su volatilidad pueden actuar como refugio para los inversores chinos como es el caso del Bitcoin, cuyo precio se ha triplicado desde el pasado marzo.

Activos considerados seguros, como el bono alemán a diez años, siguen experimentando una alta demanda y profundizan su rentabilidad negativa, que ya está en el -0,53%. El bono español a diez años ha pasado del 1,42% al 0,24% en el último año, acercándose también al terreno negativo. Esta tendencia podría profundizarse, ya que los tipos de interés marcados por la Fed continuarán bajando para contrarrestar los efectos que tiene la incertidumbre sobre el crecimiento económico, lo que a su vez condicionará la política monetaria de la Eurozona y de Japón, que podrían explorar tipos negativos más allá de niveles cercanos al cero.

Además, el secretario del Tesoro de EE UU ha manifestado que China manipula su divisa y elevará su protesta ante el FMI. Esto pondrá en marcha mecanismos que entorpecerán el comercio todavía más, por lo que el Gobierno chino podría responder con nuevas medidas sobre el tipo de cambio, en una dinámica que solo acentuaría los problemas. El efecto que la guerra económica entre las dos potencias tendrá sobre las Bolsas, el precio del petróleo y el crecimiento del PIB en Europa probablemente sea negativo, aunque es todavía una incógnita su cuantía, pero el aumento de la incertidumbre que provoca la guerra cambiaria y comercial nunca es bienvenido.

Juan Luis Santos es profesor en la Universidad CEU San Pablo e investigador asociado en el IAES y en el Grupo de Sistemas Complejos en Ciencias Sociales

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