Cómo salvar el capitalismo de sí mismo y de los monopolios

Dos libros señalan la inadecuación de las normas actuales contra el dominio abusivo de las grandes empresas

Margrethe Vestager, comisaria europea de Competencia.
Margrethe Vestager, comisaria europea de Competencia.

Los oligopolios son omnipresentes, el dinamismo disminuye y el crecimiento salarial es miserable. Como resultado, la fe popular en el capitalismo está viéndose empañada, como demuestran los chalecos amarillos de Francia y la elección de Donald Trump en EE UU. Dos nuevos libros, La maldición de la grandiosidad (The Curse of Bigness, Columbia Global Reports), de Tim Wu, y El mito del capitalismo (The Myth of Capitalism, Wiley), de Jonathan Tepper y Denise Hearn, argumentan que el problema se debe en parte a la falta de competencia. Ambos se centran en el resurgimiento de la lucha contra los monopolios en EE UU como solución; los responsables de la formulación de políticas de todo el mundo deberían prestar atención.

 Los monopolios están en los titulares gracias al auge sin fin de gigantes tecnológicos como Amazon, Google y Facebook. Su escala aporta un enorme poder, y su solidez financiera les permite tragarse las startups competidoras por docenas. Pero Wu, profesor de la Facultad de Derecho de Columbia, y Tepper y Hearn, del grupo de investigación Variant Perception, demuestran que el problema es mucho más amplio. Eso se debe a casi cuatro décadas de laissez-faire y a un régimen de competencia en EE UU que se centró demasiado en el bienestar del consumidor y el impacto en los precios.

Las estadísticas que citan son abrumadoras. Dos compañías controlan el 90% de la cerveza que beben los estadounidenses; cinco prestamistas controlan más de la mitad de los activos bancarios del país. Se están creando menos empresas, y el número de compañías de EE UU que cotizan en Bolsa ha bajado a en torno la mitad entre 1996 y 2016. Ya no hay competencia que frene los beneficios corporativos desmesurados. Mientras, los salarios se han estancado.

La maldición de la grandiosidad ofrece un panorama sobrio y convincente de cómo hemos llegado aquí, advirtiendo de alarmantes consecuencias al establecer paralelismos con la Edad Dorada de los fideicomisos tipo Rockefeller de finales del siglo XIX. Los fracasos de la política global concentraron entonces el poder económico y allanaron el camino para las dictaduras posteriores.

El título de Wu es un guiño al juez del Tribunal Supremo Louis Brandeis (1856-1941), cuya agenda progresista y cuya preocupación por el impacto político general de la “grandiosidad” corporativa merecen un revival. Eso se produciría a expensas de la interpretación de las normas antimonopolio popularizadas por el académico Robert Bork a finales de la década de 1970: sostenía que la eficiencia y el precio importan más que el tamaño.

El mito del capitalismo aborda parte del mismo terreno, y ofrece su propia argumentación convincente de por qué el fracaso en el gobierno de los gigantes es tan dañino. Tep­per y Hearn lo muestran con éxito con muchos gráficos dramáticos y ejemplos reveladores. El libro comienza con el médico David Dao, brutalmente arrastrado fuera de un vuelo de United Airlines con overbooking. La mala publicidad de ese tristemente célebre episodio debería haber hundido las acciones de la compañía. En la práctica, puso de relieve las pocas opciones que tienen los pasajeros de las aerolíneas. Hay más ejemplos: la mafia, los parásitos cerebrales, los niveladores del siglo XVII, Warren Buffett y el admonitorio relato de una comparación de precios aplastada por la jerarquía de búsquedas de Google.

Es difícil estar en desacuerdo con cualquiera de los dos libros sobre la inadecuación de las herramientas y reglas actuales. Por ejemplo, la decisión de EE UU de aprobar la compra por parte de AT&T de Time Warner el año pasado, que supone que el contenido de los medios es intercambiable; o la capacidad de Facebook de quedarse con sus rivales Instagram y WhatsApp sin interferencias. La escala corporativa está creciendo incluso en Europa, que ha sido mucho más activa en la vigilancia de empresas como Google.

Romper los monopolios –el proceso de dividir las grandes empresas en pequeñas– es una solución inevitable, como argumentan ambos libros. Incluso rivales más pequeños deberían enfrentarse a revisiones de fusiones más duras. Ambos tienen razón en que las autoridades de EE UU deberían examinar los precios abusivos de forma más enérgica, en la línea de las revisiones de competencia de Reino Unido. Una base de accionistas más diversificada también podría ayudar.

Sin embargo, renovar las herramientas para evaluar nuevas formas de poder de mercado es más complicado. Es difícil acusar a Facebook de precios injustos cuando su producto es gratuito –al menos en la superficie– y Amazon vende libros tirados de precio. ¿Cómo medir la calidad, la innovación o las condiciones de empleo mientras se reduce el número de empleadores?

A veces los autores disparan en demasiados ángulos. El tamaño por sí solo no es un problema, y la búsqueda de eficiencia por parte de las empresas sigue siendo importante, aunque no sea una defensa de los comportamientos anticompetitivos. Una represión rigurosa podría ser tan perjudicial como la actitud excesivamente permisiva de las últimas décadas, cuando muchos casos marginales escaparon al escrutinio.

Aún más arriesgado es introducir la política en las decisiones antimonopolio. En un momento tan dividido, mezclar los objetivos políticos con los argumentos económicos podría ser una caja de Pandora. Sin embargo, si resulta imposible reactivar la competencia, la cuestión más importante es si el sistema capitalista del que dependen las grandes empresas puede sobrevivir.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías

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