Crcimiento del PIB por regiones pulsa en la foto

La economía global esquiva los obstáculos y mete la directa

El terrorismo, el elevado endeudamiento o la retirada de estímulos forman los principales retos

El alza de la Bolsa estimula a los consumidores en el 'efecto riqueza'

La economía mundial ha metido la quinta. Después de unos años de crisis, una inclinada pendiente llena de curvas por la que transitó despacio y en primera, ahora confía en que la estabilización del precio del petróleo en los 50 dólares o la posibilidad de que se ralentice una subida de tipos le permita pisar el embrague. Otea una recta prolongada y un horizonte despejado, donde según las previsiones del Banco Mundial el mundo crecerá a un ritmo cercano al 3% durante los tres próximos años. El camino no estará exento de baches. Un posible repliegue proteccionista tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el elevado endeudamiento de potencias como China y cómo reaccionará la economía a la retirada de estímulos monetarios constituyen los principales riesgos para que el camino se torne de pronto abrupto. Sin embargo, parece que cuenta con un motor mucho más potente que antes de la crisis.

La economía española esta vez no es ajena al optimismo. Algo con lo que ni el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ni el ministro de Economía, Luis de Guindos, pierden la oportunidad para sacar pecho. Sus pronósticos están en que el crecimiento superará el 3% y adelantan una revisión de sus previsiones del 2,7%. Este nivel vaticinado por el Gobierno lo superan las previsiones de Funcas y del Banco de España. Un 3,2% y un 3,1%, respectivamente, que en el caso de la entidad dirigida por Luis María Linde espera que se mantenga en 2018 en el 2,5%. Más cautelosos son la OCDE y el FMI, que sitúan el dato para 2017 en el 2,8% y el 2,6%.

El PIB español ha entrado en ritmo de crucero remolcado por la demanda exterior. Con un 33,18% sobre el PIB, se sitúa en máximos históricos y apunta aún más alto. El consenso espera que aumente un 4,9% y un 4,3% en los próximos tres años. María Jesús Fernández, economista de Funcas, explica que el tirón de las exportaciones en los últimos años responde al buen momento del comercio internacional, mientras que la demanda interior transcurre por sus propios derroteros. Apunta a las reformas llevadas a cabo por el Gobierno de Rajoy en los últimos años como la marca distintiva de la economía española frente al resto de Europa. Las previsiones para la UE no pasan del 1,5%.

"España parte de una caída más intensa durante la crisis, lo que explica que ahora se recupere con más vigor que el resto de Europa", comenta Fernández. Más allá de la reforma fiscal –de la que afirma que sus efectos ya están amortizados–, la laboral ha sido la que, en sus palabras, más y mejor ha impactado en la marcha económica española: la ha hecho ganar competitividad y ha incrementado la demanda. Al tiempo, la llegada de inversiones congeladas mientras se dilataba la formación de Gobierno habría apuntalado en 2017 la economía española.

Mientras, nuestros socios europeos chocan con un techo de cristal a la hora de ver cómo despega su crecimiento. Un tema que preocupa a la Comisión Europea y, de hecho, el mes pasado el Ecofin discutía un informe del Comité Económico y Financiero sobre flujos de inversión en la Unión Europea. El estudio identificaba este como uno de los problemas que debía enfrentar la Unión para solventar las trabas al crecimiento y para que adquiera el ritmo anterior a la crisis. Apostaba por remolcar desde Bruselas las limitaciones de las barreras a los flujos de capital, así como reconocía la necesidad por aprovechar unos "vientos de cola" que juegan a favor de la economía europea.

Uno de ellos es la política económica expansiva llevada a cabo desde el Banco Central Europeo. Va ya para más de dos años que el BCE puso la puntilla a su política monetaria expansiva con el inicio de las compras de deuda soberana. Y más de uno desde que fijó los tipos de interés a cero. Unas medidas que empiezan a tocar a su fin y constituyen el mayor interrogante sobre la economía europea. Raimon Torres, director de coyuntura y estadística de Funcas, duda sobre cómo será su desempeño una vez que el banquero italiano le suelte la mano. Y qué impacto tendrá cada subida del precio del dinero sobre los intereses que pagan los Estados por su abultada deuda.

Y es que otro de los grandes interrogantes a nivel global está en el gran endeudamiento. Se acerca a los 199 billones de dólares y supone un 286% del PIB a nivel mundial. Un escenario en el que toma especial relevancia China. La posibilidad de que algún banco del país –o, en el peor de los casos, el propio Estado– se declarase en default provocaría un crac a nivel global de tal magnitud que la caída de Lehman Brothers sonaría a un juego de niños. Lejos de los espectaculares crecimientos del 10% de hace unos años, el Banco Mundial espera que la economía china avance el 6% en los próximos ejercicios. Por ello, Torres vuelve la cara a India. Todo un subcontinente que en su opinión crecerá más que China (un 7,2% en 2017, según el Banco Mundial) desde un lugar más bajo y con un potencial superior.

El talón de Aquiles tanto para China como para India es la volatilidad del mercado de materias primas. Tras haber penado el año pasado por unos precios excesivamente bajos, la leve recuperación de finales de 2016 ha animado sus expectativas al tiempo que no ha llegado a un nivel lo suficientemente alto como para disparar la inflación en Europa. Un contexto en el que toma especial protagonismo el petróleo. El recuperado interés de EE UU por el fracking y la orientación general por las energías renovables han frustrado los intentos de la OPEP por elevar el precio y han llevado al Brent a cotizar en una horquilla entre los 45 y los 55 dólares por barril. Un nivel en el que aún se encuentran cómodos los países más dependientes económicamente y no compromete a los productores, tal y como reconoció el ministro de Energía ruso recientemente.

La excesiva vinculación al precio del crudo y la pérdida de influencia de los tradicionales miembros de la OPEP compromete la marcha de la economía de Oriente Medio y el golfo Pérsico. Una circunstancia favorable para Europa que se traslada como polizón para estas zonas. El último informe anual del Fondo Monetario Internacional indica que la caída de los precios del Brent desde los más de 100 dólares a los que cotizaba en 2014 se llevó un buen pellizco del PIB de estos países. La institución dirigida por Christine Lagarde señala como principal reto la reducción de la dependencia de esta área del petróleo y la búsqueda de un modelo de crecimiento no fundamentado exclusivamente en la expansión del gasto y del empleo público.

Otro de los retos que fija el FMI para Oriente Medio son los conflictos internos y, más concretamente, el auge del terrorismo. Calcula que desde que comenzó la guerra en Siria el país ha reducido el PIB más de la mitad; Líbano, en tres puntos, y Yemen, en un 40%. Los atentados terroristas que han cruzado el Mediterráneo y atacado a grandes urbes europeas (como Londres, París o Berlín) no han mermado las posibilidades económicas de estos países. Lejos del shock que provocó el derribo de las Torres Gemelas hace ya 16 años, los inversores europeos parece que se han acostumbrado a que el statu quo del Viejo Continente se resquebraje de vez en cuando. Es el new normal occidental.

No es tanto el terrorismo (del que hace ya décadas que se ha desembarazado), sino el alza en otras materias primas distintas del crudo (como el cobre o el carbón) lo que mejora las previsiones sobre América Latina. Mira adelante pasada la recesión de los últimos ejercicios, que le llevó a registrar crecimiento negativo del 0,6% y del 1,4% en 2015 y 2016. Desde Funcas apuntan a que este subcontinente ha entrado "en un nuevo ciclo", arrastrado por países como Brasil o Argentina que vuelven al crecimiento. La principal sombra viene de sus vecinos del norte y cómo puede impactar en países como México la nueva política exterior de Donald Trump.

Una vez que la Fed ha dibujado un calendario de subidas de tipos, el temor está en que un repliegue de Trump en materia comercial y migratoria pueda comprometer esas alzas en el precio del dinero y, por ende, la marcha de la economía estadounidense. Sin embargo, los últimos datos de empleos conocidos apuntan al optimismo. Torres considera que la reducción del desempleo es la principal palanca de crecimiento para Estados Unidos en la era Trump. Otro catalizador son las prometidas inversiones en infraestructuras, ahora puestas en solfa por la capacidad del magnate para llegar a acuerdos con un Parlamento hostil.

Precisamente la esperanza de un ambicioso plan de inversiones al tiempo que una fuerte rebaja fiscal para empresas y personas físicas había animado a las Bolsas estadounidenses desde las elecciones del 9 de noviembre. Pero Trump no ha sido sino la picota de un fondo alcista por el que transitan los mercados. Descuentan ya ese contexto económico plácido a nivel global, que llevará a la economía mundial a crecer otra vez a buen ritmo.

En esto también el Ibex lleva la voz cantante. De los grandes índices mundiales, es el que más se revaloriza en el año (un 16,39%) por delante del Dax alemán (11,69%), el FTSE británico (5,36%) o el Dow Jones neoyorquino, un 7,28%. También los resultados de las empresas han visto reflejados en sus cuentas la mejora. El incremento del beneficio ha insuflado los ánimos suficientes para que los inversores sigan apostando su dinero en la renta variable. Y, en cuanto a los consumidores, la subida de la Bolsa no hace sino estimularles en el llamado efecto riqueza. Aunque el alza del Ibex no les afecta directamente en su bolsillo, sí provoca que vean que las cosas van bien y se animen a gastar. Fomentan el consumo, dan dinero a las empresas y, al final, mejoran la economía. Todo un círculo virtuoso.

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