Unas muletas monetarias que antes o después habrá que abandonar

La estrategia de Draghi se basa en que la recuperación europea no es todavía autónoma

Con la férrea prudencia que le caracteriza, el Banco Central Europeo anunció ayer en Francfort su plan para reducir los estímulos monetarios que han alimentado la economía europea desde el estallido de la crisis y que han sacado a flote al propio euro. El consejo de gobierno del banco ha decidido mantener sin cambios los tipos de interés, pero recortará el programa de compra de deuda desde los actuales 60.000 millones mensuales a solo 30.000 millones. Será a partir de enero y hasta septiembre del próximo año, aunque Mario Draghi ha dejado bien clara la posibilidad de extender ese plazo, así como de volver a aumentar la cuantía de las compras si fuera necesario. Una necesidad que se resume en dos posibles escenarios adversos: el de una economía europea que se comporte peor de lo previsto o el de una mala evolución de los precios.

La estrategia de Mario Draghi se basa en el convencimiento de que la recuperación económica europea no es todavía autónoma y precisa de estímulos monetarios que la sostengan. Ello marca una profunda diferencia entre la estrategia de retirada de estímulos del BCE y la que está llevando a cabo la Reserva Federal de EEUU. La solidez de la economía estadounidense no hace necesarias las muletas, lo que ha llevado a la FED a dar un paso más y renunciar a reinvertir los vencimientos de deuda, una medida que Draghi no contempla en Europa. El BCE seguirá reinvirtiendo la deuda en balance que llega a vencimiento, lo hará incluso cuando se ponga fin al programa de compra de deuda y durante todo el tiempo que haga falta. Al igual que mantendrá abierta la barra libre de liquidez mientras las condiciones económicas lo hagan necesario.

Aunque la cautela de Draghi tiene sentido en una UE en la que la recuperación económica es desigual y la financiación dista de ser todo lo accesible que debería, el BCE tendrá que poner fin tarde o temprano a sus estímulos. A ese objetivo no ayudan la persistencia de focos de inestabilidad política –como la salida de Reino Unido y la crisis de Cataluña–, pero tampoco hay que olvidar que Europa no ha sido, no es y quizá no será nunca una perfecta balsa de aceite.

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