Editorial

Presidente Trump: una era de incertidumbre

Elecciones Estados Unidos 2016

El triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos significa un golpe histórico al orden mundial liberal que ha dominado el mundo desde después de la Segunda Guerra Mundial. La marea populista ha alcanzado a la Casa Blanca: nada será igual. Un discurso demagógico, cuando no de odio, ha sido refrendado por la ciudadanía. Una mayoría de norteamericanos se vio seducida por confusos mensajes contra las élites, la sociedad abierta, el libre comercio o la inmigración. El resultado, que volvió a dejar en mal lugar a las encuestas y las apuestas de los mercados, se suma a un movimiento nacionalista y contra la globalización que recorre el planeta, de Hungría a Filipinas, que explica el brexit, y que sitúa a países como Francia y Alemania en el punto de mira de la extrema derecha ante sus próximos comicios.

Después de una campaña que agitó las bajas pasiones y que deja una grave fractura social en EE UU, el candidato que había ofendido a las mujeres, a los musulmanes, a los mexicanos, a los excombatientes y a tantos otros colectivos va a sentarse el Despacho Oval. Su rival demócrata, Hillary Clinton, tenía un programa más sólido, pero se llevó un varapalo por su escaso tirón personal, no pocas contradicciones en su discurso y el descrédito de la clase dirigente.

Como en el caso del brexit, se había infravalorado el malestar social que ha desatado esta reacción. El republicano recabó apoyos en unas clases medias y trabajadoras irritadas por su declive. El resultado nace de la protesta y lleva a un salto al vacío. Porque en realidad se sabe poco de cómo conducirá a la primera potencia mundial Donald Trump.

La reacción de la Bolsa fue inicialmente negativa, pero la inquietud fue a menos. Tampoco hubo pánico (salvo en lo que afecta al país más amenazado, México). Los inversores, que detestan la incertidumbre, habían apostado por Clinton como una líder más previsible. Pero a muchos les resultó tranquilizador el primer discurso del presidente electo. Trump quiso sacar su cara más amable, no vista en toda la campaña, prometió gobernar para todos e incluso tuvo palabras amables con Clinton, a la que agradeció su servicio al país cuando hace pocos días apostaba por meterla entre rejas. Una de sus frases parecía dejar señalar al mundo que no va a derribar todos los puentes. “Quiero decirle a la comunidad internacional que pondremos los intereses de América primero, pero negociaremos con justicia”.

El mundo económico entra en una etapa desconcertante de duración incierta y que puede paralizar múltiples decisiones de inversión. La consecuencia más clara puede ser un frenazo en la liberalización comercial, un proteccionismo que a la larga sería perjudicial tanto para la economía norteamericana como para la global, trabas a la deslocalización de empresas y al movimiento de trabajadores y quizás la tentación de atacar la independencia de la Reserva Federal. También cabe esperar un nulo compromiso con el cambio climático, que se desmonte la reforma sanitaria y rebajas fiscales a los más ricos que agravarían el déficit (y la desigualdad) cuando a la vez se anuncian fuertes inversiones públicas. Las incógnitas se multiplican en política exterior, sobre la que Trump deja ver cierta afinidad con Rusia y un menor interés por la relación transatlántica, lo que llevaría incluso a revisar el papel de la OTAN.

A falta de un programa económico creíble, un argumento para la esperanza pasa por confiar en que el presidente elegirá buenos asesores y adoptará posiciones más realistas y moderadas de las que cabe esperar. Es prematuro suponer que recorrerá ese camino hacia el pragmatismo, lo que no es impensable en un dirigente de probado oportunismo. Otros se aferran a que la arquitectura institucional, su propio partido y la presión de los grupos de interés contengan los elementos más peligrosos de su ideario. En contra de ese análisis juega el hecho de que Trump gozará de un poder absoluto en su país, con las dos cámaras parlamentarias controladas por los republicanos, lo que les dará también la llave del Tribunal Supremo. Con su victoria arrolladora, Trump tiene las manos libres para llevar a cabo su proyecto. Si es que de verdad tiene un proyecto.

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