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Capitalismo de vasallaje

Trump puede potenciar la mirada a largo plazo de las empresas, pero también generalizar el amiguismo

Donald Trump y Masayoshi Son, el martes en la Torre Trump (Nueva York).
Donald Trump y Masayoshi Son, el martes en la Torre Trump (Nueva York).

El capitalismo adopta múltiples formas. En Italia, tiene un toque familiar. En Francia, el Estado es protagonista. Japón busca el consenso entre el Gobierno, los grupos empresariales, los asalariados y la sociedad en general. El modelo de Estados Unidos pone en primer plano a los accionistas de las empresas cotizadas. Hasta ahora.

Donald Trump está desafiando los ideales que han guiado los mercados y las empresas durante una generación, incitando a los gigantes industriales a alinear sus decisiones con su ideología América primero (America First). Ha causado alarma en un sistema basado en las teorías de Milton Friedman, que se oponía a que en un sistema de libre empresa las corporaciones asumieran responsabilidades sociales, algo que la mayoría de las empresas de EE UU han tomado como un evangelio. Friedman sostenía que la única responsabilidad social de un negocio es aumentar sus beneficios dentro de las reglas del juego.

La negativa de Trump, al menos de forma selectiva, a aceptar ese principio, y su deseo declarado de encarecer el comercio transfronterizo, demuestran que ha adoptado un enfoque del mundo empresarial sin precedentes en un presidente republicano y casi también entre los demócratas.

El caso de la fábrica de Carrier en Indiana, que mantendrá a sus trabajadores –aunque no está claro cuántos– tras las amenazas y las ventajas fiscales concedidas por Trump, es una victoria para el pacto social frente a los accionistas, que ganarán algo menos.

La visita de Masayoshi Son, fundador del japonés SoftBank, a la Torre Trump muestra que quizás ha entendido cómo funcionan las cosas ahora

Presionar a las empresas para que no se vayan al extranjero, o para que no se vendan a inversores foráneos es habitual en otras partes del mundo. Tiene que ver con pensar más a largo plazo que algunas empresas.

Una encuesta de la consultora McKinsey, realizada a 1.000 ejecutivos, muestra que que cada vez sienten más presión para exhibir fortaleza financiera a dos años vista. Y señala que las empresas cotizadas son más propensas que las no cotizadas a sufrir una presión financiera cada vez mayor.

Trump es ante todo un tipo de la industria no cotizada. Lo mismo ocurre con Wilbur Ross y Steven Mnuchin, secretarios de Comercio y del Tesoro, respectivamente, que hicieron fortuna comprando compañías cotizadas caídas en desgracia probablemente porque sus dirigentes se centraron demasiado en el corto plazo.

Es posible, por tanto, que los instintos de Trump y su cuenta de Twitter puedan contrarrestar el corto plazo que prevalece en los despachos y salas de juntas de EE UU. Pero también es posible que su estilo intimidatorio conduzca a una forma más oscura de capitalismo, caracterizada por el amiguismo, los quid pro quos y el vasallaje al tuitero en jefe.

Eso podría estar pasando ya. United Technologies, matriz de Carrier, dice que Trump no amenazó ni habló de los contratos militares de la compañía con el Estado. No necesitaba hacerlo: una décima parte de sus ingresos provienen del Tío Sam. Mantener una planta abierta unos años más en Indiana puede ser un precio barato para mantenerlos.

Trump también ha criticado a Boeing, otro gran contratista de defensa, por el coste de los nuevos Air Force One. Auizás haría mejor aplicando políticas más eficientes que tratando de avergonzar a empresas individuales.

Masayoshi Son, el fundador del japonés SoftBank, apareció en la Trump Tower esta semana prometiendo invertir en EEUU 47.000 millones de euros, en su mayoría dinero de otras personas que tal vez habría gastado de todos modos. El gesto fue elogiado por el presidente electo.

Antes, Obama había frustrado la esperanza de SoftBank de fusionar Sprint, su negocio de telefonía móvil en EEUU, con T-Mobile US. Desde las elecciones, las acciones de Sprint han subido un 44%. Puede que Son haya interpretado correctamente cómo funciona el nuevo capitalismo de EE UU.

Es demasiado pronto para decir si las intervenciones de Trump anuncian un período de favoritismo corporativo o un esfuerzo político que hará cambiar de rumbo a las empresas. Con su historial de impago de deudas y elusión de impuestos, es improbable que Trump acabe siendo un defensor de lo que los europeos podrían llamar “capitalismo de los accionistas”.

Pero al inmiscuirse en los asuntos de las empresas privadas, está cambiando ya las reglas del juego de tal manera que haría a Friedman, fallecido hace una década, revolverse en su tumba.

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