El taxi, víctima de sí mismo y del nuevo consumo

Los taxistas no han sabido ver llegar a la competencia, han dejado fortalecerse a los sustitutivos y no han cuidado su servicio

La policía se enfrenta a taxistas en huelga mientras intentan bloquear la autopista M-40 en Madrid.
La policía se enfrenta a taxistas en huelga mientras intentan bloquear la autopista M-40 en Madrid. REUTERS

En 2012, cuando aparecían las nuevas formas de transporte en las ciudades, nada hacía pensar que sobre el taxi, con más de 65.000 licencias y que da trabajo a más de 130.000 personas, sobrevolaban las amenazas que hoy rondan al sector, como los buitres rondan a la presa malherida.

No solo ha llegado el fenómeno VTC, también disponemos del car sharing, las aplicaciones colaborativas de coche privado compartido, las motos eléctricas, los patinetes, las bicicletas de alquiler, los segways, etc. Sin duda, siete años después, la decisión no es desplazarse en transporte privado, público o taxi. Ahora la decisión incluye al menos seis nuevas alternativas, cada una con diferentes características, más ajustadas a los gustos de los nuevos clientes, más tecnológicas, más baratas, menos contaminantes, conectadas, inmediatas y sobre todo, flexibles, casi líquidas.

Michael Porter, profesor de Harvard y padre de la estrategia empresarial, definiría lo sucedido, desde su teoría de las cinco fuerzas, como una falta de previsión por parte de los taxistas de al menos tres factores. Por un lado, no haber visto llegar a los nuevos operadores; por otro, haber permitido el fortalecimiento de los sustitutivos y en tercer lugar, no haber cuidado el propio servicio prestado, el del taxi.

El taxista, acostumbrado a la ausencia de alternativas, ni iguales ni parecidas, no supo ver ni atender las nuevas necesidades de sus clientes. Concentrado en su rutina, buscando la rentabilidad de su negocio, en muchos casos para afrontar una deuda derivada de la compra de la licencia que ha llegado a cifrarse en los 200.000 euros, no percibió que sus clientes, sumergidos en las nuevas tecnologías, demandaban un nuevo tipo de servicio. Uno más rápido, prácticamente inmediato, que combinara el low cost con la sensación de funcionalidad personalizada, demandado a través de una aplicación telefónica, lejos del pago en efectivo y que se amoldara a sus gustos. El cliente ya no demanda que lo lleven, demanda la experiencia de ser llevado, al igual que en otros sectores donde ya no se demanda solo el café en la barra, se demanda la experiencia de disfrutarlo en un sofá, con mi nombre en el vaso, en un entorno conectado y flexible.

Este nuevo modelo de demanda, desatendido por los taxistas, generó un nuevo servicio, el VTC, nacido en las incubadoras del emprendimiento, apoyado por fondos de capital atraídos por la potencial rentabilidad de estos nuevos negocios. Prendieron mecha en varias ciudades, y alentados por el combustible de la globalización, fueron extendiendo su fuego por el resto del mundo. A esto se sumó la injusta atención fiscal que las distintas administraciones prestaron al VTC, exigiendo unos pagos por licencia ridículamente inferiores a los costes de licencia del taxi. Y así, casi sin que nos diéramos cuenta, un sustitutivo del taxi se ha convertido en su mayor competencia con cerca de 10.000 licencias y hoy, en su negro enemigo.

Adicionalmente, y buscando satisfacer los nuevos deseos de mostrarse alternativos, no contaminantes y originales, hemos ido aceptando nuevos sustitutivos, asistiendo estupefactos a patinetes, motos, segways y demás sistemas novedosos de transporte urbano. Van tan rápido que adelantan a nuestras viejas y escleróticas leyes. Estas van parcheando la situación con la lengua fuera y desajustes de criterio.

Al taxi, que circulaba por el carril central de las ciudades, le ha adelantado el nuevo modelo de consumo que no pone el intermitente, te rebasa por la derecha, no mantiene la distancia de seguridad y supera los límites de velocidad.
Montar en un taxi, ir al cine, tomar el café en el bar, tener casa y coche en propiedad y dormir en un hotel definen al consumidor clásico, mientras que moverse en bici, ver series en casa, disfrutar de la experiencia del café, dormir en casa compartida y no tener coche definen el nuevo modelo de consumidor.

Fernando Tomé es Decano de la Facultad de Ciencias Sociales Universidad Nebrija

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