Integración europea

Las discrepancias entre París y Berlín frenan la Europa de dos velocidades

Hollande, Merkel, Gentilloni y Rajoy presentaron su iniciativa como la solución a la parálisis a la menguante Unión de 28 miembros

Francois Hollande, Angela Merkel,  Mariano Rajoy y Paolo Gentiloni.
Francois Hollande, Angela Merkel, Mariano Rajoy y Paolo Gentiloni. REUTERS

La minicumbre de ayer en Versalles intentó visualizar la puesta en marcha de una "Europa a dos velocidades" que permitirá a un grupo de vanguardia avanzar en la integración sin esperar al resto. El objetivo sería una Europa de geometría variable en la que algunos socios aceptarán unas cesiones de soberanía mayores que otros. Se apunta a la política de defensa, a la social o a la económica como áreas donde explorar la nueva estrategia. Y los líderes presentes en el versallesco palacio (Hollande, Merkel, Gentilloni y Rajoy) presentaron su iniciativa como la solución a la parálisis que atenaza a la menguante Unión de 28 miembros.

El problema estriba en que ni la anfitriona de la cita, Francia, ni su principal invitada, Alemania, comparten los métodos ni el destino para esa potencial integración. La tercera en liza, Italia, carece de la estabilidad política y económica necesaria para servir de apoyo. Y España, la más europeísta de las cuatro, puede servir de puntal pero no de locomotora.

El cuarteto de Versalles intentó presentar la parálisis actual de la UE como un mal ajeno, provocada por ciertos países (Polonia, Hungría o Reino Unido en la mente de todos) que sabotean desde dentro el proceso de integración.

Pero la realidad indica que ninguno de esos países tendría el peso ni la influencia suficiente para resistir el empuje de cuatro potencias que representan el 55% del PIB de la UE y el 7% del PIB de la zona euro. Además, las iniciativas planteadas por la Comisión Europea no se han estrellado contra Varsovia o Budapest, sino contra París y Berlín. La prueba de que el motor está gripado es la falta de avances en la zona euro, a la que no pertenecen ni Polonia, ni Hungría, ni República checa, los países que presuntamente obstaculizan al resto.

Desde el comienzo de la crisis, no se ha dado ni un paso en la mutualización de riesgos y la gestión de los rescates se ha ejecutado a través de un fondo intergubernamental (MED) y del FMI.

El llamado informe de los 5 presidentes para superar ese modelo de gestión de crisis fin fue aparcado inmisericordemente en 2015. El Consejo Europeo ni le dio la bienvenida y ni siquiera tomó nota de su publicación. Un desprecio del que se jacta Berlín como prueba de que no habrá ningún avance en la zona euro mientras no se acepte un mayor control presupuestario.

La Unión Bancaria, iniciada en 2012 a instancias de España e Italia, se ha quedado empantanada e incompleta por la resistencia de Alemania a crear un fondo europeo de garantía de depósitos. Berlín teme tener que asumir la factura de una reestructuración bancaria en países como Italia, donde los préstamos fallidos superan los 300.000 millones de euros.

La Unión Energética también está lejos de completarse y Berlín no duda en alcanzar acuerdos exclusivos con Rusia para garantizarse un suministro exclusivo de gas que hace temblar a los países Bálticos y de Europa central.

Alemania apoya, en cambio, una política común de asilo y cuotas obligatorias para el reparto de refugiados. Ese plan choca con la resistencia de Francia y España que exigen a cambio una política común de emigración, inaceptable para Berlín.

En estas condiciones, la cumbre de Versalles ha dejado a Europa en el mismo punto muerto que lleva desde el estallido de la crisis de la zona euro en 2008. Y en riesgo de ir marcha atrás si las negociaciones del brexit desencadenan un movimiento que arrastre a otros socios hacia fuera.

Fuentes diplomáticas reconocen que sin sintonía en el eje franco-alemán la UE seguirá estancada en su marasmo actual. Y el panorama no se despejará hasta que pasen las elecciones de Francia (mayo) y Alemania (septiembre) y sólo si en ambos casos se alzan con la victoria partidos claramente pro-europeos. Y aun así, el acuerdo sobre la Europa a la carta requeriría que París y Berlín resolviesen las profundas diferencias que les separan en cuanto a la supervisión presupuestaria en la zona euro y a la mutualización de las facturas derivadas de la Unión Monetaria.

Vieja fórmula

La Europa de dos velocidades ya se ha planteado en crisis anteriores, como la de la guerra de Irak (2003) o el descarrilamiento de la Constitución Europea (2005). Aunque la posibilidad legal existe (requiere la participación de al menos 9 de los socios de la UE), la vía rápida y selectiva apenas se ha utilizado, por las serias dificultades que conlleva su encaje con la unidad del mercado interior.

El último intento, prácticamente fallido, ha sido el Impuesto a las transacciones financieras, planteado por 10 países hace más de cuatro años y a punto de ser abandonado definitivamente por la imposibilidad de llegar a un acuerdo.

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