El populismo llega a la etapa de crisis

Tras la euforia y el apego inicial en la relación con sus votantes, es la hora de la verdad

El primer ministro italiano, Giuseppe Conte (centro), y los viceprimeros ministros, Matteo Salvini (derecha) y Luigi Di Maio (i), en el Congreso de Italia.
El primer ministro italiano, Giuseppe Conte (centro), y los viceprimeros ministros, Matteo Salvini (derecha) y Luigi Di Maio (i), en el Congreso de Italia.

Las relaciones pueden dividirse en cuatro fases. La primera de ellas es la euforia. Se corresponde con el momento en el que se perdonan todos los fallos de la pareja y lo positivo compensa totalmente lo negativo. La segunda fase es la del apego temprano. La euforia se ha calmado hasta ser reem­plazada por un estado de contención. Entonces, inevitablemente, aparece la crisis. Algo cambia de forma drástica, creando un punto decisivo para la relación. Si, y solo si, la crisis se navega con éxito, se entra en la fase de apego profundo. Es entonces cuando las relaciones se asientan en el largo plazo.

Conforme entramos en 2019, la relación de la ciudadanía con los políticos populistas dará forma al escenario político para los mercados. Esperamos que esta relación siga el patrón de las cuatro fases. La fase de euforia se produjo entre 2016 y 2018 cuando los votantes apoyaron a los candidatos populistas y a sus causas. En parte esta reacción fue una respuesta al dolor económico que siguió a la crisis financiera mundial. También reflejó el resentimiento a largo plazo hacia las élites y los efectos que la globalización había infligido sobre los niveles de vida en el mundo desarrollado. Estos problemas son complejos, pero los políticos populistas proponen soluciones simples y atractivas. Y una gran parte del electorado decidió aceptarlas.

Esta catarsis eufórica se manifestó como una serie de shocks en las urnas. Hemos visto victorias para Víktor Orbán en Hungría, Rodrigo Duterte en Filipinas, el Partido Ley y Justicia en Polonia y Jair Bolsonaro en Brasil. En Reino Unido, la campaña Marcharse (Leave), el buque insignia del partido populista UKIP, prevaleció en el referéndum sobre la salida de la UE. En Estados Unidos, Donald Trump fue elegido presidente gracias a su defensa del proteccionismo comercial y los controles migratorios. Y en Italia este año, la Liga y el Movimiento Cinco Estrellas han podido formar un Gobierno de coalición.

Tras estos avances, la relación entre la opinión pública y los populistas ha pasado por varias etapas de una fase de apego temprano teñido de rosa. Hasta ahora, el electorado ha estado recibiendo de los populistas aquello por lo que votó. En Estados Unidos, Trump ha cumplido con sus promesas de recortar impuestos y alentar el proteccionismo comercial. En Reino Unido, el proceso de Brexit está en marcha, con la salida de la Unión Europea programada para marzo de 2019. Y el Gobierno italiano se ha embarcado en un programa contradictorio de política fiscal expansiva y de recortes de impuestos.

Sin embargo, en 2019 estamos a punto de entrar en la fase de crisis, ya que la realidad de estas políticas comenzará a hacer daño. Los populistas electos tendrán que lidiar con los aspectos prácticos del gobierno en un contexto económico potencialmente más débil. En EE UU, el control de la Cámara de Representantes por parte de los demócratas amenaza con investigaciones constantes de los asuntos del presidente y un estancamiento total de la política interna. Para recuperar el control del flujo de noticias, Trump tendrá que subir la apuesta mediante medidas llamativas, como políticas comerciales aún más agresivas. Unas decisiones que pueden dañar a sus partidarios más leales donde más les duele: en sus bolsillos.

En Italia, el nuevo Gobierno tendrá que enfrentarse a la realidad de gobernar dentro de una coalición de dos partidos muy diferentes. También debe intentar que su plan fiscal funcione sin destruir la capacidad de Italia para pagar su deuda. Los choques con la UE y el impacto en el rendimiento de la deuda italiana supondrán un desafío para la coalición, lo que podría derivar en otras elecciones o en una crisis de la zona euro en toda regla, algo que está siempre a la vuelta de la esquina.

Mientras, Reino Unido alcanzará el momento de crisis cuando las etapas posteriores al Artículo 50 del Brexit empiecen a hacer daño y el país tenga que lidiar con cualquier acuerdo, se alcance o no. Eso expondrá la imposible puesta en práctica de las posiciones de algunos populistas pro-Brexit que han defendido simultáneamente la independencia de la UE y el comercio sin fricciones con ella.

Como resumen, los políticos populistas serán puestos a prueba en 2019. Es probable que esto también ponga a prueba a los votantes a medida que los populistas intentan construir un profundo vínculo con una política poco ortodoxa y un discurso agresivo. Algunos populistas pueden descubrir que un entorno económico o político complejo les favorece: les da un enemigo contra el que luchar. La pregunta clave es si los desafíos de 2019 harán que los votantes cambien de rumbo o profundicen su apego a estos partidos.

Un aspecto a tener en cuenta es ver cómo responden los políticos moderados. En países como Alemania, Países Bajos y Suecia ya se han inclinado hacia posturas populistas en un intento por eliminar el atractivo de los populistas de verdad. La mayoría entendería que los populistas fracasaran bajo el peso de sus propias políticas.

El problema de fondo para todos los responsables políticos es que no existen soluciones sencillas para los problemas que están profundamente arraigados en una economía moderna y globalizada. Es probable que en 2019 esa realidad se vuelva aún más cruda; la pregunta es si los votantes seguirán apegados a los partidos populistas a través de la confrontación. Mientras, es probable que los mercados continúen luchando para ponerle precio al populismo, sin importar en qué etapa se encuentre.

Stephanie Kelly es economista política de Aberdeen Standard Investments

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