¿Son necesarias las ciudades inteligentes?

El impacto de los avances que traen consigo estas urbes tienen que ser medibles y afectar a todos los ámbitos

¿Son necesarias las ciudades inteligentes?

Hoy en día todo tiene el prefijo smart o inteligente. Estamos familiarizados con teléfonos inteligentes, altavoces inteligentes e incluso frigoríficos inteligentes, pero ¿sabemos lo que significa cuando lo aplicamos a las ciudades? Los efectos que tienen para una ciudad y para sus ciudadanos los avaces tecnológicos son reveladores, aunque todavía desconocemos el alcance de este progreso.

Imaginemos, por un momento, que durante el desayuno una alerta nos avisa de que el viaje habitual al trabajo en metro hoy será en coche compartido. Pasarán a recogernos cerca de casa 7 minutos después de lo que acostumbramos. La notificación recibida también sugiere una ruta alternativa, que además tiene una recompensa en el viaje de fin de semana con amigos dentro del programa de fidelización impulsado por el ayuntamiento. Asimismo, nos descontarán un 20% del precio del billete de tren a la playa porque estamos ayudando a tener una ciudad más sostenible con nuestros hábitos de transporte. Y podremos votar electrónicamente cuál es el mejor proyecto para el barrio pudiendo elegir de manera transparente a donde van nuestros impuestos.

Cuando la tecnología y la información son capaces de atender las necesidades reales de sus usuarios y mejorar la calidad de nuestras vidas es cuando la hipótesis anterior se personaliza. Hasta hace poco tiempo no podíamos creer en ciudades inteligentes, ya que no basta con instalar tecnología sobre una estructura tradicional, sino que hay que provocar un cambio. Un cambio que genere unas externalidades positivas para todos, no solo para los que usan la tecnología. Las verdaderas ciudades inteligentes tienen activas sus tres capas: una inicial, donde hay una implantación generalizada o uso masivo de una base tecnológica gracias a los teléfonos, los sensores y las redes; en una segunda capa todos estos aparatos de la ciudad convierten los datos de uso sin procesar en comportamientos procesables; y por último, en una tercera capa, la adopción y uso de las aplicaciones que sean capaces de recibir esa información y provoquen cambio en los patrones de uso de los ciudadanos.

Si calificamos de ciudad inteligente a aquella que tiene las tres capas activas, todavía tenemos mucho camino por recorrer. El impacto de estos avances tiene que ser medible y tiene que afectar a todas las facetas de nuestra vida en comunidad, como pueden ser: la seguridad, el tiempo, la salud, la calidad ambiental, la comunidad, el empleo y el coste de vida, por nombrar algunos.

Si nos fijamos en el transporte, un aspecto clave de la vida en las ciudades, para que sea inteligente debe de contar con aplicaciones de transporte conectadas, con una gestión inteligente del tráfico y dar a los ciudadanos opciones de movilidad dinámica. La movilidad dinámica incluye la selección y combinación de múltiples modos de transporte, como autobuses, bicicletas, trenes y coches o motos compartidas, en lugar de elegir solo uno. Esto es posible y viable, como los visitantes de Helsinki o Singapur pueden experimentar.

Cambiar el tradicional paradigma de transporte a uno más moderno puede suponer reducir los tiempos de viaje en un 15%-20%, devolvernos cada día el tiempo perdido en el tráfico y aumentar nuestra productividad. Una ciudad con un transporte inteligente nos permite ir al trabajo de una manera diferente y no con el actual frenético ajetreo o los interminables tiempos de espera. El transporte inteligente también puede reducir el coste de la vida, ya que eventualmente renunciaremos a vehículos personales y al coste que acarrean.

A medida que el transporte se vuelve más inteligente, su efecto multiplicador afecta a otros sectores como el medio ambiente y la salud. En 2014, la Organización Mundial de la Salud estimó que 7 millones de muertes prematuras por año pueden vincularse a la contaminación del aire, siendo el coche privado uno de los agentes contaminantes más relevante. Regular el tráfico y desalentar el uso de vehículos propios al mismo tiempo que proporcionar alternativas viables, mejorará la calidad de nuestro aire y, en consecuencia, la calidad de nuestra salud.

Los beneficios de la ciudad inteligente demuestran lo importante que es aprovechar la oportunidad que el progreso tecnológico nos brinda para tener una ciudad futura más saludable, más habitable y aún más dinámica. El transporte inteligente es solo una de las facetas, pero representa una tremenda oportunidad de progreso.

Guillermo Campoamor es CEO de MEEP

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