La UE, del revés

El antídoto económico no basta para frenar a Marine Le Pen

Gobierno y oposición revisan en Francia su estrategia para frenar a la ultraderecha

El Frente Nacional avanza a pesar de que Francia apenas ha sufrido la crisis económica

El antídoto económico no basta para frenar a Marine Le Pen

Marine Le Pen tendría que triplicar el techo de votos del Frente Nacional (6,8 millones) o beneficiarse de una abstención masiva para llegar a ganar las elecciones presidenciales en Francia en 2017, un escenario que la mayoría de los analistas consideran poco probable.

Pero la sola presencia de una candidatura de ultraderecha tan fuerte obliga al resto de partidos a replantear su estrategia para enfrentarse a una aspirante al Elíseo que explota el descontento y el desconcierto de una buena parte del electorado.

A derecha e izquierda de Le Pen, los partidos buscan al candidato ideal a sabiendas de que la marcha de la economía, por muy buena que sea, no basta para disuadir al posible votante del Frente Nacional.

El presidente actual, François Hollande, llega al final de la legislatura con sus cotas de popularidad bajo mínimos y descolocado por una crisis de seguridad que ha bañado en sangre su legislatura, con más de 200 muertos por atentados yihadistas en territorio francés desde enero de 2015.

La agria relación entre Mosvici y Schäuble

La relación entre el comisario europeo de Economía, el socialista francés Pierre Moscovici, y el ministro alemán de Finanzas, el conservador  Wolfgang Schäuble, se deteriora por momentos. Moscovici ha impuesto en Bruselas la relajación del Pacto de Estabilidad, ha evitado el castigo a España y Portugal por incumplir el objetivo de déficit en 2015 y ha reclamado a Berlín que aumente el gasto para tirar de la economía de la zona euro. Schäuble acusa al comisario de extralimitarse en sus competencias y de incumplir las normas europeas. El conflicto puede ir a más a medida que se acerquen las elecciones en Francia (mayo de 2017) y Alemania (septiembre de 2017).

Los socialistas dudan si cambiar de apuesta en plena carrera y optar por el primer ministro, Manuel Valls. Tanto uno como otro deberán vigilar la candidatura alternativa de Emmanuel Macron (ex ministro de Economía) y el flanco de la extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon.

La derecha tradicional francesa (Les Republicains) parece más unida tras la criba de ayer que en unas primarias dejó a François Fillon y Alain Juppé como únicos aspirantes a la candidatura (que se decidirá el domingo que viene). Y todos ellos, a derecha o izquierda, apuntan a Le Pen como el enemigo común a batir.

La candidata del Frente Nacional confía en repetir la hazaña de su padre, que en 2002 logró con 4,8 millones de votos pasar a la segunda vuelta y enfrentarse en la final con el conservador Jacques Chirac (que le barrió con más de 25 millones de votos).

La hija ha elevado el techo electoral del Frente Nacional hasta los 6,8 millones de votos en las elecciones regionales de 2015. Y espera que esa base y el vendaval antisistema que sopla en casi todo Occidente le permita disputar el Elíseo al candidato conservador o, preferiblemente para ella, a Hollande o Valls.

Los analistas, sin embargo, consideran poco probable que Le Pen se beneficie tanto de la corriente Trump/Brexit como para dar un vuelco a los resultados comparable a los de las elecciones en EE UU y el referéndum en Reino Unido.

“El incremento del populismo será un elemento importante en las elecciones del año que viene, pero no creemos que se vaya a a traducir en una victoria electoral de ese tipo de partidos en Francia o Alemania”, señalan desde el centro de estudios Oxford Economics. Incluso si pasara a la segunda vuelta, parece improbable que Le Pen logre los 18 millones de votos de Sarkozy en 2007 y Hollande en 2012.

Pero eso no tranquiliza al resto de candidatos que observan impotentes la creciente pujanza del FN en amplias capas de los votantes, en particular, entre la juventud, el proletariado de tradición izquierdista y la población de las zonas castigadas por la desindustrialización.

Oxford Economics duda de que esa popularidad lleve a Le Pen al Elíseo dadas “las diferencias en las condiciones económicas y sociales entre las dos mayores economías de Europa [Alemania y Francia] y el mundo anglosajón [EE UU y Reino Unido”.

Pero el ascenso de Le Pen se ha mantenido a pesar de que Francia ha sido uno de los países que menos ha sufrido durante la crisis del euro y sólo en 2009 registró una caída del PIB, frente a los cinco ejercicios negativos de Italia, los cuatro de España, o los dos de Alemania y Reino Unido.

La legislatura de Hollande, además, ha estabilizado buena parte de los indicadores macroeconómicos, sobre todo, desde 2015, según señaló la semana pasada la Comisión Europea. La balanza por cuenta corriente roza ya el equilibrio, la caída de la cuota de mercado exterior se ha frenado y el crecimiento de los costes laborales se ha contenido y están por debajo de los de Alemania por primera vez desde el comienzo de la crisis, según la revisión de Bruselas.

El Tesoro francés también realiza un balance muy positivo del quinquenio de Hollande a punto de terminar (2012-2017), aunque reconoce que el crecimiento económico sigue siendo moderado (1,3% el año pasado y 1,6% esperado en 2016) y el paro demasiado elevado (10,2% en septiembre), sin bajar de los tres millones de desempleados.

Hollande había cifrado sus esperanzas de reelección en el balance económico de su legislatura y en rebajar una tasa de paro que en agosto alcanzó un pico de 10,5%. Los resultados son desiguales en ese capítulo pero no parecen tan negativos como para ser la causa del 20% de población que no duda en votar a la extrema derecha. Y aunque es cierto que Marine Le Pen tiene difícil llegar al Elíseo en 2017, entre otras cosas por el sistema electoral a doble vuelta, también lo es que Francia no tiene por ahora un antídodoto para frenar su continuo ascenso.

Los fiascos del comisario alemán

El comisario europeo, Günther Oettinger, nunca ha brillado por su diplomacia. La trayectoria del alemán en Bruselas está plagada de fiascos y situaciones embarazosas. Pero las últimas meteduras de pata del comisario responsable de Agenda Digital han alcanzado tal nivel que el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, le ha llamado al orden y Oettinger ha tenido que disculparse públicamente por sus comentarios despectivos hacia China y los homosexuales. El trumpista de Bruselas apenas había superado ese aprieto cuando se ha descubierto que el pasado mes de mayo voló a Budapest en el avión privado de un empresario alemán próximo al presidente ruso, Vladimir Putin, y al primer ministro húngaro, Viktor Orban. El extraño viaje se debió, según las primeras explicaciones de Oettinger, a la imposibilidad de tomar un vuelo regular. Después, según Budapest, a la falta de disponibilidad de un aparato facilitado por el Gobierno húngaro. Pero la presencia de Oettinger en el jet privado del empresario sigue provocando turbulencias y Bruselas especula con la posible salida de Oettinger de la CE después de seis años de malentendidos.

La dimisión voluntaria parece improbable en un organismo que no conjuga ese verbo desde hace dos décadas. Pero Oettinger podría tener los días contados si Berlín necesita su puesto en los reajustes que la gran coalición de Merkel debe llevar a cabo con vistas a las elecciones de septiembre de 2017. 

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