El Foco

Los desafíos de la Casa Blanca

La manera en la que se conduzca la nueva presidencia puede influir, y no poco, en los cruciales votos que tendrán lugar en Europa desde este mismo diciembre

Los desafíos de la Casa Blanca

Se inicia un cambio importante con respecto al estilo de los ocho años de Barack Obama como presidente. Los estadounidenses han elegido entre dos candidatos antitéticos y –por qué no decirlo– poco ilusionantes. La primera y más acuciante tarea que se abre para la nueva Administración es recuperar la confianza, o al menos algo de ella, en la política y en la práctica de la política por parte de los estadounidenses. Fortalecer el vínculo entre representantes y representados, que es esencial para una democracia saludable. La alternativa no es sino una pendiente hacia una demagogia que ya se ha dejado sentir en estas elecciones y que podría ser solo el principio de muchos males.

Los analistas coinciden en que Estados Unidos ha llegado a las elecciones como un país divido social y económicamente. Las diferencias sociales siempre han sido allí relevantes. Hoy en día, el 14% de los estadounidenses viven por debajo del umbral de la pobreza (algunos estudios elevan esta cifra al 20% de los niños). Las políticas demócratas y republicanas para afrontar ese desafío son antitéticas. Toca ahora diseñar acciones concretas para que el crecimiento económico de los años de Barack Obama se traduzca en la mejora de estos datos, detrás de los que subyace gran parte de la conflictividad y descontento que se ha manifestado en las elecciones que tuvieron lugar ayer. Para los próximos cuatro años permanecen además problemas como la decreciente productividad de la economía americana, o –según muchos analistas– su preocupante pérdida de dinamismo emprendedor frente a economías emergentes. Cuestiones que deberán marcar la agenda de la Casa Blanca en estos años.

Si las diferencias económicas son una clave, mucho más lo son, si cabe, las fracturas raciales. La presidencia de Obama ha sido testigo –muchas veces desde la impotencia– de la resiliencia de las tensiones raciales en buena parte del país. La comunidad afroamericana se ve a sí misma como el foco frecuente de la violencia policial indiscriminada. Un aspecto hábilmente reconocido por Hillary Clinton en campaña. El votante de raza blanca, preñado de inseguridades ante la mutación del crisol americano, con el crecimiento exponencial de otros grupos procedentes de un flujo migratorio de larga duración, percibe como una amenaza el fin del statu quo WASP. Eso le puede llevar –sobre todo a sus sectores más desfavorecidos– a instalarse en el rechazo al cambio y en la idealización de un pasado que no va a volver. La misma lógica que apuntaló en Reino Unido la victoria del brexit.

La primera tarea que se abre para esta presidencia es recuperar la confianza o, al menos, algo de ella

En efecto, la inmigración ha sido una de las puertas de entrada principales que ha tenido la demagogia en la campaña. A la hora de gobernar, las inestables balanzas sobre los que se sostiene la rica sociedad americana deberán ser gestionadas con sumo cuidado. Mucho de ese equilibrio, hasta ahora, se ha cimentado en la idea de excepcionalísimo americano, que convertía a los estadounidenses –por así decirlo– en la sal de la tierra, lo que velaba muchos de sus desajustes como sociedad. En un momento de cambio, que afecta a la propia estructura ciudadana del país, reformular esos equilibrios de manera coherente y duradera será uno de los hitos por los que se medirá el éxito o fracaso de la nueva Administración. Ninguno de los dos candidatos a las elecciones de ayer era quizás idóneo para esa función. Trump –directamente– nunca ha creído en ella, y es muy posible que los estadounidenses no crean en Clinton para llevarla a cabo.

En política exterior, Oriente Medio, las difíciles relaciones con Rusia –y también con China– seguirán definiendo la agenda norteamericana. Es un proceso en el que una Europa atrapada por sus propios fantasmas cotidianos corre el peligro de caer cada vez más en la insignificancia para la Casa Blanca. El Daesh se bate en retirada en Irak, pero aún estamos muy lejos de ver un consenso posible que permita estabilizar Siria y conseguir la derrota definitiva del terrorismo en esa región. Ello sin olvidar que sus tentáculos, más allá de su ocaso territorial, se extienden sólidamente también en África, y en Europa, con ramificaciones en los propios Estados Unidos. El terrorismo global es desgraciadamente seguro que seguirá definiendo la agenda exterior de los EE UU.

En cuanto a Rusia, el régimen de Putin ha protagonizado la campaña como hubiese sido impensable solo hace cuatro años. Solo el tiempo podrá decir si es posible dialogar con el presidente ruso, o solo contenerle. En cualquier caso, parece que será una tarea para la que habrá que rescatar mucho del utillaje dialéctico de la Guerra Fría. Por otro lado, la nueva Administración deberá gestionar las herencias del legado de Obama: articular en el tiempo la nueva relación con Cuba o ponderar los avances del acuerdo nuclear con Irán. Y no podemos olvidar que la manera en la que se conduzca la nueva presidencia puede influir, y no poco, en los cruciales votos que tendrán lugar en Europa desde este mismo diciembre. De Austria a Italia, con el horizonte francés y alemán ya a la vuelta de la esquina.

Serán insoslayables en estos cuatro años cuestiones fundamentales como la educación o la sanidad

Serán insoslayables en estos cuatro años cuestiones fundamentales como la educación o la sanidad. Retos endémicos del país. Como lo es ya la lucha contra el cambio climático. Hoy se abre en cualquier caso un periodo fundamental. No es decir mucho ya que –cuando hablamos de la primera potencia mundial– todas las elecciones anteceden mandatos con desafíos que le atañen a ella, pero también al resto del mundo.

Y es que elecciones en Estados Unidos son el gran escaparate de la democracia, con sus grandezas y miserias. Las que se celebraron ayer están lejos de culminar la campaña más inspiradora de la historia del país. Si hemos de sintetizar el escenario que se encontrará el nuevo inquilino del Despacho Oval, la mejor palabra sería: volatilidad. En casa y en política exterior. En economía y ante los retos sociales.

Como dijo Frank Herbert, un comienzo es algo muy delicado. Hoy es un día de comienzo, y hemos de desear a su protagonista el mayor de los éxitos, porque –en el vértice entre su acierto y sus errores– se juega una parte importante del futuro de todos nosotros.

Emilio Sáenz-Francés es historiador y profesor de Relaciones Internacionales de Comillas ICAI-ICADE

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