La deuda, la mayor debilidad de Europa

El excesivo endeudamiento es un riesgo global, pero la UE tiene más limitaciones para afrontarlo

El vicepresidente del BCE, Luis de Guindos, y el presidente del organismo, Mario Draghi.
El vicepresidente del BCE, Luis de Guindos, y el presidente del organismo, Mario Draghi. EFE

En el décimo aniversario de la caída del banco de inversión Lehman Brothers, que desencadenó después lo que se vendría a llamar la Gran Recesión, uno puede ver el vaso medio lleno. Gracias a figuras académicas como Ben Bernanke, y a líderes políticos con agallas como Gordon Brown, se evitó otra gran depresión. Hoy la mayoría de los países, incluida España, han recuperado los niveles de PIB del 2008, el paro ha bajado (en EE UU y en Alemania está incluso por debajo del 4%) y el sistema financiero es más resiliente. Los bancos han reducido sus niveles de endeudamiento, han aumentado sus ratios de capital, se ha implementado todo un sistema de regulación macroprudencial y en la zona euro tenemos un supervisor bancario único, que en principio debería ser más independiente y por lo tanto más efectivo a la hora de detectar problemas en los bancos sistémicos. Además, a mayores, la zona euro tiene un Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera (el MEDE, que es como una especie de fondo monetario europeo) y un Banco Central Europeo que ha demostrado estar dispuesto a defender la moneda única con todo el arsenal de liquidez que tiene, que, por cierto, es infinito. 

Sin embargo, el vaso también se puede ver medio vacío. En términos médicos, se ha salvado el paciente, pero las heridas han sido profundas y todavía no se han curado, y la patología subyacente todavía no se ha diagnosticado bien y su poder maligno sigue intacto o incluso aumentando. Las heridas tienen que ver, sobre todo, con la desigualdad. Esta ya venía creciendo, pero ha aumentado desde la caída de Lehman tanto en la renta como en la riqueza y como en el poder de ciertos actores. Y un claro síntoma de ello, como señala un informe reciente de la OCDE, es que el ascensor social se ha roto. Esto es preocupante porque justamente la legitimidad del orden liberal se basa en ese pilar. Si se tambalea, surgen los populismos antisistema. Pero la desigualdad es solo el síntoma, la enfermedad latente es la excesiva financiarización de la economía. Como indica Adair Turner en su libro apropiadamente llamado Between Debt and the Devil (entre el diablo y la deuda), el sector financiero es hoy en día excesivamente poderoso y atrae demasiado capital y talento.

Una de las principales razones de esta evolución es estructural. El capitalismo moderno depende excesivamente de burbujas crediticias ligadas al sector inmobiliario para crecer, y esas burbujas suelen estar generadas por la banca, ya que, por su sistema fraccionado, es realmente la responsable de crear dinero. La consecuencia de todo esto es que generamos demasiada deuda. Y lo cierto es que la deuda ha sido la que nos ha llevado a la crisis financiera hace diez años, y desde entonces en vez de reducirse solo ha aumentado a nivel mundial.

Un estudio reciente de McKinsey calcula que en 2007 la deuda total en el mundo (sumando la deuda pública, la de las empresas no financieras y la de los hogares) era de 97 billones de dólares. Diez años más tarde, en 2017, ya llegaba a los 169 billones, es decir, ha experimentado un aumento del 74%, o lo que es lo mismo, ha pasado del 167% del PIB mundial al 209%. China ha aumentado su deuda enormemente, del 145% al 256% del PIB, pero países de referencia como Suecia (233% a 275%), Canadá (221% a 296%) y Francia (216% a 304%) también lo han hecho. En España la deuda ha pasado del 242% en 2007 al 275% en 2017 (y llegó a estar en 297% en 2013).

Esta montaña de deuda acumulada en una década, que para algunos países sigue una tendencia ascendente, se va a convertir en términos ciclistas en una pared muy pendiente en la siguiente recesión, que algunos ya vaticinan que será en los próximos dos o tres años. Cuando llegue la crisis, muchos Estados, y muchos hogares y empresas, no tendrán parches para amortiguar el dolor y entonces las heridas señaladas anteriormente pueden abrirse todavía más. La historia nos dice que hay cuatro maneras de reducir deuda.

  • Crecer. En eso estamos, pero debido precisamente al sobreendeudamiento, al envejecimiento y la revolución tecnológica que mantiene los salarios bajos y la productividad concentrada, no lo estamos haciendo a los niveles deseados.
  • Aumentar la inflación. Por ahora eso tampoco lo hemos conseguido, y no va a ser fácil lograrlo. La inflación ayuda a los deudores y perjudica a los acreedores. Hoy en nuestras sociedades hay muchos deudores y pocos acreedores, que tienen mucho poder y van más a votar, y no quieren ver cómo sus ahorros pierden valor. 
  • Guerra, civil o con otros países. Esperemos que no tengamos que acudir a esta opción. Reduce la desigualdad, pero hace a todo el mundo más pobre.
  • Y, finalmente, está la opción de reestructurar la deuda, o hacer quitas. Esto se ha hecho desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, hacer reestructuraciones masivas no es fácil socialmente y algunos países están más preparados que otros. EE UU y China, por diferentes razones, están en una mejor posición. En EE UU se admite que el acreedor arriesga cuando invierte y por lo tanto puede perder la camisa. En China el Partido Comunista ha desarrollado un sistema de patronazgo que hace que muchos acreedores acepten pérdidas en el presente si quieren seguir haciendo negocios en el futuro. En Europa, en cambio, sobre todo en el norte, la moral imperante es que el deudor tiene que pagar todas sus deudas. Eso se ve reflejado en el kit de herramientas de los bancos centrales. 

En última instancia, y si la situación así lo exige porque las opciones 1 y 2 no han funcionado, la Fed y el Banco de Inglaterra, y lo mismo vale para el Banco de Japón (y por supuesto para el chino), podrían eliminar la deuda que tienen acumulada en sus balances. El BCE no. Iría contra el Tratado de Maastricht. Bien es cierto que los tratados se pueden cambiar. Pero ahora mismo es difícil ver un consenso político para lograrlo. Esa es la mayor debilidad de Europa de cara al futuro.

Miguel Otero Iglesias es Investigador principal del Real Instituto Elcano.

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