Miguel Ángel de Gregorio: “El dinero nuevo busca negocios que le den blasones”

El bodeguero y propietario de Finca Allende es uno de los viticultores más innovadores de La Rioja

Cree que mientras en España se hacía vino para subsistir, los vecinos franceses e italianos hacían arte

Bodegas

Nació en una tierra más de lana que de vino, en Almodóvar del Campo, Ciudad Real, en 1964, dentro de una familia con tradición olivarera y vinícola. Ni que decir tiene que el destino de Miguel Ángel de Gregorio ya venía marcado por sus ancestros, que trabajaron en una “tierra dura y austera como es La Mancha, donde hay que madrugar mucho porque a las dos de la tarde no se aguanta el calor”. Todo cambió cuando a su progenitor lo fichó Marqués de Murrieta, y él también fue “trasplantado a La Rioja”, región a la que siente un gran apego, “porque al final uno es de donde hace el Bachillerato”. Ingeniero agrónomo, desde 1997 vive volcado en su bodega Finca Allende, ubicada en Briones.   

¿No siente sus raíces manchegas?

Soy más del Norte que del Sur, porque me cuesta más entenderlos, sobre todo la forma que tienen de concebir la vida. Nada puede esperar a mañana, todo debería haberse hecho ayer. Yo vivo en una permanente víspera, nunca acabo de llegar adonde quiero, y ellos viven permanentemente en el ayer.                                                                 

¿Cómo conviven sus prisas con la paciencia que hay que tener con el vino?

La prisa por hacer no significa que recoja los frutos al día siguiente. Un vino no es algo estético, requiere de tiempo y de agilidad para preparar el viñedo. Porque los momentos más importantes de la viña implican cortar, y son el día que podas y el día que vendimias. Es la decisión más difícil porque una vez que cortas ya no hay marcha atrás.

¿Cómo se aprende el oficio?

Por transmisión oral. Recibí la herencia del conocimiento probando, descubriendo... Hace 30 años éramos tercermundistas a nivel vinícola. Viajábamos a Francia y a Italia para ver qué se hacía, pero ahora eso ha cambiado. Gente como Alejandro Fernández o Álvaro Palacios abrió un camino importante, sin necesidad de importar variedades francesas. Hemos aprendido el oficio de otros. Nuestros abuelos hacían vino como complemento de la dieta, mientras nuestros vecinos hacían arte. Pero en estas tres décadas hemos avanzado lo que otros en 200 años.

Es un sector en el que ha entrado mucha gente sin oficio.

Esto ha pasado porque la gente pensaba que esto era glamuroso. En lo que va de año, yo estoy dando mi segunda vuelta al mundo, y acabaré dando otra más este año, con mi botella debajo del brazo. Pero hubo unos años en los que entraron aristócratas, marqueses, cantantes, toreros, no solo fue el ladrillo el que invirtió su dinero en blasones vinícolas. Con la crisis fueron cayendo, pero hicieron daño.

¿Por qué hicieron daño?

Enturbiaron el mercado, acaparaban las portadas de los medios. Era noticia que un futbolista dijera que había invertido en una bodega pero que no le gustaba el vino, o actores que eran la imagen visible de una marca. Eso hizo mucho daño. Ahora están invirtiendo en restaurantes. El dinero nuevo busca negocios que le den blasones. Sin embargo, ha habido otros empresarios que sí consolidaron sus negocios porque tenían interés en el vino. Y todo esto nos perjudicó porque somos un país con la mayor superficie de viñedo, el tercer productor de vino, el séptimo en cuanto a valor añadido porque carecemos de grandes estructuras empresariales que nos permitan abordar grandes saltos. Y se necesitan esas estructuras para poder competir, porque hay grupos chinos que mueven cifras de millones de botellas. No tenemos el nivel de prestigio de Burdeos o de Borgoña, ni los márgenes de Champagne, ni los volúmenes de los grandes grupos empresariales. Lo que tenemos son grupos que se están fusionando.

¿Entra en sus planes esa posibilidad?

Yo soy una microempresa y me he autofusionado, porque o crecía o decrecía, con una situación cómoda en el medio plazo. En Allende vendemos 350.000 botellas, y ahí no tenemos posibilidad de crecer manteniendo los parámetros de calidad. Surgió la posibilidad de comprar otra bodega, Finca Nueva, también compramos Bodega Bretón, y cuando te metes en todo esto es con voluntad de crecer, porque el volumen importa. Las bodegas familiares sobreviven con 30.000 botellas porque son pequeñas. Los propietarios no podemos llegar a todo. Cuando tenía una estructura familiar cometí el error de no quedarme con otras empresas, porque no tenía equipo. Ahora somos seis personas viajando y el 70% de la producción se vende fuera. A mí donde menos me gusta vender vino es en Logroño, y me cuesta menos llegar a Londres que a Madrid.

¿Por qué cree que es respetado en el mundo del vino?

He seguido mi camino para hacer vino de manera honesta. Soy un humilde payaso, que intenta arrancar una sonrisa al que vendo una botella. Lo que he desarrollado son los biotipos, patrones con los que preservar el material genético de mis viñedos para la posteridad. Eso es lo que le da el carácter al vino. Empezamos con mil plantas de todas mis viñas, y se han hecho varias colecciones de clones de tempranillo y de graciano, que ahora se venden y componen la colección clonal, y de los que se obtiene el material vegetal para nuevas plantaciones.

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