El conflicto de Ryanair o el difícil reto de conciliar los derechos y deberes de todos

La dudosa política laboral de la compañía ha desatado movilizaciones en varios países para esta semana

Ryanair huelga

Los conflictos laborales que rodean a la compañía irlandesa Ryanair crecen por momentos y tienen, como suele suceder en los incendios, varios focos que los alimentan. En España hay dos frentes abiertos: el del colectivo de pilotos y copilotos, representados mayoritariamente por el sindicato Sepla, y el de los tripulantes de cabina, aglutinados en torno a USO y Sitcpla. La movilización de ambos grupos se basa en la misma reivindicación –fundamentalmente, la de que se aplique a sus contratos la legislación laboral española en lugar de la irlandesa– pero sus armas son distintas. Mientras los pilotos han optado por presentar una demanda ante la Audiencia Nacional, los tripulantes de cabina han convocado una huelga este miércoles y jueves como forma de presionar a la compañía. El personal de ambos colectivos está contratado bajo regulación irlandesa y, en buena parte, a través de compañías intermediarias. Esa dudosa política laboral, enfocada exclusivamente en beneficio de Ryanair y no de la plantilla de la compañía en los distintos mercados en que opera, ha desatado también protestas en el personal de la aerolínea en Portugal, Bégica e Italia, que se unirán a la huelga de esta semana.

El perjudicado inocente de este y de cualquier conflicto que afecte a infraestructuras y transportes es sin duda el consumidor. Ello es evidente, como también lo es que el personal de las aerolíneas, como todo trabajador, tiene que tener garantizado el derecho a la huelga y a la defensa de sus condiciones laborales. Esas prerrogativas coexisten con el deber de los poderes públicos de garantizar en estos conflictos unos servicios mínimos suficientes, tal y como ha hecho el Ministerio de Fomento. Se trata de la dificultad, siempre presente en un Estado de derecho, de conciliar derechos y deberes, y de evitar que un conflicto laboral provoque un daño desproporcionado en la población general. Más allá de que las movilizaciones o la vía judicial flexibilicen o delimiten los derechos laborales de la plantilla de Ryanair, todo apunta a que la compañía no aspira a distinguirse por el respeto y el buen trato hacia su personal. Una actitud que debería repercutir seriamente en su imagen y pasarle una factura adecuada. 

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