¿Cómo ha llegado Argentina a esto?

El pesado lastre que heredó Macri es el origen de una crisis que puede costar caro a su Gobierno

El secretario del Tesoro argentino, Nicolás Dujovne, estrecha la mano de Christine Lagarde, directora del FMI.
El secretario del Tesoro argentino, Nicolás Dujovne, estrecha la mano de Christine Lagarde, directora del FMI.

La enorme pérdida de valor del peso en los últimos días y la reacción del Gobierno y el Banco Central argentinos (sobre-reacción, incluso) para evitar una espiral descontrolada complicarán ostensiblemente el panorama monetario y económico de los próximos meses. Supondrán asimismo un foco de tensión social y de incertidumbre sobre la estabilidad del Gobierno y su capacidad para continuar con las reformas.

El peso ha sufrido una depreciación de un 20% en lo que va de año, la mayor del mundo a excepción de la arruinada Venezuela. Durante el reciente desplome, el Banco Central ha subido tres veces tipos en solo una semana –del 23,25% al 40%– e inyectado 5.000 millones de dólares, una intervención cercana al 10% de sus reservas. Mientras, el Gobierno ha comenzado sus conversaciones con el FMI para recibir asistencia financiera y ha endurecido su meta fiscal para el año en curso, desde un déficit primario del 3,2% del PIB a uno del 2,7%. Finalmente, el FMI aceptará un programa estándar (SBA) de alto acceso.

Pero ¿cómo hemos llegado hasta aquí? El pesado lastre kirchnerista que heredó Macri a finales de 2015 ha condicionado enormemente la política económica del Ejecutivo. Los equilibrios eran delicados pero manejables, con los vientos externos a favor. El Gobierno inició su mandato con una mega-devaluación del peso para atajar el atraso cambiario de años anteriores; puso fin al contencioso con los fondos buitre, finiquitó el cepo cambiario y desmanteló los controles de capital; rehízo las estadísticas, reformó las pensiones y recortó los subsidios públicos; volvió a sentarse con el FMI y apostó por el sistema multilateral de comercio. Además, reforzó la independencia del Banco Central y estableció un sistema de metas de inflación similar al del resto de países, elementos ambos necesarios para acometer la desinflación y anclar de una vez por todas las exacerbadas expectativas de inflación.

Esta batería de medidas pretende convertir Argentina en un socio fiable y homologable en la arena internacional. Asimismo, busca encauzar el desequilibrio fiscal e impedir que lo monetice el Banco Central como antaño. También ambiciona restaurar la competitividad perdida por una divisa sobrevaluada, reponer las reservas, incrementar la seguridad jurídica para animar las inversiones privadas y posibilitar el endeudamiento exterior accediendo a los mercados internacionales, cerrados a cal y canto hasta la llegada de Macri a la Casa Rosada.

Ciertamente, algunas de estas piezas no encajaban bien entre sí. La mega-devaluación y el recorte de subsidios presionaron al alza la inflación y alentaron las demandas salariales; la nueva inversión escaseó y el prometido repunte de las exportaciones no se produjo; la deuda pública se disparó tras la emisión de 100.000 millones de dólares en los mercados externos y el desequilibrio en la cuenta corriente se acentuó con la reversión del superávit comercial en déficit y el abultado aumento de los intereses por la nueva deuda contraída, elevando la dependencia financiera externa. Nada de esto impidió a Macri, con todo, seguir disfrutando de un respaldo popular elevado en términos históricos y regionales, que le permitió mejorar los resultados del oficialismo el pasado octubre en las elecciones parlamentarias de mitad de mandato. La aprobación presidencial se benefició, indudablemente, de una recuperación económica incipiente pero que se iba consolidando.

Pero la debilidad de la estrategia encalló en la insuficiente desinflación de los precios. Las metas de inflación se incumplieron de largo en 2017 (al cerrar esta en el 25%, 8 puntos más que el límite superior del rango meta) y el Gobierno las relajó hasta 2020. Las expectativas de inflación continúan sin mejorar y apuntan a tasas del 20% a final de 2018, que volvería a rebasar en 5 puntos la nueva meta. Para empeorar las cosas, el Banco Central generó incertidumbre y confusión al rebajar el tipo de interés el pasado enero al 23,25%, apresurándose sin motivo y dificultando de esta forma que la desinflación prospere.

De esta forma, los delicados equilibrios de la política económica funcionaron mal que bien en 2017, permitiendo la recuperación económica y una consolidación fiscal gradual mientras la inflación se resistía a bajar. Pero estos equilibrios se han vuelto ahora más precarios y así hemos llegado a la repentina tensión del mercado cambiario, cuyos detonantes inmediatos han sido la normalización monetaria en EEUU y la generalizada apreciación del dólar, el cuestionamiento de la errática estrategia del Banco Central argentino o al miedo atávico de los argentinos a la volatilidad del peso. Que este episodio desate una crisis de confianza dependerá, en gran medida, de las medidas que adopte el gobierno a corto plazo.

Por lo pronto, la recuperación queda ahora en entredicho con el descomunal endurecimiento monetario. El tono restrictivo de la política monetaria podría frenar la recuperación o devolver a la economía a la recesión y complicará la consolidación fiscal. Los propios tipos de interés del 40%, a su vez, tardarán en surtir efecto sobre la tozuda inercia inflacionaria y la desconfianza en el peso. Mientras, la ayuda externa que preste el FMI vendrá sí o sí con condiciones, que contribuirán con la dureza monetaria a un menor crecimiento.

El coste político puede ser elevado: los socios del Gobierno pueden dar la espalda al Ejecutivo, que ya está en minoría. El propio rechazo que suscita el FMI en Argentina –solo comparable al que siente el FMI por Argentina– puede aniquilar el respaldo social del Gobierno y su continuidad política, evaporando las posibilidades de reelección de Macri en 2019.

Pero el Gobierno también puede hacer bien las cosas y, con una pizca de suerte, sortear este episodio de tensión cambiaria sin excesivas complicaciones, salvar la recuperación, retomar las reformas algunas francamente ineludibles y, con ayuda del Banco Central, conseguir que Argentina deje atrás su “anormalidad” de déficits externos y fiscales recurrentes, peso inestable e inflación disparada.

Fernando Gutiérrez del Arroyo es Economista en Solchaga Recio & Asociados

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