El día importante no es el 1, sino el 2 de octubre

No habrá independencia y el mayor reto será gestionar el día después de la consulta.

Los independentistas tienen una visión idealizada de la comunidad internacional

Referéndum cataluña
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, junto al vicepresidente, Oriol Junqueras, repasa su dispositivo móvil durante un receso del pleno de ayer.

Cataluña no será un Estado independiente. Al menos, no lo será este año tras el referéndum del 1 de octubre. Aunque se rebusque en los libros de historia, no hay precedentes de una democracia consolidada que pierda una porción de su territorio –no hablamos de colonias- sin acuerdo entre las partes. España, con todos sus defectos y sus lagunas en separación de poderes, es un Estado democrático y de derecho. Además, forma parte de una Unión Europea, que no es otra cosa que una unión de Estados y que en caso de duda apoyarán a su igual. El Estado español cuenta con instrumentos variados y suficientes, incluido el monopolio de la violencia, para evitar que la hoja de ruta de la Generalitat se cumpla.

Todo esto lo saben los dirigentes catalanes y también buena parte de la población, con independencia de que sea o no nacionalista y con independencia de que sea nacionalista catalana o española. (Sí, el nacionalismo español también existe. Le llaman, en un afortunado hallazgo del sociólogo Michael Billig, nacionalismo banal. Pero eso no significa que sea benigno). A pesar de la evidencia, la Generalitat de Cataluña ha seguido avanzando hacia Ítaca. Una travesía que, como en el poema de Kavafis, está llena de aventuras y experiencias, pero cuyo final no se vislumbra tan sereno como en el célebre poema del escritor griego.

El nacionalismo español también existe. Que lo llamen banal no significa que sea benigno

El Gobierno de Mariano Rajoy ha optado por la inacción política y solo ha actuado en los tribunales. “No se puede negociar con quien propone quebrantar la ley”, insiste Moncloa. Esa aparente desidia de Rajoy no debe confundir. Cuando a uno le nombran presidente del Gobierno de un país, lo mínimo que puede esperar es que, al finalizar el mandato, las fronteras de ese país sean, al menos, las mismas que se encontró. Y eso Rajoy lo tiene claro.

Y así se llega a ese punto en el que la metáfora tantas veces repetida del choque de trenes se convierte en realidad. El Parlamento catalán ya ha aprobado la ley para celebrar un referéndum y la maquinaria del Estado se pondrá a trabajar. Los recursos del Estado son múltiples para evitar la independencia y su proporcionalidad también es variable. Si habrá o no urnas el 1 de octubre no es tan relevante como parece. Aunque haya una votación, no será un referéndum vinculante que sirva para que Cataluña pase de ser una comunidad autónoma a un Estado. Los independentistas repiten que la comunidad internacional no admitirá la imagen de policías requisando urnas o no aceptará que el Estado embargue los bienes de los promotores de la consulta o que espose a miembros democráticamente elegidos. Sin duda tienen una visión demasiado idealizada o tierna de lo que es la comunidad internacional.

Cataluña no será un Estado independiente, pero los independentistas no desaparecerán

Después del 1 de octubre, no llegará la independencia. Lo que vendrá será el 2 de octubre y alguien debe empezar a pensar en esa fecha. En Las consecuencias económicas de la paz, Keynes alertó de que las condiciones abusivas impuestas a Alemania en el Tratado de Versalles resultarían contraproducentes, como finalmente se desmostró. El recuerdo de ese libro viene a cuento en este proceso porque enseña la importancia que tiene la gestión de la victoria.

El 2 de octubre, Cataluña no será independiente. España es un Estado suficientemente fuerte para resistir el envite y salir victorioso. Cataluña no será independiente, pero los independentistas catalanes no desaparecerán. Y gestionar esta situación no es fácil y requiere altura de miras. Hoy, cuando las pasiones alcanzan cotas máximas, parece ridículo hablar de terceras vías, pero estas existen y deberán ser exploradas.

Los partidarios de la independencia se mueven, en función de las encuestas, en torno a la mitad de la población. Un porcentaje insuficiente para poner en jaque al Estado y aprobar una declaración unilateral de independencia. Ahora bien, que esa proporción se mantenga estable, aumente o descienda dependerá en buena medida de la gestión que se realice a partir del lunes 2 de octubre.

Ese día, las fábricas, los comercios y las tiendas en Cataluña abrirán. Se ha acusado a los empresarios de no posicionarse de forma clara por ningún bando. Pocos se han declarado abiertamente independentistas, pero también son minoría quienes se han manifestado en contra de la secesión de una forma tan contundente como el presidente de Freixenet y de la Cámara de Comercio, José Luis Bonet. La mayoría ha optado por un perfil bajo y se ha limitado a trabajar, invertir e intentar ganar dinero. Una actitud que algunos consideran insolidaria, pero que en realidad es una bendición. En las Cartas filosóficas, Voltaire advirtió que Inglaterra había avanzado definitivamente a Francia por, entre otros motivos, respetar a los empresarios y comerciantes. Porque ellos, aunque busquen su interés particular, contribuyen al bienestar del conjunto. El día 2 de octubre, Cataluña seguirá siendo una economía abierta, dinámica y exportadora. Y eso no debe desdeñarse y, sobre todo, no debe ponerse en riesgo.

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